Solamente en el ciclo de Mateo escuchamos en plena Navidad este relato de la infancia de Jesús: la sagrada familia tiene que huir de Belén a Egipto para alejarse de Herodes, que busca al niño para darle muerte, motivo por el que matará a los inocentes, que justamente hoy celebra la Iglesia.
Es inevitable, entonces, volver la vista atrás para comprender bien este relato: el libro del Éxodo nos cuenta cómo el faraón en Egipto mandó matar a todos los niños hebreos recién nacidos, sólo uno fue rescatado, Moisés, para ser luego el liberador de su pueblo.
Si queremos entender el evangelio de Mateo, que escribe para los judíos, necesitamos esta perspectiva: Jesús es el nuevo Moisés, no se entiende a Jesús sino como el que estaba anunciado por Moisés.
Hoy, el nuevo Moisés, Jesús, es el único niño judío rescatado por Dios en la persecución de Herodes, Él será el liberador de toda la humanidad. E, igual que Moisés sacó a su pueblo de Egipto, también Jesús va a Egipto para, cuando vuelva de allí, comenzar a ser llamado el nazareno, realizar su misión de salvación.
Unamos este evangelio con el que escuchamos el domingo pasado. El ángel le dice a José que no tenga miedo en llevarse a María como esposa. Hoy, José vuelve a ser guiado por el ángel, toma a María y al niño, y se los lleva a través del desierto. San Mateo presenta a san José como el modelo de discípulo: para poder formar una familia, para poder guiarla, educar a sus miembros, ayudarles, uno tiene que ser primero discípulo del Señor.
José fue sometido a una gran crisis, sin embargo, nos encontramos ya con un José que escucha a Dios. A menudo nuestros mayores sufrimientos en la vida vienen por la gran distancia entre lo que imaginamos y la realidad; buscamos llevar a Dios de la mano desde la realidad que sucede a la que albergamos en nuestro interior. José ha pasado por esa crisis en Belén, pero ha aprendido que, para ser un verdadero creyente, tiene que ser Dios quien lo coja a él de la mano y lo lleve a donde considere. Esa actitud vence cualquier desilusión, enfado o dolor.
Así, José es pronto para tomar a María y al niño, y marchar con lo puesto al extranjero, un drama que nosotros contemplamos cada día también hoy en nuestro mundo. José emigra para salvar al niño y ofrecer un futuro a la familia que Dios le ha dado.
Las legítimas expectativas, como las de José, pueden ser transformadas por Dios, a todos nos ha pasado mil veces en nuestra vida. La mayoría de las veces, Dios no da ninguna explicación, simplemente encomienda una misión, no nos dice que es lo mejor para nosotros, ni que nos va a encajar de maravilla, ni que es una experiencia de aprendizaje…
Dios simplemente le dice a José lo que tiene que hacer ante el plan de Herodes, que por aquel entonces ya había asesinado a tres de sus hijos, Alejandro, Aristóbulo y Antípatro, para asegurarse de que no le quitaran el poder. No le asegura el éxito en la travesía, ni en Egipto. Le dice que vaya. Humanamente nos gustaría tener respuesta a cada porqué de la vida, pero Dios no hace eso; nuestra vida espiritual crece en la medida en que, en esas situaciones, no lo buscamos, sino que las afrontamos con la decisión de José.
En la familia, esta actitud de los padres se convierte en ejemplo para los hijos, construyen la familia desde su fundamento, que no son los planes en común, sino nuestro ser discípulos. Dios no facilita a José una escolta para el camino, no ofrece tantas ayudas desde fuera como desde dentro: una vez que sabe lo que tiene que hacer, basta con ponerse manos a la obra.
Hoy el mundo quiere saber todo, comprender todo, dominar todo. Así muchos niños crecen como pequeños tiranos, que cuando son jóvenes ya no pueden ser orientados, sólo quieren que se haga su voluntad, y muchos padres para no arriesgarse a perderlos, se someten, aceptan el capricho sobre lo correcto, sobre la llamada de Dios. ¿Somos auténticos discípulos del Señor? ¿Aprendemos a escuchar, confiamos en la acción de Dios en nosotros? ¿Qué aprendemos hoy de José y María?
Jesús, el Hijo de Dios, ha asumido una familia humana en la Navidad, y esta familia se convierte, por su obediencia, como en un sacramento de lo que es la familia divina que nosotros hemos asumido en su nacimiento. Nos ayudan a ver que en Dios sólo se puede vivir en obediencia.
No todo se entiende en esta vida, no todo es a nuestro gusto: la familia es un semillero y una experiencia donde aprender el amor y la confianza en Dios, cada día, en cada momento. Pongamos al cuidado de la familia de Nazaret a todas las familias, para que vivan a la escucha de la Palabra de Dios y construyan su futuro como discípulos.

