San Agustín termina su obra La ciudad de Dios diciendo: “¡Qué intensa será aquella felicidad, donde no habrá mal alguno, donde no faltará ningún bien, donde toda ocupación será alabar a Dios, que será el todo para todos! … Será premio de la virtud el mismo que dio la virtud y de la que se prometió como premio Él mismo, que es lo mejor y lo más grande que puede existir”. En el cielo se verá plenamente lo que Jesús anuncia en las bienaventuranzas, que son una exposición de cómo vivir aquí para participar en esa realidad última.
San Mateo recopila en lo que llamamos “el sermón de la montaña” aquello que Jesús diría a los suyos cada dos por tres, cada vez que sintieran la tentación de elegir la ciudad terrena, la gloria humana en vez de la divina.
Aquella “intensa felicidad”, o bienaventuranza, es la verdadera búsqueda del hombre que quiere ser discípulo de Jesús. Nuestra tentación es medirnos cada día con el mundo y compararnos con los que se mueven según los criterios del mundo; en realidad, si creemos que hemos recibido una llamada del Señor a seguirle, no hay comparación posible.
Porque, ¿de quién habla Jesús en las bienaventuranzas? ¿a quién se refiere? Él es modelo de quien vive no según el mundo, sino como hijo de Dios: sus discípulos serán bienaventurados en la medida en la que elijan su mismo camino, el de la verdadera gloria, el de la ciudad de Dios.
Ya, pero esto es difícil: estas bienaventuranzas son muy bonitas, pero elegirlas no parece práctico en este mundo de competición, de fuerzas, de poderes. Las escuchamos y las entendemos como un premio de consolación para los que aquí tienen desgracia, para los que no pueden cumplir sus sueños, para los que algo les sale mal: siempre puedes llorar, ser pobre, manso… No. La desgracia es no ser bienaventurado.
Bueno, eso no es lo que parece, la gente sin Dios no parece vivir mal, sin límites, sin control, sin tener que venir a misa… ¿es mejor estar a gusto con uno mismo o ser bienaventurado? Bienestar y bienaventuranza difícilmente casan. El hombre no está hecho para sentirse bien, sino para ser feliz. Y el camino para esa felicidad no está en nosotros, en nuestro éxito, sino en el Señor.
Y si quisiera optar por las bienaventuranzas, ¿cómo debería hacerlo? La primera lectura nos ponía sobre la pista: “El resto de Israel no cometerá maldades; pastarán y se tenderán sin sobresaltos”. Ese resto “pobre y humilde”, son los que hoy le escuchan tendidos, sin sobresaltos: “Buscad al Señor, los humildes de la tierra”.
Ya, pero mire, yo tengo mucho, en muchos sentidos, esto no parece ir conmigo, parece para otros más desdichados, menos agraciados que yo. No, lo que dice Jesús, esto de la pobreza de espíritu, no tiene que ver con la indigencia sino con la confianza en Dios.
Otra cosa es si elegimos ser los fuertes, los que todo tiene que ser a su gusto, los que imponen su ley y la identifican con la ley. Jesús hace un elogio de la debilidad frente a la tentación de los mesianismos, paganos o cristianos, sociales, familiares o particulares, que nos tientan: ¿quién elegirá las virtudes pudiendo elegir beneficios particulares? ¿quién apostará por bienaventuranzas, ejercicio de negación de uno mismo, de seguimiento de Jesucristo, de abandono en Dios frente a las seguridades del mundo?
Esto de primeras no nos hace gracia, nos incomoda, pero si dudan de que sea así, ahí tienen a Pablo en la segunda lectura: “lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo poderoso”. Hemos visto, por ejemplo, la lección de lo débil, las víctimas del accidente de tren estos días, en el funeral, a los supuestamente poderosos. Y sigue Pablo: “ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta”. Nosotros queremos contar, y mucho, pero esa es la reacción de quien no cree. No es una alabanza del no saber, que Pablo sabía, y mucho, sino de la sabiduría mayor: poner el creer por encima de elitismos vanos es elegir bienaventuranzas.
Se cuenta de santo Tomás de Aquino, al que celebramos esta semana pasada, que llegada la hora de su muerte, camino del II Concilio de Lyon, el Señor se le apareció para confortarlo y agradecerle su vida bienaventurada, ¿qué es lo que quieres, Tomás? “Nada más que tú, Señor”. Nada más que tú, eso es ser pobre de espíritu, un sabio…
Vivimos entre estrategias humanas, poderes terrenales, incluso en la Iglesia, en brillantes capacidades particulares, riquezas que nos engañan: “nada más que tú”. Esa transparencia deberíamos saber buscarla y reconocerla, pues nos acerca a Dios, y rechazar lo contrario, cómodo, a la mano… Decía Agustín que, en el cielo, “habrá verdadera gloria allí donde nadie será alabado por error o adulación de quien alaba. No se dará el honor a ningún indigno donde no se admitirá sino al digno”.
Que el Señor nos ilumine para elegir cada día según las bienaventuranzas: difícilmente seremos poderosos, con seguridad seremos felices.

