Domingo VI Tiempo Ordinario A

15 de febrero de 2026

Domingo VI Tiempo Ordinario A

Domingo VI Tiempo Ordinario A

Si vosotros, decía Jesús el domingo pasado, sois “luz del mundo y sal de la tierra”, significa que hay otros que no lo son. ¿Cómo se sabe quiénes lo son? O, también ¿cómo se es luz y sal?

Jesús responde a estas cuestiones en el evangelio de hoy: “Si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos”. Esa es la diferencia, pero ¿qué es ser mejores? Dice Jesús: “si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos”. Ya está, la sal y la luz se reconocen, son los que viven según esa justicia de Jesús a la que ha venido a dar plenitud, por eso es una justicia mayor.

La justicia de Jesús hacia nosotros es espléndida. Él ha tenido hacia nosotros no una ley de mínimos, sino una justicia mayor, fruto de su amor, y eso hace que Jesús sea espléndido con nosotros, es decir, que nos dé mucho más de lo que podamos merecer. ¿Con quién soy espléndido? ¿Con quién me comporto de forma espléndida?

Si respondemos que con nuestros hijos, hermanos o amigos, fácilmente escucharemos que eso lo hacen también los escribas y fariseos. Es natural dar, darse sin medida, con los míos, pero eso lo hacen todos, es ley de mínimos. Ser y hacer de forma espléndida para ser “luz del mundo y sal de la tierra” no nace de un íntimo u obsesivo deseo de perfección, sino del amor espléndido, que Dios nos ha ofrecido. Nuestro deseo de justicia mayor es expresión, reflejo, del darme Dios a mí; manifiesta que hemos entendido hasta qué punto Dios nos ha sido fiel. El amor de Dios nos mueve a querer vivir de forma excelente en todos los ámbitos de nuestra vida.

Así, según el evangelio de hoy, se manifiesta en la relación con los hermanos (el ejemplo de quien va a poner la ofrenda al altar peleado con alguien), con el cónyuge (es decir, en la unión que significa la Alianza), o con nuestras palabras (verdaderas, sin necesidad de juramentos ni excesos).

¿Y ya? No, no sólo. Porque no es algo de quita y pon, es algo que llena nuestro corazón: Dios me ha dado un amor excelente, una justicia mayor, y yo no puedo hacer las cosas de cualquier manera, porque ese amor está en mí. Mis tareas, mi trabajo, mi forma de hablar o hacer, mi familia, mis responsabilidades en materia de fe, mi formación, mi caridad con los necesitados, la gestión del tiempo, del dinero, del perdón, del espacio o de la esperanza, no se pueden regir según una ley de mínimos, como los escribas y fariseos, sino según un camino espléndido, brillante, eso es una justicia mayor. ¿Es una justicia mayor mi forma de preparar y venir a misa? ¿Deseo hacer las cosas de cada día para Dios, incluir mi rutina bajo una justicia mayor? ¿O hago las cosas dormido, sin interés, de cualquier manera?

“Dichoso el que camina en la ley del Señor”, que decíamos en el salmo, nos habla de una ley de amor que quiere sacar brillo a todas nuestras acciones, con ilusión, con entrega… porque aquí se distingue la verdadera justicia mayor, ese es el criterio necesario y seguro de que hacemos las cosas en cristiano: el elemento principal de esta justicia mayor es la renuncia a uno mismo, la negación a uno mismo por el amor de Dios, y es así porque la entrega excelente de Jesús hacia nosotros, la mayor prueba de su justicia mayor se ha puesto de manifiesto en la cruz. Sin renuncia no hay excelencia, porque así se ha dado Jesús por nosotros.

Y esa es nuestra fuerza. ¿Qué cosas hacemos sin pararnos en ellas y cuales con especial cuidado? El libro del Eclesiástico dice: “el que desprecia lo pequeño, se precipita poco a poco”. Muchos, seguramente incluso gente cercana a nosotros, o en algún momento nosotros mismos, se han ido alejando así de Dios: no por grandes decisiones, sino por haber ido dejando de lado lo pequeño, lo espléndido, de forma casi imperceptible hasta estar lejos, muy lejos. Sencillamente, nos conformamos con hacer, sin más, hasta que dejamos de hacer, pero “en verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley”. ¿Me pasa con un grupo en el que estaba, con una responsabilidad que tuve, con la misa que vivo sin excelencia? El cristiano vive en el mundo con intensidad, con plenitud, de forma espléndida; y se tiene que notar en las cosas de Dios y en las cosas que nos exigen renuncia, que no se hacen de mala manera, con dejadez.

Es un gran atractivo como cristianos ante otros nuestra búsqueda de la excelencia, de la belleza perfecta de Dios en nuestra vida imperfecta. ¿Qué mandamientos he ido dejando de lado? ¿En qué cosas me justifico, como escriba o fariseo, y no apuesto con decisión por una justicia mayor?

Dios ha sido espléndido con nosotros, su Hijo se ha entregado con una justicia mayor; no desdigamos el don recibido, busquemos hacer mejor lo pequeño y lo grande, así seremos “luz del mundo y sal de la tierra”.