Domingo XXVIII Tiempo Ordinario A

11 de octubre de 2026

Domingo XXVIII Tiempo Ordinario A

Domingo XXVIII Tiempo Ordinario A

Identificamos perfectamente la reiterada negativa que acabamos de escuchar en el evangelio: se niegan los invitados a asistir a la boda a la que habían sido convocados, como se negaron los viñadores a entregar los frutos de la viña en el evangelio del domingo pasado; es la misma negativa que el hijo daba a su padre cuando este le pedía que fuera a la viña a trabajar, en el evangelio de hace dos domingos.

Esas negativas contrastan con la realidad que Jesús anuncia del Reino de Dios: entrarán la chusma, los que se encuentren por los caminos, los publicanos y las prostitutas, y los demás se quedarán fuera, porque la puerta de ese festín se cierra.

Dios ha preparado ese gran festín: en la primera lectura, en el salmo y en el evangelio nos encontramos esta misma promesa, esta misma realidad. Ha hecho su oferta y ahora espera una respuesta por parte de los invitados. Jesús dice a los judíos que rechazarlo a Él es rechazar la invitación, porque una cosa es decir “sí”, otra ir.

En los tiempos de Jesús, era una forma de cortesía habitual que, ante una boda, la invitación se hiciera lejos en el tiempo, pero se repitiera en el día mismo de la boda, como un gesto de respeto hacia los que habían sido llamados. La fiesta del banquete comenzó con la Pascua de Cristo, con su victoria en la cruz y su glorificación en el cielo, se nos cursó invitación en el bautismo, se nos recuerda de forma amorosa esa invitación en la eucaristía, un día tras otro. ¿Venimos preparados? ¿Cómo de preparados?

Y es ahí donde tiene su sentido la segunda parábola del evangelio. Si aceptamos participar en el banquete que se ha preparado, si decidimos acoger la invitación, nuestro vestido es la conversión necesaria para entrar dignamente al banquete celeste. El agradecimiento a la invitación se hace visible en nuestra preparación para el evento.

Dios lo ha preparado todo, desde el principio y hasta nuestros días, hoy “preparas una mesa ante mí enfrente de mis enemigos”, decía el salmo: nosotros decidimos cómo venimos, o mejor aún, cómo vamos.

El traje de invitado no dura la hora de la misa, dura cada día de la vida. Ese traje se lleva puesto en todo momento, cuando venimos a misa, o cuando vamos a por el pan, o a trabajar, o cuando toca gestionar el ocio o cuando alguien nos ofende. Es el mismo traje que tenemos que usar en una situación de sufrimiento, cuando toca perdonar, cuando sabemos que alguien necesita nuestra ayuda o cuando las tentaciones nos debilitan.

La sala del banquete, que es esta de los sacramentos, nos sirve para recordar el traje que llevamos y para poder percibir cómo está, cómo lo llevamos. ¿Es mi vestido digno de la invitación que he recibido?

Porque es fácil decir una cosa y hacer la contraria, aceptar la invitación y querer ir de cualquier manera, pasa a lo largo y ancho del mundo.

La mentira se emplea como instrumento de poder y de manipulación, pero es impropia del cristiano. Deforma la realidad, hace pensar que la verdad es algo relativo, que está en función de los resultados, y nos hace vivir con una desconfianza permanente: la mentira genera una violencia que divide al hombre en su corazón y divide al mundo.

Los cristianos estamos llamados a vivir en la verdad, a descubrir y elegir la verdad; a no seguir la mentira, ni aunque pudiera beneficiarnos. Es el octavo mandamiento. Nosotros, invitados a un banquete de bodas, necesitamos cada día elegir la verdad con coherencia, y ese es un vestido propio, adecuado.

En este momento que vive nuestra sociedad ¿cómo comportarnos nosotros? Según la invitación y el vestido que llevamos, como cristianos. Lo primero de todo, como cristianos. Lo primero no es “como hacen otros”, lo primero no es “según las circunstancias”, lo primero es como invitados al banquete. ¿Cuál es mi actitud ante la verdad y la mentira? ¿Busco la verdad, venga de quien venga, y huyo de la misma forma de la mentira? ¿Elijo la verdad y sus consecuencias o elijo la excusa para salirme con la mía? ¿Me sumo a la espiral, a la dinámica del mundo?

Nos toca a los cristianos ser reconocidos en este tiempo por nuestra forma de vestir, y no estoy hablando de telas, sino por elegir la verdad. Pero recordaba Benedicto XVI que “sólo en la verdad resplandece la caridad y puede ser vivida auténticamente. La verdad es luz que da sentido y valor a la caridad”. La unión de verdad y caridad es como esa combinación de colores que nunca nos falla, y nos tiene que distinguir en estos días, antes de dejarnos llevar por etiquetas, por la hipocresía o la mentira, por la rabia o el desprecio. Y san Gregorio Magno explicaba: “Entra en las bodas pero no lleva el vestido nupcial el que estando en la Iglesia católica tiene fe, pero le falta la caridad”. Y aquí subimos de nivel, primer mandamiento.

Dios ha preparado un banquete para nosotros: miremos bien que vestimos adecuadamente, no vayamos a perder una invitación que no todos tienen, pero que nosotros sí hemos recibido por pura gracia de Dios.