Sin ninguna duda la expresión “hasta setenta veces siete” que Jesús dice a Pedro tiene un único sentido: perdona todas las veces. Pedro le pregunta dónde está el límite, cuándo un discípulo de Jesús no tiene ya obligación de perdonar y aprende que el discípulo de Jesús perdona siempre.
La cuestión es, ¿se puede pedir algo así? ¿se puede perdonar todo? ¿lo imperdonable no existe? Me ahorro los ejemplos, seguro que el corazón de cada uno nos va llevando por caminos diferentes, incomprensibles…
Hay que ir muy despacio en la exigencia del perdón, no es fácil llevarla a la práctica, aun viniendo de Jesús. El perdón es una acción llena de beneficios para el cuerpo y el alma, rompe la cadena del odio y la violencia, les niega un nuevo eslabón, un paso más; construye, cuando el rencor es destructivo; crea un espacio para recomponer a las personas y sus decisiones, mientras que la ira o la venganza sólo encuentran el camino de la destrucción y la impotencia.
El amo de la parábola muestra una benevolencia que abre a sus criados a elegir bien, pues, lejos de conformarse con retrasar el pago de la deuda, el amo perdona lo adeudado. Ejerce una justicia mayor, que viene a derribar el primer obstáculo que ponemos al perdón cuando algo nos ha dolido, y es pensar que el perdón va contra la justicia, como si perdonar a quien me ha ofendido fuera algo injusto; el perdón puede llevar a pedir justicia, sobre todo cuando afecta a terceros, pero siempre abre una luz a una justicia mayor, que se comunica, que se puede “hacer viral”, incluso aunque el criado de la parábola no acepte que así sea.
¿Y si, en lo profundo de nuestro corazón, quisiéramos perdonar un daño, pero no lo conseguimos? ¿Qué hacer? A menudo viene bien mirar lo que queremos por encima de lo que sentimos. Los sentimientos pasan, pero si uno lo que quiere es perdonar… ya ha comenzado a hacerlo.
¿Cómo hacer esto? ¿por qué este empeño? El perdón no nace de nosotros mismos, nace de la experiencia de haber sido perdonados por Jesús en la cruz. Por eso pide a los suyos esa disposición para el perdón en toda circunstancia. Nosotros debemos perdonar porque Él nos ha perdonado primero: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Al concedernos su perdón nos ha concedido la gracia para perdonar.
La cruz nos recuerda el perdón recibido y nos motiva a vivir perdonando. El misterio de Cristo en la cruz nos desvela que el perdón no es pasotismo, ni desdén, no es “no importa”, pues Cristo ha asumido en la cruz una posición vicaria, eso significa que ha cargado con nuestro pecado. El verdadero perdón supone estar dispuesto a cargar con el error, la ofensa, el fallo del otro.
Por eso, mirar la cruz es fundamental para aprender a perdonar; por un motivo más, y es que la cruz ejerce la tarea de contrastar, y nos muestra que muchas veces nos ofendemos por cosas sin mucha importancia, nos volvemos demasiado sensibles con lo que padecemos, en comparación con lo que hacemos, que siempre nos parece poca cosa, que no es para tanto.
La decisión de Jesús de enseñarnos a perdonar lo que no nos parece perdonable se renueva en los mártires, que han dado el testimonio de morir perdonando a quien les arrancaba la vida con premeditación, sin deseo de reforma y con gran violencia. Morir perdonando es un testimonio sublime de libertad y alma grande, sin llevar hacia la muerte un saco de rencores que tendrían una consecuencia fatal para nosotros, que rezamos cada día: “perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos”. Negar el perdón es una especie de suicidio inconsciente para quien trata de seguir a Jesús.
Nos advertía la primera lectura: “perdona la ofensa a tu prójimo” y la justificaba el salmo: “porque el Señor perdona todas tus culpas”. Eso es lo que Jesús decía “de corazón”, queriendo perdonar.
Alguno aún puede pensar: no, no creo que pueda. Pruebe otra herramienta aún más importante que perdonar: pedir perdón. Pero pedir perdón de verdad, sabiendo qué he hecho mal, sin paños calientes. Como en la parábola, Jesús sabe ser indulgente con nosotros, más indulgente cuanto más claro tengamos nosotros por qué tenemos que pedir perdón, quién ha padecido nuestras malas palabras, nuestro desprecio, nuestra soberbia. ¿Pido perdón? ¿A quién no quiero pedir perdón, pero debo hacerlo? ¿Tiendo la mano para perdonar o sólo busco un pacto de condiciones y exigencias?
Un último consejo, tomado de la encíclica del papa León. Él lo llama “desarmar las palabras”. La fuerza de las palabras es enorme, y podemos emplearla para bien o para mal. Dice el Papa: “Todos debemos, por tanto, hacer un examen de conciencia sobre las palabras que usamos, sobre los prejuicios de los que están impregnadas y sobre la agresividad, abierta o encubierta, que las motiva”. En una conversación en redes sociales, en un café con amigos, a la salida de misa… ¿Construyo el bien? ¿Facilito el perdón? ¿Perdono de corazón o pido perdón de corazón?
Pedro debió quedar escandalizado al escuchar la exigencia de Jesús, y quizás hasta que no fue puesto en la cruz en Roma no comprendió la importancia de ese perdón tan enorme, incomparable, que él había recibido en la cruz de Cristo, pero tiene toda la coherencia de la parábola: del perdón de Dios en el mundo viene la verdadera libertad de los hombres.

