Domingo III Tiempo Ordinario A

25 de enero de 2026

Domingo III Tiempo Ordinario A

Domingo III Tiempo Ordinario A

¿Recuerdan cómo empieza el evangelio según san Juan? Lo hemos escuchado en Navidad: “En el principio existía la palabra…” Juan hacía un paralelismo entre la venida de Jesús y la creación, porque el Génesis comienza “al principio creó Dios el cielo y la tierra…”.

Mateo hace una cosa parecida y, al comienzo del ministerio público de Jesús, que acabamos de escuchar, dice citando a Isaías: “El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande”. ¿Recuerdan qué es lo primero que hace Dios en el Génesis? “Dijo Dios: «Exista la luz». Y la luz existió”. Y separó Dios la luz de la tiniebla”. Para san Mateo, la aparición de Jesús es también una nueva creación, “habitaban en tierra y sombras de muerte”, pero “una luz les brilló”. Cuando Jesús aparece para anunciar el evangelio en Cafarnaúm, sucede como un nuevo nacimiento, un nuevo alumbramiento, una nueva creación.

Esas tierras, que tenían un pasado religioso, incluso una promesa de Dios, habían pasado a ser algo sombrío, con una relación con Dios testimonial; ahora han vuelto a la existencia al presentarse en ellas la Palabra encarnada, el Verbo de Dios.

Pero si, para san Juan, en la Palabra “había vida”, san Mateo nos enseña que esta Palabra que se pasea junto al lago de Galilea es una luz que habla, que llama a los hombres. Él escribe su evangelio para los judíos, para que los cristianos procedentes de la fe de Israel, al leerlo, lo entiendan, y para ellos la historia es un diálogo en el que Dios llama para que el hombre responda: Abraham, Moisés, David… Dios nos habla hoy.

Y, como en todos esos casos, la llamada de Dios es una invitación a creer; se hace humana, se pronuncia para que nuestros oídos la escuchen, y así reconocer la luz de Dios y poder seguirlo. Podríamos decir que esa Palabra, cuando se dirige a los hombres, como Jesús en el evangelio de hoy, es una Palabra que crea, que hace nuevo, que da sentido.

Las dos primeras intervenciones de Jesús en el evangelio de Mateo son una llamada a creer, primero una llamada general: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos” y después una llamada particular: “Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres”. Para san Mateo, esa palabra dirigida a los hombres, que aparece en nuestra tierra, en lo cotidiano de Cafarnaúm y de Madrid, aparece entre las oscuridades, “habitaban en sombras de muerte” y pone en evidencia que estamos en penumbra.

Hemos vivido esta semana un episodio muy doloroso en nuestra tierra, el accidente ferroviario en Córdoba, estas desgracias nos golpean y nos recuerdan la necesidad de creer para afrontar tanto dolor: ¿hemos, entre tantos programas y artículos, dedicado un tiempo a intentar afrontarlo a la luz de la Palabra de Dios, que nos habla para creer mejor?; como tantas circunstancias que suceden en nuestras familias, amigos y dentro de cada uno de nosotros, donde también hay tristeza, una luz tenue en ocasiones. Pero cuando encontramos palabras de fe, testimonios creyentes, cuando alguien hace memoria de Jesús, entonces “una luz les brilló”.

La Iglesia llama a este domingo “de la Palabra de Dios” para que tomemos conciencia de la única palabra que vence las peores oscuridades, que da esperanza ante las mayores tristezas. Dice el salmo: “Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero”. ¿Leo el evangelio cada día? ¿Dedico un tiempo a meditarlo? ¿Cuánto?

Nuestra vida está llamada a seguir la luz de Dios, la luz de su Palabra. Vivimos con la tentación de someter a Dios a nuestras cosas, de que Dios haga lo que le pedimos, de pedirle cuentas, pero Dios nos llama a seguirle, desde lo concreto, desde algo tan cotidiano como esto…

Por eso, necesitamos un cambio de mentalidad: no podemos llegar tarde a misa y quedarnos tan tranquilos o no poner atención a la Palabra que se proclama; aún no hemos interiorizado que sin esa Palabra que se dirige a nosotros no hay misa, por mucha comunión que nos acerquemos a recibir, porque esa Palabra es el ámbito en el que entendemos que necesitamos comulgar hoy.

Igual que no tendría sentido que los discípulos hubieran dejado las redes sin la llamada previa del Señor, el deseo de la comunión nace de escuchar su llamada en su Palabra proclamada. El resto son inercias, pero sin la luz de Dios.

Nosotros necesitamos más de esa Palabra, por eso no tenemos que llegar a misa “en punto”, tenemos que llegar diez, quince, veinte minutos antes, para prepararnos a escuchar esa Palabra. No podemos apurar para Dios pero pedir luego excelencias: la misa es otra si está preparada, si hemos llegado un rato antes y hemos leído el evangelio, hemos puesto nuestro corazón a su ritmo. ¿Cómo preparo la misa? ¿Cómo me preparo para las palabras más importantes que voy a escuchar en toda la semana? ¿Qué conciencia tengo, o no, de la trascendencia de esa luz sobre mis penumbras? Todos deseamos luego homilías estupendas pero ¿hemos preparado la tierra de nuestro corazón para ello?

Pidamos a Dios que nos ilumine la conciencia para tomar las decisiones adecuadas para aprender a vivir bien la misa. Así, la Palabra de Dios será cada día una nueva luz, una nueva creación que llene de vida nuestras oscuridades.