¿Qué es tentar a Dios? Al escuchar este evangelio, ¿no da la sensación de que Pedro está tentando a Dios? «Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua». Tentar a Dios es invocar la ayuda milagrosa de Dios pero sin conformarse primero a su voluntad.
Este milagro de hoy, Jesús -y Pedro- caminando sobre las aguas, es un milagro muy diferente de todos los demás del evangelio. ¿Lo han pensado? Jesús cura a los enfermos, abre los ojos de los ciegos, devuelve la vida a los muertos, ofrece ayuda como muestra del amor del Padre, mejora una situación triste o miserable. Pero este es un reto personal: “si eres Dios, que me pase esto o no me pase lo otro”.
Mientras que todos los milagros del evangelio son en favor de una persona particular, este de hoy es para todos nosotros, que vivimos cada día caminando sobre las aguas, buscando máximas seguridades aún en medio de las inseguridades de la vida, que intentamos en cada aprieto que Dios manifieste su poder.
¿Cómo afrontar los peligros, las preocupaciones, que nos acechan en cada momento? ¿Cómo vencer miedos sin necesidad de tentar a Dios, de someterlo a una prueba de veracidad en la que nosotros salgamos victoriosos y le demos el visto bueno como nuestro Dios verdadero?
La decisión necesaria ante cada situación que amenaza nuestra integridad, que viene a debilitar nuestras fuerzas, pasa por tener un único miedo en la vida, el de no respetar la voluntad de Dios. La auténtica valentía en la vida no va de saltar de un puente al vacío atado a una cuerda, va de cuidar y desear lo que es de Dios, que permanece en pie sobre las aguas cuando nosotros nos hundimos. Y esto nos lleva a un tema clave de la vida espiritual: ¿cómo vivir la perseverancia en la debilidad?
Elías, en la primera lectura, huye de la malvada reina Jezabel que quiere matarlo porque está importunando al rey con sus profecías. Pero se cansa, se queda sin fuerzas de ir contracorriente, no quiere ser perseguido más. Pedro, en el evangelio, comienza a caminar sobre las aguas, avanza milagrosamente, pero entre sus temblores y el viento que le zarandea, comienza a hundirse.
Ni la seguridad de Elías es huir, ni la de Pedro es flotar, Elías tendrá que descubrir a Dios en el silencio de la brisa suave y Pedro tendrá que descubrir la mano de Dios en la tempestad. En vidas y momentos diferentes, la valentía es buscar al Señor: “Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se mantuvo en pie”, “Jesús extendió la mano y lo agarró”.
Persevera el que se fía del Señor. La perseverancia es muy difícil, y vivir en cristiano ante la tempestad de nuestros deseos, de las modas del mundo, de la fuerza de nuestras razones, no se mantiene sin subidas y bajadas. ¡Ay de aquel que piense que su vida es como una autopista, que no sea capaz de darse cuenta de que cada día somos tentados por todas esas fuerzas que nos debilitan!
Comenzamos y recomenzamos nuestra vida cristiana con el convencimiento, la ilusión, el sentimiento del principio, de un encuentro, de una realidad descubierta, pero todo eso no está hecho para durar, sino para motivar al bien, no está hecho para repetirse sino para cambiar nuestra fuerza. Hay un momento en la vida de fe en que la herramienta a emplear ya no es el sentimiento, es la certeza del bien de Dios. Decía el cardenal Newman que “la veracidad del encuentro con Dios no se mide por la intensidad de los sentimientos, sino por sus frutos de obediencia y conversión”.
Pero estos sólo son posibles por la fuerza de Dios, que nos sostiene, no de lo que nosotros queremos hacer. Dice el profeta Isaías: “El Señor es un Dios eterno que ha creado los confines de la tierra. No se cansa, no se fatiga, es insondable su inteligencia. Fortalece a quien está cansado, acrecienta el vigor del exhausto… Los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas”. ¿Acepto cuál es mi verdadera fuerza?
Para los antiguos cristianos, la imagen de Cristo sacando de las aguas a Pedro fue pronto una imagen que les recordó la resurrección, el descenso a los infiernos, donde Cristo saca de la muerte a Adán para conducirlo al cielo. Pedro es llevado hoy a una nueva vida, que consiste en vivir con la certeza de quién es Dios, su auténtica fuerza, no su reto o su deseo. Así, su milagro es para todos. ¿Qué hago para cansarme menos y qué busco cuando me canso? ¿Me doy cuenta de que vivir en cristiano es esfuerzo constante o lo he encerrado en cuatro pequeñas rutinas?
No se trata sólo de no vivir tentando a Dios, poniéndolo a prueba en nuestras necesidades; se trata de descubrir que, mientras que nosotros solos nos vamos viniendo abajo, Él nos mantiene en pie cada día.

