Domingo II Tiempo Ordinario A

18 de enero de 2026

Domingo II Tiempo Ordinario A

Domingo II Tiempo Ordinario A

Si Juan Bautista dice de Jesús que es “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, significa que los que le escuchaban comprendían lo que significaba esa expresión. ¿Podríamos nosotros, que la escuchamos cada día en misa, explicar su sentido?

En la fiesta judía de Yom Kippur, el día de la expiación, el pueblo de Israel sacrificaba en el Templo un cordero para obtener el perdón de los pecados, se hacía de su sangre instrumento de perdón, de reconciliación con Dios. Juan dice que Jesús es el verdadero cordero. Un cordero no puede quitar los pecados de los hombres, pero Dios hecho hombre sí que puede, Él hace realmente lo que los corderos solamente anunciaban.

 Jesús es el “Cordero”, porque se ha manifestado a los hombres para asumir aquello que nos divide con Dios y entre nosotros. Juan dice entonces que la comunión de Dios con los hombres no en un rito aislado de la vida, sino haciendo de la vida misma del hombre un rito de comunión.

Sin embargo, esta palabra y esta misión tienen un significado mucho más rico aún: en hebreo, “siervo” y “cordero” son la misma palabra, Talya. Eso significa que la primera lectura y el evangelio nos hablan hoy sobre una misma realidad, una misma persona. Israel esperaba a un personaje misterioso que había anunciado Isaías, el Siervo de Dios, que ya aparecía en la primera lectura del domingo pasado: Juan dice que Jesús es el siervo, el cordero; Él quita el pecado del mundo cargando con nuestros pecados.

De hecho, sobre Él se posa el Espíritu de Dios justo para asumir su misión, decía Isaías: “Es poco que seas mi siervo, te hago luz de las naciones”. Sólo el siervo puede ser luz para otros. En un mundo de influencers, de supuestos modelos y personajes que marcan tendencia, ser luz, lo de Jesús, es otro nivel; que aquí nadie quiere cargar con lo de otros, con lo fácil que es señalar al que se equivoca, al que elige mal, al que no me gusta… Vivimos acostumbrados a señalar a otros para sobrevivir entre ellos, para ponernos por encima, viviendo como si Cristo no nos hubiera redimido, no nos hubiera perdonado, como si este no fuera el “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.

Jesús reclama una actitud mucho más magnánima, más integradora, porque nosotros también escuchamos cada día que Jesús es “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, ¿qué pensamos, que la cosa se queda en reconocer a Jesús en la eucaristía, en adorarlo, en sentirnos bien, en un espectáculo grandioso? Si pensamos así no hemos entendido nada, porque el Cordero, el Siervo, se come, y entonces nosotros nos convertimos en Cordero, en Siervo que carga con los pecados del mundo. Ya no señalamos, no hacemos como que aquí no pasa nada, yo a lo mío. Es todo lo contrario.

Cuando, en el libro del Génesis, Abraham lleva a su hijo Isaac al monte Moria para el sacrificio, le dice el chaval: «Padre, tenemos fuego y leña, pero ¿dónde está el cordero para el holocausto?». Abrahán contestó: «Dios proveerá el cordero para el holocausto, hijo mío». Ya estaba previsto el cordero de Dios, pero hay que estar dispuestos a ser parte de esa historia.

En el salmo encontramos hoy la única actitud correcta para ir por la vida los que reconocemos que Él es el Cordero de Dios y lo comemos en el sacramento: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad. Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas”. En nuestras entrañas, en lo más profundo de nosotros, se ha instalado ese hacer la voluntad de Dios, pero tendemos a creer que hacer su voluntad es algo más superficial, sin daño profundo. De eso nada.

Cuando no hacemos la voluntad de Dios nos hacemos violencia contra nosotros mismos, porque estiramos por un lado la voluntad de Dios en nuestras entrañas y por otro nuestra voluntad, mucho más epidérmica, intranscendente. Cuando intentamos hacer fuerza a nuestra manera, cuando creemos que la voluntad de Dios se quita como una pelusa de la manga, no hay salud en nosotros, hay dolor.

El libro del Apocalipsis pasa en un capítulo de describir a Jesús como el Cordero de Dios a utilizar otra imagen: es “el león de la tribu de Judá”. Pero no se llega a león por nuestra fuerza, sino siendo corderos. No se hace uno fuerte por cargar a otro con lo que no quiero, no me gusta, me supone un esfuerzo. Uno se hace fuerte siendo siervo, si carga con los pecados del mundo. ¿Quién hace autocrítica en este mundo? ¿Quién busca rápido echar la culpa a otros, a quién hago cargar con lo que no está bien en mí? ¿Quién pide perdón por lo que ha hecho mal, contra alguien? ¿Quién carga en silencio el mal de otros, con una sonrisa, hasta las entrañas?

 “Dios mío, lo quiero, llevo tu ley en las entrañas”, repitamos eso ante tantas tentaciones de mirar para otro lado. La tradición litúrgica de la Iglesia añade al versículo de Juan uno del Apocalipsis: “Dichosos los invitados al banquete del Señor”. No es este: es el del cielo. Lo que comemos es para nuestra vida, y en la coherencia eucarística, que un día seamos eternamente, dichosos también nosotros.