Cuando aún no han quitado las luces de Navidad de los árboles del barrio comenzamos el tiempo de Cuaresma que, como cada año, nos lleva en su primer domingo al desierto, a recordar las tentaciones a las que el diablo somete a Jesús después de ayunar.
Un personaje mítico de una mítica película dice ante un panorama desolador de muerte y oscuridad: “bienvenido al desierto de lo real”. La imagen del desierto nos habla de una realidad por descubrir: nos engaña lo que tenemos a la vista, lo que tenemos entre manos, lo que dominamos, porque la realidad es el desierto: el hombre perdió el Paraíso cuando Adán y Eva pecaron, lo hemos escuchado en la primera lectura, y el nuevo Adán aparece hoy en la realidad, que es que vivimos entre piedras, la aridez de la vida, que nos recuerdan tantas decepciones, caídas, necesidades…
Vivimos entre lo natural y lo sobrenatural, tentados de creer que lo natural es lo fundamental: el pan, el poder, la riqueza. Todo se reduce a eso, pero ¿qué es lo más importante? Decía Joseph Ratzinger: “¿No nos hallamos también nosotros expuestos al peligro de pensar que Dios no es de primera necesidad para el hombre, y que el desarrollo técnico y económico es más urgente que el espiritual? ¿No pensamos también que las realidades espirituales son menos eficaces que las materiales? ¿No se abre paso también entre nosotros una cierta tendencia a diferir el anuncio de la verdad de Dios porque juzgamos que hay que hacer primero cosas “más necesarias”?”
Estas tres tentaciones nos hacen creer que lo que más necesitamos es lo que vemos, lo que tocamos, lo que percibimos por los sentidos… eso hay que asegurar antes de ponernos a cuestiones metafísicas y nada prácticas.
San Juan Crisóstomo advertía a los que se preparaban en Cuaresma para ser bautizados en la Pascua: “si después del bautismo sufren mayores tentaciones, no se turben por ello, como si fuera cosa que no era de esperar. No, no hay que turbarse, sino permanecer firme y soportarlo generosamente como la cosa más natural del mundo”. Por eso tiene tanto sentido que Jesús fue tentado después de ayunar. El ayuno nos entrena en el dominio sobre lo creado, nos hace, como decía el Crisóstomo, “no inquietarnos” ante las cosas que no vemos, que no poseemos, ante lo que suponemos necesitar. Precisamente porque Adán y Eva no ayunaron y se dejaron llevar por lo que creían su poder, tenemos que ayunar nosotros, que hemos perdido el Paraíso, porque “no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.
Alguno podría pensar, ¿y habría sido algo malo que Jesús hubiera convertido las piedras en pan? Nadie se habría escandalizado de que Jesús se hubiera alimentado milagrosamente en el desierto, Él, que había alimentado al pueblo de Israel por el desierto con el maná, el pan del cielo. Pero tenía que enseñarnos una realidad más profunda: “mi alimento es hacer la voluntad del Padre”. El ayuno purifica y fortalece el corazón, hace que no nos dejemos llevar por lo inmediato, sino que elijamos lo profundo, y así nos preparemos para encontrar a Dios. “Crea en mí un corazón puro, renuévame con espíritu firme”, decíamos en el salmo.
Pero, ojo, porque el ayuno va más allá del pan que comemos o el número de comidas diarias que hacemos, nos habla de no dar todo lo que quiere al corazón, sino lo que es voluntad de Dios siempre, y el resto cuando toca. La victoria de Cristo con el ayuno se convierte así en nuestra victoria. Decía san Agustín: “porque Cristo tenía de ti la carne, y de Él procedía para ti la salvación… de ti para Él la tentación y de Él para ti la victoria”.
Igual en mi actitud tan razonable me escondo de confiar algo más en Dios, igual en mi forma de priorizar lo que el mundo prioriza disimulo no negarme a mí mismo en algo que es claramente de Dios; cabe la posibilidad de que me agarre a lo que siempre hago para no confiar en lo que ahora debo hacer. Pero toca ayunar. Es la sobriedad de ayunar de mi voluntad, de mi queja, de mi facilidad, de mi crítica, para experimentar “la alegría de la salvación”, que decía el salmo.
Ahora que la moda es hablar de los ayunos del Ramadán, que no nos líen: no había nacido Mahoma y ya tenía la Iglesia en medio mundo Cuaresma entera, ayunos y algo más importante aún, tres sentidos para el ayuno, penitencia por nuestros excesos y pecados, moderación y dominio del cuerpo y del deseo, y preparación para la fiesta de la Pascua.
¿De qué necesito ayunar? ¿Cuáles son mis excesos? ¿Lo que hablo, lo que pienso, lo que me quejo, lo de siempre, lo que no hago, lo que no doy? En el desierto de lo real, no nos dejemos llevar por los espejismos materiales y pongamos nuestra confianza en el Señor: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”.
Tan natural es ser tentados como vencer si confiamos más en la gracia. Descubriremos la certeza mayor, la victoria de Cristo por la cruz y el amor.

