Corpus Christi

7 de junio de 2026

Corpus Christi

Corpus Christi

El discurso del pan de vida de Jesús, al que pertenecen estos versículos del evangelio, es la explicación de un signo que ha realizado: ha multiplicado los panes y los peces. Él hace un signo y luego lo explica, para que no se malinterprete. Jesús no ha venido a quitar el hambre de los hombres, sino a darles su vida. El pan que da en la multiplicación de los panes es sólo pan, pero anuncia el pan que comerán los suyos, su cuerpo y su sangre.

¿Qué entendían los que escuchaban estas palabras? Nadie pensaba ni por asomo en algo como la eucaristía, luego ¿qué percibían aquellos judíos piadosos que creían que Jesús era un enviado de Dios? Pues, sin duda, algo muy conflictivo.

Cuando Jesús dice que Él es la luz del mundo o que es el buen pastor, no produce ningún tipo de dificultad, se le cree o no y ya está, algunos lo asumen de mejor gana y otros pasan. Pero, al decir esto de la verdadera comida y la verdadera bebida, muchos se marchan escandalizados, abandonan con rabia a Jesús, que experimenta un gran fracaso en el auditorio. O eso parece.

Jesús pide a la gente que haga algo que no se podía hacer. Este mandato era, en tiempos de Jesús, no solamente motivo de conflicto sino, peor aún, algo repugnante. Los judíos, que escuchaban aquel discurso de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm, conocían las numerosas prohibiciones que, en la Ley, les impedían comer carne y sangre, pues la sangre es el principio en el que reside la vida, y sólo a Dios le pertenece, nunca al ser humano. Dice el libro del Deuteronomio: “Guárdate sólo de comer la sangre, porque la sangre es la vida, y no debes comer la vida con la carne”.

Sin embargo Jesús, en vez de amortiguar el golpe, de suavizar su enseñanza, utiliza para este “comer” un verbo griego que es una mezcla de masticar y pastar. Jesús no habla de forma figurada, sino que, al contrario, remarca la radical necesidad de comer de Él.

Así, Jesús no se presenta como un maestro de sabiduría, ni como una persona buena, de ejemplar comportamiento… es el poder de Dios que nos llama a comer y a beber su carne y su sangre para tener la vida del Padre, comunión con El, de tal forma que Él habite en nosotros y nosotros en Él.

San Justino, un filósofo cristiano del siglo II, al que hemos celebrado esta semana, nos ofrece en sus escritos uno de los testimonios más antiguos que tenemos sobre cómo se celebraba en las primeras comunidades la misa, decía: “este alimento al que entre nosotros llamamos eucaristía, del que no puede tomar parte nadie que no crea que enseñamos la verdad, que se bendice con esta oración, es la carne y la sangre de Jesús, que se hizo carne”.

La Iglesia, que no tuvo una doctrina eucarística completa, perfecta, desde el primer día, lo que sí tuvo claro era que lo que comía y bebía era a Jesús en el sacramento. No era un recuerdo de Jesús, ni un gesto de cercanía, de apoyo o un deseo de presencia: “El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”. Veintiún siglos de eucaristía para aprender a aceptar esto que sucede aquí y no otra cosa; si en humildad aceptáramos lo que supone, cambiaríamos nuestra vida y cambiaríamos el mundo.

Porque la comunión con Jesús del que come la eucaristía tiene una segunda derivada inevitable, que advertía san Pablo a los corintios: “Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan”. Aquellos corintios no llevaban ni veinte años de vida comiendo eucaristía y vivían cada uno a lo suyo, enfrentados, separados, desconfiados unos de otros.

Nosotros, que llevamos toda la vida oyendo hablar y recibiendo eucaristía, ¿creemos que somos un solo cuerpo? Nos gusta pensar en la misa de mañana en Cibeles, un millón de personas, miles y miles, es algo significativo, simbólico, pero nos cuesta mucho más la comunión de hoy, cincuenta, cien, porque es mucho más concreta, nos compromete más.

El aparente escándalo que Jesús plantea a los suyos sobre lo que van a comer era una invitación a creer, a creer en Él: “si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros”, pero “el cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión de la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión del cuerpo de Cristo?” Nos visita desde hoy un Papa que ha llamado a la Iglesia desde el primer día a la unidad, no dudo que nos repita este mensaje en estos días, que nos diga a los católicos que vivimos en Madrid que tenemos que estar juntos, conocernos, ayudarnos, hablarnos, para poder acercar a otros a la fe, para poder ser lo que somos, para que los que están enfrentados no quieran separarse más, sino crear comunión como la que tenemos los cristianos.

Es bueno que el Papa esté en Madrid, es bueno que estemos, y que no escondamos nuestra fe a los de fuera, pero tampoco se la escondamos a los de dentro: pidamos al Señor que la visita del Papa nos ayude a desear comunión en la verdad entre los cristianos. Esta es el mejor testimonio de la autenticidad que profesamos, unidad en lo que comemos para lo que vivimos.