Domingo XXX Tiempo Ordinario A

25 de octubre de 2026

Domingo XXX Tiempo Ordinario A

Domingo XXX Tiempo Ordinario A

Cuando tenemos ante nosotros multitud de opciones entre las que elegir, en cualquier ámbito de la vida, no siempre es fácil decidir de buenas a primeras, podemos dudar, valorar pros y contras… el evangelio de hoy refleja esta misma situación con los mandamientos.

En tiempos de Jesús, un judío tenía que cumplir exactamente seiscientos trece mandamientos. Todos habían salido de la Ley que Dios dio a Moisés en el Sinaí, y eran un número simbólico: trescientos sesenta y cinco eran prohibiciones correspondientes a los días del año solar, y los otros doscientos cuarenta y ocho referidos a las partes del cuerpo humano. Significaba que, bajo el cielo y en la tierra, todo estaba sometido al poder de Dios, y el judío también debía vivir de esa misma manera.

Así que, ya que los saduceos y los herodianos habían sido corregidos por parte de Jesús debido a sus preguntas capciosas, sobre el impuesto del César o el divorcio, los fariseos también quisieron ponerlo a prueba con una pregunta sobre lo esencial: “¿Cuál es el mandamiento primero” de los seiscientos trece?

Aprender a elegir bien en la vida pasa por tener claro el orden de prioridades al que nos sometemos. Jesús responde con sobriedad sobre el mandamiento primero, que no dice que hay que amar a Dios, sino que hay que amarlo “con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente”, “sobre todas las cosas”. Por encima de todas las cosas materiales, de todas las fuerzas humanas, de todas las personas a las que amamos o que nos importan, sobre nuestra reputación y nuestros deseos, está Dios.

Es entrañable encontrar gente que va por la vida creyendo que cumple el primer mandamiento, o que no se da cuenta de que fallar en los otros mandamientos tiene que ver con el primero, porque los mandamientos no son compartimentos estancos: todos nacen y confluyen en el amor a Dios.

¿Cómo llenarnos de ese amor? ¿De dónde sale? El primer mandamiento, en el libro del Deuteronomio, nos dice que todo comienza por escuchar: “Escucha Israel, el Señor tu Dios es el único Señor”. No se puede amar a Dios si no se le escucha; escuchamos a alguien porque le queremos, y también escuchando hacemos crecer ese amor. ¿Hago silencio para escuchar a Dios? ¿En serio o de pasada?

Si no hacemos por escuchar a Dios, por escuchar de corazón su palabra, amaremos ritos o biorritmos, pero no a Dios. Porque cuando uno se pone a la escucha de la Palabra de Dios, con el corazón dispuesto, entonces crece necesariamente en el amor, no ama por moda, o “de oídas”.

Pero Jesús, después de responder sobre el primer mandamiento, se lanza inmediatamente a unirlo con su consecuencia: “El segundo es semejante a él: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo»”. Lo dice san Juan y lo escuchamos todos los años en la Navidad: «Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede decir que ama a Dios, a quien no ve». En la relación con los demás está la prueba del algodón de la relación con Dios, por eso todas las exigencias que advertía ya la primera lectura.

Si los demás me molestan o si, directamente, les ignoro, cristianos o paganos, blancos o negros, altos o bajos, entonces no, no tengo mucho amor a Dios. Decía San Beda: “Ninguno de estos dos amores puede ser perfecto si le falta el otro, porque no se puede amar de verdad a Dios sin amar al prójimo; ni se puede amar al prójimo sin amar a Dios”.

El amor de Dios es como una pieza de esos puzles cerrados con un marco que hacen los niños, en los que se van colocando las piezas moviendo unas y otras de su lugar, que sólo encaja bien en el primer lugar, fuera de ahí estorba, nos molesta, nos descoloca todo lo que queremos y buscamos.

El amor supone un riesgo, una apuesta, y conlleva una entrega como la de Jesús, porque “Dios es amor”, por eso, en la medida en que optamos por el amor, más nos vamos asemejando a Dios, más nos parecemos a Él, más natural es que lo reflejemos y que otros a los que queremos lo puedan percibir. Así se entiende que, cuando no somos tratados como querríamos, dijera san Juan de la Cruz: “Donde no hay amor, pon amor y sacarás amor”.

También nosotros tenemos muchos mandamientos, nos los vamos creando sin darnos cuenta en el trabajo, en casa, queremos que los cumplan hasta los que casi no nos conocen, y los subimos o bajamos del escalafón según así hagan. ¿Cuál es mi primer mandamiento? ¿Y mi segundo mandamiento? ¿Escucho la Palabra de Dios o me parece intrascendente?

Pidamos al Señor que ordene nuestros mandamientos, como las piezas del puzle, y que ponga en nuestro corazón el deseo de escuchar su Palabra, porque en ella está escondido su amor, el primero de nuestros mandamientos, en el que descansa siempre la elección correcta.