Misa de Navidad

25 de diciembre de 2025

Misa de Navidad

Misa de Navidad

Mientras que para muchos el día de Navidad es una inmensa alegría, para otros hoy es un día de tortura, muy duro, no por las comidas o cenas en las que nos hemos metido solitos, sino por circunstancias de la vida que hacen más difícil reconocer dónde está la alegría de la Navidad.

Uno viene hoy a misa y se nos habla de alegría, de luz y vida, de un Hijo, y un hijo es una gran alegría. ¿Qué anuncia hoy la Iglesia, cual es la razón para nosotros que hace que, sí o sí, queramos cada año celebrar la Navidad?

Decía la Carta a los Hebreos: “En esta etapa final, (Dios) nos ha hablado por el Hijo”, y añadía: “¿a qué ángel dijo jamás: «Hijo mío eres tú, yo te he engendrado hoy»? “Nos ha hablado por el Hijo” significa que Dios habla, que rompe el silencio que va unido a la tristeza. Dios nos habla, no sólo contemplamos la luz de Belén, es que además Dios nos habla.

Dios le dice a un hombre: “Tú eres mi hijo”, y el hombre puede responder a Dios: “Tú eres mi padre”. Así decía Hebreos: “Yo seré para él un padre, y él será para mí un hijo”. Dios nace de la carne y de la sangre para ser Hijo, y si nosotros creemos que eso es así, nosotros mismos, felices o deprimidos, llenos de todo o vacíos, nosotros somos también hijos de Dios.

Es la paradoja del evangelio: “Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre”. Dios nace de la carne y de la sangre para que nosotros nazcamos de Dios, Dios se hace hijo de los hombres para que los hombres seamos hijos de Dios: “Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios”. En la Navidad, la Iglesia descubre su verdadera vocación al contemplar a un niño, y así puede decir: “feliz Navidad”.

¿Para qué vivimos? ¿Para qué tantas cosas como tenemos y tantas como perdemos? ¿Hacia dónde nos lleva todo esto? Si somos capaces de tener una mirada profunda, entonces comprenderemos que el sentido, el Verbo de Dios, es participar en el ser de Dios, es ser eternos. Que no nos hacen felices ni eternos tanta comilona, ni tanto capricho, sino el Hijo de Dios que ha venido a nosotros en la humildad de nuestra carne.

Necesitamos hoy, más que nada, contemplar al Hijo de Dios que ha nacido para darnos algo fuera de nuestro alcance. Si sólo miramos lo que nos damos nosotros, no captaremos el sentido de la Navidad. Los cristianos sabemos mucho de la Navidad, pero acabamos viviéndola como el resto del mundo… anoche decía el papa León: “Para encontrar al Salvador no hay que mirar hacia arriba, sino contemplar hacia abajo: la omnipotencia de Dios resplandece en la impotencia de un recién nacido”. ¡Cómo necesitamos en este día, esta tarde, sentarnos en silencio a contemplar, Biblia en mano, ante el portal de Belén, lo que celebramos!

Este ser de Dios es salvación, lo hemos cantado en el salmo: “Los confines de la tierra han contemplado la salvación de nuestro Dios” ¿Qué salvación es esa? La Pascua, la Iglesia contempla al recién nacido y ya mira a la Pascua, decimos: ¡Felices Pascuas! El nacimiento de Jesús en Belén, puesto en un pesebre, es un anuncio de que será puesto en una tumba, envuelto no en pañales sino en un sudario, para completar nuestra salvación.

Si los pastores decían anoche: “Vamos a Belén”, los discípulos nos aconsejarán pronto: “Subamos a Jerusalén”. El Niño de Belén no nos fascinaría con tanta seguridad si no viésemos en Él la belleza del resucitado: el “Yo te he engendrado hoy” perdería su fuerza si no lo comprendiéramos como un anuncio del nuevo principio que será la resurrección.

Así descubrimos hoy un plan precioso de Dios, muestra de su infinito amor por nosotros: ¿Cuál es el regalo de la Navidad? ¿Qué es lo importante en estos días?

La Navidad es la acción de Dios contra nuestro narcisismo: esa dificultad para amar a un tú distinto de uno mismo. El narcisista es aquel que quiere cambiarlo todo menos a sí mismo. Nuestro protagonismo es el gran impedimento para la fe: por eso Dios nace en un niño, para que tengamos que dejar nuestras armas, nuestras exigencias, nuestros mejores argumentos, y creamos. Creamos que nuestra salvación no está en vivir rodeados de éxito, de fuerzas, o de lujo. Nosotros buscamos ser omnipotentes, que se haga nuestra voluntad: eso no es cristiano, ni navideño, ahí no se encuentra a Dios. La fe es aceptar a Cristo como el que me salva. Él nos hace pasar de conquistar a contemplar.

La salvación se acoge. La vida cristiana se acoge. Y cuanto más me empeñe en hacerla yo, más vuelvo a ocupar el centro. Chesterton dice: “El lugar que encontraron los pastores no era una academia ni una república abstracta, no era un lugar donde se inventaban, disecaban o explicaban mitos”. ¿Qué buscamos nosotros? ¿Qué busco yo en estos días?  

Que Dios nos ilumine para que valoremos el don que se nos ofrece y vivamos la fe con coherencia, Dios nos habla y nos salva, vivamos como verdaderos hijos de Dios.