La palabra “epifanía” viene del griego y significa “aparición”, “manifestación”. Aunque nosotros la referimos a la visita de los magos al niño Jesús, la Iglesia celebraba tradicionalmente tres epifanías juntas: la de los magos, la del bautismo en el Jordán y la de las bodas de Caná. La epifanía de los magos es la manifestación ante los pueblos gentiles, la del bautismo, hoy, es la manifestación a los pecadores, y la de las bodas de Caná es la manifestación a sus discípulos, su primer milagro ante ellos. La Iglesia en España añadía una cuarta epifanía, la multiplicación de los panes y los peces, en la que Jesús se manifiesta con el poder de Dios ante las multitudes.
Así, podemos entender bien por qué hoy se celebra esta fiesta que está a treinta años de distancia de la de los magos que celebrábamos el otro día, y es porque así estaban unidas hace mucho tiempo. En definitiva, el Señor se manifiesta, aparece ante los hombres, y lo hace para llamarnos a creer en Él y a cambiar nuestra vida: así les sucedió a los magos, hoy a los que contemplan a Jesús, y así a los que lo han ido conociendo. Jesús no es una medalla que uno se cuelga, un derecho o privilegio del que presumir o exigir, es una invitación a una vida nueva, vida divina, vida según Dios.
Y ¿qué es lo peculiar de la epifanía de Jesús en el Jordán? Lo primero, que Jesús se presenta donde estaba Juan bautizando a aquellos que iban a reconocer sus pecados. Jesús, dice la Carta a los Hebreos, “no se avergüenza de llamarlos hermanos”. Se hizo uno como nosotros, así se manifestó en Belén, y ya de mayor no se echa atrás, no se aparta de los hombres, ni siquiera de los peor vistos, de los que iban a ver a Juan Bautista.
Así, manifiesta que quiere estar cerca de todos, que no nos busca sólo cuando nos va bien, cuando estamos bien, sino al contrario, que va a estar cerca de nosotros hasta en los momentos más bajos o deprimentes.
Esos momentos tienen un punto culminante: el bautismo de Jesús -su entrada en las aguas- es un anuncio de su muerte por nosotros. Jesús va a dejarse bautizar por Juan no porque tenga pecados, que no los tiene, sino para mostrar así que va a pasar por la muerte para resucitar de ella. Eso está contenido en la palabra “siervo”.
Dice Isaías: “Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, en quien me complazco. He puesto mi espíritu sobre él”. El siervo es Jesús, sobre el que se posa el Espíritu de Dios en el bautismo, y es siervo porque “manifestará la justicia con verdad”, es decir, porque va a dar a los hombres la justicia de Dios, la vida que Dios tiene, a los pecadores. Tenemos, entonces, una nueva manifestación no sólo de su ser divino y humano, sino también de su misión entre los hombres, pues en su aparición como siervo de Dios anuncia su pasión por nosotros.
¿Cómo nos hacemos nosotros partícipes de esa pasión, de esa justicia que trae? Por el sacramento del bautismo, que no es un acto social, ni para las redes sociales, ni para reunir a la familia. Es para participar de la muerte y resurrección de Cristo con su gracia. Es el don que Cristo nos concede para ser asociados a su muerte y resurrección, y supone un vínculo fortísimo con la Iglesia. La unción con el Espíritu Santo nos sella de forma indeleble como hijos amados de Dios, en los que se complace, todos los días.
Cada día participamos de esa Pascua en tantas y tantas circunstancias de la vida. Si nos acordáramos de vincular las cosas que nos pasan con nuestro bautismo, cada decepción, cada tristeza, como parte de nuestro ser bautizados, viviríamos también en esperanza de la resurrección. Para eso es necesario sentir con la Iglesia, vivir en la Iglesia, participar de la Iglesia.
¿Cuál es mi compromiso con la Iglesia? ¿Doy un buen testimonio del nombre de Cristo en las cosas que digo y hago cada día? ¿Pongo el amor de Dios sobre todas las cosas, o a cambio me pongo a mí mismo, lo que yo quiero y deseo? ¿Reduzco mi vida de Iglesia al rato de la misa, o mi compromiso alcanza a mi formación, a mi participación, a mi caridad, a mi ayuda al crecimiento de la Iglesia en mi barrio, en mi casa?
La manifestación de Cristo en el Jordán es un don no sólo para su misión, también para la nuestra, en nosotros continúa la unción y la acción de Cristo: el bautismo de Jesús nos habla de nuestra identidad y misión como cristianos. Sobre si tenemos claro lo que somos y cómo lo vivimos, por eso es una fiesta adecuada para mirar nuestro compromiso con la Iglesia: si lo tenemos, cómo lo estamos viviendo, pero si no lo tenemos para ofrecernos y empezar a colaborar o a crecer, que también es necesario. ¿Un grupo, una colaboración, una ayuda?
Pidamos al Señor que nos ayude a vivir nuestra identidad de bautizados y a encontrar un cauce de santificación responsable y cotidiano en nuestra vida en la Iglesia para cambiar el mundo.

