Domingo XVI Tiempo Ordinario A

19 de julio de 2026

Domingo XVI Tiempo Ordinario A

Domingo XVI Tiempo Ordinario A

La temática de la siembra que escuchamos en el evangelio del domingo pasado continúa en la parábola de hoy, para mostrar a un Dios que todo lo ha creado bueno y se enfrenta al contrasentido de lo malo.

Ciertamente, cuando algo sale mal, la primera tentación es buscar un culpable, un chivo expiatorio sobre el que hacer caer el peso de lo que se ha torcido: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?” Cuando el trigo y la cizaña brotan en el campo, no es solamente que broten juntos, es que, además, son muy parecidos, demasiado como para pretender separarlos sin riesgo de equivocarse en lo que nos llevamos y dejamos.

Cortar por lo sano no es siempre la mejor opción; a veces la mejor opción conlleva una espera paciente, no adelantar el juicio sino esperar al momento oportuno. El amo sabe que si la cizaña es poca, puede quitarse de inmediato, pero que si el enemigo la ha sembrado en gran cantidad, de forma que las raíces se han entremezclado, es mejor esperar al momento de meter la hoz, y entonces dejar caer la cizaña para atarla en gavillas, y quemarlas como combustible porque Israel escaseaba en combustibles.

En este caso, este contratiempo de lo malo entre lo bueno, el amo lo convierte, por su paciencia, en algo positivo: obtiene dos beneficios, no perder lo bueno, y hacer rendir lo malo. Con las prisas por separar, lo bueno sería mucho menos, porque nos lo llevaríamos con lo malo, como el trigo se perdería con la cizaña.

Pero, desde antiguo, esta parábola también ha sido leída como una llamada a la paciencia con el que obra mal para que se convierta y obre bien. Yo puedo haberme equivocado hoy, ayer con seguridad, pero soy llamado a la conversión, a que, lo que era cizaña, se pueda volver trigo con un cambio desde el corazón. Así lo explicaba san Agustín: “El campo, que es el mundo, es la Iglesia difundida por el mundo. Quien es trigo, persevere hasta la siega; los que son cizaña, háganse trigo”.

Y nosotros podemos pensar: no, eso no existe ni en el campo. He ahí el poder de Dios. Añade san Agustín: “Porque entre los hombres y las espigas de verdad o la cizaña real hay esta diferencia: cuando nos referimos a la agricultura, la espiga es espiga y la cizaña es cizaña. Pero en el campo del Señor, esto es, en la Iglesia, a veces lo que era trigo se hace cizaña y lo que era cizaña se convierte en trigo”.

La paciencia se ha vuelto un elemento fundamental para no hacer arder en el fuego antes de tiempo a lo que merece otra mirada del Señor. El mal, de momento, con no cogerlo es suficiente: le llegará su tiempo. Aunque esté pegado al bien, como la tentación a la virtud, la tentación de la vanidad o de la soberbia a aquello que creemos haber hecho bien, de momento basta con no cogerlo, como dice el dueño a los trabajadores.

¿Yo qué hago cuando veo el mal en la Iglesia? ¿Busco mi corrillo, que me da siempre la razón, para hacer el juicio? Así, diría san Agustín, el trigo se ha convertido en cizaña. Esa actitud es farisea. Porque los fariseos que estaban escuchando a Jesús la parábola no podían entender que Jesús, si era Dios, no hiciera su grupo con ellos, los puros, sabios, perfectos, y lo hiciera con pecadores, con pobres hombres débiles.

Creerse mejor que otros lleva, en la Iglesia, al desánimo. Cansa: “Yo no puedo seguir con estos, que no saben, pecadores, no tienen nivel… me haré mi grupo de los que sí sabemos”. Consecuencia, nos vamos separando, un vano elitismo, preferimos ir por libre, que es más seguro, no queremos arriesgarnos a ir con otros, no sea que salgan cizaña. ¡Tantos no podríamos estar en la Iglesia si dependiéramos del juicio y la impaciencia de estos, en vez de la mirada paciente y amorosa de Dios!

Estos podemos decirle a Dios: “Tú juzgas con moderación y nos gobiernas con gran indulgencia, porque puedes hacer cuanto quieres”. Y al hacer así, “enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano, y diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento”. Preciosa primera lectura de hoy para tener una mirada recta, un corazón grande, una verdadera fe en Dios. Relean este domingo esta lectura, dejen un rato la tele y el fútbol, que hay tiempo para saborear esto y descubrir que no va de otros, que va sobre mí.

Esta parábola es una invitación a descubrir la presencia de la cizaña en nuestra vida, que es muy fácil verla en el de al lado, que no hace lo que yo quiero y hace fracasar mis ensoñaciones y planes. Ciertamente, la cizaña no irá al granero, sino a la quema, pero hay que tener mucho cuidado para que el mal que vemos en otros no nos arrastre, y haciéndonos creer justos o, peor aún, el juez de cielo y tierra, tratemos a los demás con desprecio y desesperanza, sometidos a un mal destino por nuestra vanidad.

Pidamos a Dios su paciencia y clarividencia: viviendo en la Iglesia, yo puedo ser convertido de cizaña en trigo.