Domingo XXVI Tiempo Ordinario A

27 de septiembre de 2026

Domingo XXVI Tiempo Ordinario A

Domingo XXVI Tiempo Ordinario A

No nos gusta ver a quien prospera en la vida con malas artes, por muy habitual que sea. No nos gusta porque está mal, por muy habitual que sea. Para Dios, cualquiera que hace el mal está llamado al bien, y puede corregirse. Ezequiel reflejaba el desencanto ante esta actitud de Dios, en la primera lectura: “Insistís: “No es justo el proceder del Señor””. Quizás también nosotros sentimos que Dios es injusto, ante una injusticia que parece que Dios ha dejado que suceda o no ha corregido.

Si el domingo pasado las lecturas afrontaban el engaño de pensar que Dios era un amo injusto porque pagaba lo mismo a todos los trabajadores de la viña, hoy parece injusto porque mantiene una puerta siempre abierta a la conversión, “hasta la última hora del día”, “hasta setenta veces siete”.

Es muy parecido este evangelio al del domingo pasado, comparten esa polémica forma de proceder de Dios y también comparten destinatario: los judíos eran los trabajadores de primera hora del día que no sabían valorar el don que se les había ofrecido en la viña, también ellos son el hermano que primero dice que sí, que acepta ir a trabajar, que acepta una alianza con el padre, pero luego no la cumplen, porque cuando aparece el Hijo de Dios, la rechazan, no van, así que “los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios”. ¿Qué escándalo es este? ¿Qué adelanta a unos en su humildad y hunde a otros en su presunción?

Decía el salmo que la ternura y la misericordia del Señor son eternas, que “el Señor enseña el camino a los pecadores”, que no hay una línea roja para Dios. Él ofrece su perdón siempre, el hombre lo acepta a veces.

Por eso, se le puede decir que no, pero luego se puede volver a Él. Lo que no se puede es decirle que sí, y pensarnos que ya está todo hecho: luego toca ir, vivir de la fe. Ya en el siglo II advertía san Ignacio de Antioquía que “es mejor ser cristianos sin decirlo, que decirlo sin serlo”. Dios, con su misericordia, crea para nosotros espacios de libertad, en los que mejorar, tomar buenas decisiones, constructivas, no para mi bien, sino para el bien.

Ayer decía el Papa a los jóvenes en París: “A medida que avanzamos en este camino hacia la santidad, queda claro que no basta con evitar el mal: hay que elegir el bien. No se trata de un principio abstracto, ni de una afirmación obvia: elegir el bien es la acción propia de la libertad, y al llevarla a cabo, la libertad misma se realiza, se corrige y madura. Para tomar la decisión correcta, recuerden este criterio: el bien da vida, nunca la quita; el bien cuida, no toma para sí. El bien no es un concepto bonito, sino el rostro radiante del amor: ¡es Dios mismo!”.

Así vemos que para Dios no todo está bien, no todo vale, no todo es igual: hay actos buenos y malos, los buenos nos acercan a Dios, los malos nos alejan de Él. Lo bueno y malo que decidimos tiene consecuencias. Pero, incluso cuando decidimos lo malo, el amor de Dios, su eterna misericordia, busca atraernos, como el hijo de la parábola, que volvamos a Él y, después de haberle dicho que no, le digamos que sí y hagamos bien.

La primera lectura explica ese arrepentimiento, esa vuelta a Dios con una preciosa palabra: recapacitar. Estamos llamados a recapacitar todos los días, a desear que los demás recapaciten todos los días, y a alegrarnos por aquellos que recapacitan cada día.

Recapacitar significa volver a la inteligencia, a la capacidad de bien, y es un síntoma claro de haber percibido que Dios nos “enseña el camino” para perdonarnos, un síntoma de madurez por el que nos damos cuenta de que no estamos en la plena posesión del bien obrar y del bien pensar, y que no podemos decir a Dios aquí que sí, pero luego al salir, que no. ¿Estoy dispuesto a arrepentirme? ¿Soy capaz de recapacitar y corregir el mal?

Piensen un poco en el enfado de los fariseos al escuchar estas palabras: nosotros ya le hemos dicho que sí a Dios, ¿quién es este Jesús para decirnos que publicanos y pecadores son más santos que nosotros? Toda la vida llevamos tratando de seguir la Ley de Dios, ¿y este quiere que recapacitemos nosotros? ¡Que recapaciten ellos! Y justo ahí se ve que somos nosotros los primeros necesitados de ese espacio, de esa eterna misericordia. ¡Que recapaciten ellos: mi hijo, mi marido, mi amiga!

Cuando Jesús dice esta parábola a los judíos estamos a martes santo, y Jesús pasea por la explanada del Templo de Jerusalén, cercana su muerte. A veces la elección es mucho más inminente de lo que pensamos y recapacitar es una exigencia para seguir a Jesús hoy, porque su misericordia es eterna, pero nuestra vida no lo es. ¿Con quién debo recapacitar? ¿A quién no le he dado el espacio para que cambie, sino que le he puesto una etiqueta y ya está? ¿Dios es así conmigo?

Fíjense qué contraste tan enorme con el mundo de hoy, donde lo importante no es recapacitar, sino seguir de forma obstinada lo que yo digo, lo que yo quiero, lo que yo decido o siento, mi relato sobre la realidad.

La justicia de Dios está en que nos da todo lo necesario para que recapacitemos y le digamos siempre que sí, la cuestión está en si nosotros nos damos cuenta de ello o estamos muy entretenidos viendo lo bien que les va a otros, incluso cuando hacen el mal.