La tradición antigua representaba, en el portal de Belén, a san José un poco alejado de María y de Jesús. Mientras que la madre adoraba al niño, José estaba fuera de la escena, tratando de asimilar lo que había sucedido. En muchos iconos, junto a san José aparece un viejo que representa a Satanás que lo pone a prueba: “¿de verdad crees lo que ha dicho María?” Y le señala a su bastón: “Así como una vara seca no puede florecer, tampoco puede María ser madre y virgen”. José busca entrar en lo profundo de su corazón para acoger el misterio que ha sucedido.
La Iglesia nos ofrece hoy, nuevamente, el evangelio del día de Navidad con idea de que, también nosotros, acojamos en lo profundo de nuestro corazón lo celebrado. Diez días de Navidad van; llegan hoy, con estas lecturas, los ecos de la Nochebuena, estamos ya un poco lejos, como san José, ¿cómo estamos viviendo estos días?
Necesitamos levantar la mirada, que entre compras, visitas, comidas, viajes… se nos puede estar alejando el fundamento de la fiesta. Tenemos un experto para ayudarnos a ello, a profundizar, san Juan el evangelista: la Iglesia bizantina lo llama “el Teólogo”, porque Juan ha profundizado tanto en el misterio de Jesucristo que ha podido reconocer en Él al Verbo de Dios. Oculto en el hombre verdadero está el Dios verdadero, y Juan nos explica lo que, en la intimidad de su corazón, Cristo le ha revelado sobre sí mismo: Él es ese Verbo de Dios que llama la profecía del Eclesiástico “la sabiduría”, “la palabra del Señor”, dice el salmo.
Por eso, san Juan es representado con un águila, que con su vista larga ha descubierto que en el Verbo “había Vida”. Que en Jesús, Verbo encarnado, había Vida. No una vida con minúscula, sino con mayúscula. El griego, para la vida natural, emplea la palabra “bios”, de ahí biología, biodegradable… Para la vida sobrenatural, eterna, la gracia, emplea la palabra “zoé”. En el Verbo, en el Dios que se hace bios, hay zoé. Juan, habiendo tratado con Jesús, un hombre como cualquiera de nosotros excepto en el pecado, no sólo ha vivido momentos divertidos, enseñanzas o tradiciones: Jesús le ha dado a Juan “zoé”, vida eterna.
Porque Jesús se la ha dado a Juan, este aprende que la trae para compartirla: “De su plenitud hemos recibido gracia tras gracia”. Dios da zoé a los que sólo tenemos bios. Sólo Jesús puede dar gracia. Aquí surge la primera cuestión de la Navidad: ¿estamos buscando recibir lo que Dios ha venido a darnos, que no es bios, sino zoé? ¿nuestras vivencias de estos días nos están haciendo crecer en vida natural o sobrenatural?
Chesterton escribe sobre el misterio de la Navidad: “El instinto humano reconoce que el cielo ha de ser algo tan localizado y tan literal como un hogar”. La vida eterna es el cielo. Juan recibió algo tan concreto de Jesús que, al recibirlo, se sintió en su hogar. Por eso Juan le preguntó cuando lo conoció: “Maestro, ¿dónde vives?”. Porque al estar con Él, aprendió que de Jesús recibía cielo, y que no se sentía extraño recibiendo cielo, sino que se sentía en casa. Todos buscamos hogar en Navidad, volver a casa, a nuestras tradiciones o raíces… nuestras raíces están en el cielo.
He aquí la sabiduría del creador, la grandeza de su amor: trae Vida como niño. Existe desde siempre, y para estar al alcance de todos y no distinguir elites, no premia a inteligentes o importantes, a ricos o a fuertes, sino a sabios: los sabios no se distinguen por su edad, raza, sexo, títulos, filiación política o por su cuenta corriente. Son hijos de Dios. En ellos ha querido el Verbo que estemos tú y yo, y por eso nos da aquello que no somos: somos bios y nos da zoé. Por eso no quiere venir a lo grande desde el principio, no aparece en el mundo como un gran dominador, un personaje majestuoso de apariencia perfecta, no se manifiesta como fuerza irresistible.
La Sabiduría divina elige el camino de la debilidad. La Inteligencia original, la fuerza más poderosa que existe, “arraiga en la porción del Señor”, en la tierra de Israel, para intentar con semejante muestra de amor llevarnos a Dios como hijos suyos.
La Sabiduría de Dios elige venir a nosotros como débil. Si viniera fuerte no lo querríamos a Él, querríamos su fortaleza. Si viniera poderoso o rico, no lo querríamos a Él, sino su poder o su riqueza. Su debilidad es el filtro entre la fe y el interés. Pasado mañana veremos la diferencia entre la fe de los Magos y el interés de Herodes. ¿Cómo de cerca estamos del misterio de Belén? ¿Lo estamos captando? ¿Qué estamos buscando en estos días, la carta de los reyes o la ruta al portal?
Así que la debilidad es el lugar de encuentro de Dios con nosotros: sin aceptar esta debilidad de Dios no hay cielo. No es el camino del mundo, así que no perdamos de vista el camino propio de los cristianos, el propio de Cristo.

