La comparación entre luz y tinieblas que vuelve a utilizar san Mateo en el evangelio de hoy la conocemos bien: la escuchamos hace unos domingos, cuando Jesús aparecía en Galilea (“el pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande”), en la Escuela de Biblia de la parroquia la estamos estudiando ahora en el libro del Génesis (“hágase la luz”), pero, además, es una experiencia habitual de nuestra vida, pues cuando obramos según Dios nuestra vida brilla, tiene esperanza, y cuando no somos capaces de obrar así, el pecado se encarga de sofocar la luz de Dios, creando más bien desánimo y debilidad.
¿Cuál es el elemento diferencial de esta “luz del mundo”? ¿Hay algo que haga esta advertencia de Jesús aún más actual, más personal?
Jesús no está hablando de una pura imitación: el cristianismo no es una ética que mantener para dar luego lecciones a otros. Esta luz es la luz en la que nos hemos convertido, con el don de la fe. No es una cualidad humana, hacer las cosas bien y de un modo sugerente y que los otros quieran imitar, como en una cadena de favores, ser “buenas personas”.
Es una parte divina que ha tomado posesión de nosotros, es parte del misterio de Dios, que hace que, a través de lo humano, se pueda comunicar algo divino. Digamos que comunica a Dios y comunica con Dios. En realidad, es la gloria de la que todos somos revestidos en el bautismo, que hace que nuestras buenas acciones no sólo respondan a un buen hacer humano, sino que, además, puedan transmitir una gloria de Dios y servir para dar gloria a Dios.
Y ¿cómo se hace esto? ¿cómo puede suceder algo así? Que podamos, en nuestra forma de afrontar el bien y rechazar el mal, comunicar a Dios, es un don suyo: nosotros, sencillamente, no obligamos a la gracia recibida de Dios a ir por donde nosotros queremos; nosotros, nuestra naturaleza, se somete a la realidad luminosa de la gracia, y la deja hacer, la deja confiar en Dios, sin poner excusas y sin ponerle zancadillas.
Algo tan profundo lo explica Jesús así: “Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa”. Lo natural, lo que pide la luz, es que se la deje brillar. Lo natural es que si la luz de Dios se nos ha ofrecido, no nos empeñemos en sofocarla sino en dejar que luzca.
El riesgo, si nos acostumbramos a no dejarla lucir, es querer elegir un bien que vemos y ya no poder hacerlo: una decisión que tenemos que tomar, una renuncia que debemos llevar a cabo, un cambio que tenemos que practicar pero no atrevernos, tener una buena excusa para no llevarlo a cabo.
Seguro que lo recuerdan, lo cuenta san Agustín en sus Confesiones: “Reteníanme unas bagatelas de bagatelas y vanidades de vanidades, antiguas amigas mías; y tirábanme del vestido de la carne, y me decían por lo bajo: “¿Nos dejas?” Y “¿desde este momento no estaremos contigo por siempre jamás?” Y “¿desde este momento nunca más te será lícito esto y aquello?” ¡Y qué cosas, Dios mío, qué cosas me sugerían con las palabras “esto” y “aquello”! Por tu misericordia aléjalas del alma de tu siervo.”
A cada uno la debilidad le sugiere lo que le sugiere: el poder, el dinero, la lujuria, la atención o la influencia, la aceptación de los demás… Y la omisión, sobre todo, la fuerza de la omisión, que es la peor de las fuerzas, porque siempre nos dice que si no hacemos las cosas bien “no pasa nada”. No pasa nada por no poner la luz en el candelero, no pasa nada por esconder la verdad, no pasa nada por hacer siempre primero lo mío, no pasa nada por que la sal se vuelva sosa. No es solamente que el pecado apague la luz, es que transmitir a Dios se vuelve casi imposible.
La luz de Dios la hemos recibido para comunicarla, ¿a quién damos testimonio de nuestra fe? A menudo nos pasa que nos resulta muy difícil, entonces necesitamos entrenar para poder vivir la fe, para que nos salga de natural, para eso están los grupos en las parroquias, las asociaciones, los movimientos, para que no nos cueste tanto, para que podamos ver dónde y cómo reflejar mejor lo que Dios pone en nosotros. Estas cosas no son para otros, más jóvenes o más mayores, con más tiempo, aburridos, sin trabajo… son necesarias hoy, aunque pensemos que, por no tenerlas, no pasa nada.
Es más fácil ser felices evangelizando con la vida, danto testimonio de nuestra fe, dejando que la luz de Dios ilumine nuestras decisiones cotidianas y las difíciles, las impopulares, las que implican cambios. Pero es más fácil si nos ayudan a aprender, a estirar, a convertirnos. ¿Yo cómo percibo y comunico la luz de Dios? ¿qué necesito para crecer en la fe, para tener la certeza de que no escondo la luz?
Por eso, aunque la Iglesia es, evidentemente, imperfecta, necesitamos el reflejo de la luz de Dios en ella. Necesitamos esa luz. Las tinieblas del mundo nos tientan: ¿Nos dejas? Nos cuesta, pero sólo así “brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad como el mediodía”.

