Los romanos dedicaban al dios Jano el primer mes del año; de Jano viene enero. En la mitología romana, Jano, que era llamado el “dios de dioses”, era representado con dos caras, una que mira hacia adelante conoce el futuro, y otra hacia atrás, conoce el pasado, la salida del sol y su ocaso.
Las celebraciones del pueblo romano cuando llegaba el día uno del mes de Jano eran un absoluto descontrol, tanto que los cristianos de Roma, que desde antiguo celebraban una fiesta en honor de la Virgen María ese mismo día, se pensaron si sería mejor cambiar la fecha de la fiesta a otro día donde no se vieran perjudicados por tanto caos, tan lejos de Dios.
Sin embargo, decidieron mejor hacerse fuertes, y por eso el papa Gregorio IV decidió poner un pesebre en memoria del niño Jesús en la basílica romana donde comenzaba la fiesta, en Santa María del Trastevere que, si recuerdan, tiene en el centro de su fachada el mosaico de una Virgen María alimentando al Niño Jesús. Esta fiesta, a la mitad de la Navidad, se convirtió en la fiesta que nosotros celebramos hoy.
Nosotros no tenemos un dios de dos caras, nuestro Dios tiene dos naturalezas, unidas en la persona del Verbo encarnado, es el Dios de los dioses, el Dios verdadero, que conoce pasado, presente y futuro, y al que, por eso mismo, encomendamos el principio del nuevo año.
El dios Jano era invocado en todos los principios, al comienzo de cualquier actividad, guerra o tiempo, pero el Dios encarnado es el principio de toda criatura, es el increado pero, a la vez, hijo de María. Los romanos sacrificaban a un dios que no existía, los cristianos han conocido a Dios, sacerdote y sacrificio, porque, en la plenitud de los tiempos, ha nacido de María. Encontraron, así, la forma de convertir el desorden pagano en anuncio de su fe.
¿Qué hacemos, entonces, nosotros, hoy, al comenzar el mes de Jano, el año nuevo? Pedir al Señor del tiempo, que nos ha acompañado en el año que pasa, que nos acompañe también en el que viene. Su presencia es para nosotros una bendición, por eso la Iglesia nos ofrece la bendición de Aarón en la primera lectura: “el Señor te bendiga y te guarde”.
Jesús es nuestra bendición divina. Lo que pedimos nosotros a Dios, al principio de este año, es que nunca nos falte salvación, que en todo momento tengamos esperanza, porque en toda circunstancia nuestra salvación está con nosotros. Decía el evangelio que, a los ocho días, “le pusieron por nombre Jesús”. Jesús significa “Dios salva”, Jesús nos ha traído a Dios por el don de su Encarnación.
Ahora podemos obtener el perdón de los pecados porque Jesús ha nacido para entregarse por nuestros pecados. Él será un primogénito sacrificado por nuestra salvación. Sabemos que Aarón y sus sucesores de la tribu de Leví son considerados los primogénitos entregados a Dios para la salvación de todos: ahora, el primogénito que derramará su sangre por todos es Jesús.
Conocemos su nombre, lo llamamos por su nombre. Conocemos también su rostro, el rostro de Dios es el rostro del Verbo encarnado, no es un mito divino, es un Dios en la historia. Así, le rezamos hoy: “Que Dios tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros”.
La bendición que pedíamos en la primera lectura se cumple en la segunda, la carta a los Gálatas: Dios no nos bendice con una fórmula sin más, con unas bonitas palabras con cosas buenas y ausencia de malas -hoy todos recibimos montones de mensajes con palabras bonitas y emotivas-, sino con el Verbo encarnado, que nos ofrece no una relación fugaz sino una comunión profunda.
Además, la comunión que se da por la Encarnación entre Dios y nosotros manifiesta otra unión aún mayor y misteriosa: la unión en la persona del Verbo encarnado de una naturaleza divina y una humana. En la discusión para poder confesar esto con certeza, en el año 431, el Concilio de Éfeso define a María como la Madre de Dios, porque Jesús es Dios, no lo es una parte de Jesús, una cara, es madre de una persona, Jesús, el Hijo de Dios.
No dejemos de contemplar hoy el admirable misterio que celebramos, que la resaca del fin de año no nos deje como a los romanos, fieles de Juno, echando a perder este día, que no nos puedan las cosas del mundo: Dios ha nacido de una madre virgen, ha recibido de ella la sangre que nos salva, y se ha dejado ver por las criaturas. ¿Cómo nos vamos a hacer fuertes en esta fiesta? ¿Cómo vamos a saborear este misterio de debilidad divina?
La sangre derramada del Señor es la sangre recibida de María, que le impone su nombre: esa es nuestra colaboración con la salvación. Confiarle nuestra vida, cada día, y decir su nombre, hablar de Él. ¿De cuánta gente hablamos a lo largo del día? Hablar un poco más de Dios, aprender un poco más de Él este año, ese es un buen objetivo, para eso nos bendice.
Sí, hoy es importante venir a misa. María le ha dado a Dios la sangre y el nombre. Entregar la vida, y hablar de Jesús. Ese sí es un buen comienzo de año: enviemos este mensaje.

