Epifanía del Señor

6 de enero de 2026

Epifanía del Señor

Epifanía del Señor

El punto de partida del evangelio de hoy es una estrella. Una luz que brilla, que se levanta, decía Isaías. Los astrónomos no se han resistido a buscar la explicación a esa estrella de la que habla san Mateo: Johannes Kepler pensaba que era una supernova. Otros que era la conjunción de Júpiter y Saturno. Muchos creen que era el cometa Halley, aunque este había pasado hacía sólo doce años.

Curiosamente, sobre esa estrella sabe más la teología que la astronomía. El libro de los Números dice: “una estrella se destaca de Jacob, surge un cetro de Israel”. Así anunciaba Balaan, un profeta pagano, la llegada de un rey que dominaría desde Israel sobre todos los pueblos. Aquella profecía dijo más a los magos sobre la estrella que sus cálculos y observaciones.

San Ignacio de Antioquía, un obispo mártir del siglo II, decía en una de sus cartas: «¿Cómo es que estos misterios fueron manifestados a las esferas? Un astro brilló en el cielo más que todos los demás y su luz era indecible, y su novedad asombrosa y todos los demás astros, incluso el sol y la luna, se colocaron alrededor de este astro. Y estaban conmovidos preguntándose de dónde venía esta novedad tan diferente de ellos mismos». Lejos de su intención descubrir el nombre de la estrella, o decir que las estrellas se movían contra toda ley física, sólo quería explicar que lo creado habla sobre su creador, y que la venida de Jesucristo divide, en el relato de Mateo, a descreídos y a creyentes.

Los descreídos son un ejército que ocupan lugares estratégicos en el mundo de la cultura, de lo social, de los medios de comunicación… que viven de un discurso convencido y convincente. Sienten compasión cuando ven a otros entregarse a causas nobles, su vida, su esfuerzo, su talento… felicitan a quien tiene buenas intenciones, pero en el fondo creen que quien hace algo así no sabe de la vida, es un bendito. Están en nuestro trabajo, en nuestra familia, a lo mejor hoy sentados en nuestra mesa.

Pobres, estos cristianos, si supieran que su Navidad nace en el siglo IV de una fiesta pagana, si supieran que sus magos eran unos astrónomos persas… Excusas en su sabiduría para no enfrentarse a la tristeza de haber dejado de creer. A lo mejor, también nosotros venimos creyendo que estos son días para los niños, que los que ya hemos pasado de los diez años lo más que hacemos en estos días es admirarnos de su inocencia…

Pues bien, esos encuentran la horma de su zapato hoy en los magos. Así estaba Herodes, que aprovecha la visita de los sabios de Oriente para intentar eliminar a un rival que podía estar surgiendo, un bebé. A Herodes no le interesa la verdad, quiere que nadie le mueva el sillón, y emplea su poder para sofocar cualquier posible luz. ¿Percibimos que la verdad y la comodidad no casan?

Los sacerdotes del templo de Jerusalén no están dispuestos a perder su estatus, su dignidad, por ir en busca de un niño como si Dios pudiera mostrarse en tanta pequeñez. Ellos ocupan palacios, lo suyo no es abajarse. Es paradójico: tanto que parecen saber sobre Dios y tan lejos viven de Él. Mirarían a los sabios de Oriente de forma condescendiente: “venir desde tan lejos, tanto esfuerzo para tan poca cosa”. ¿Sabemos qué es lo pequeño y qué es lo importante? ¿Con qué criterio valoramos lo que merece más o menos la pena? Así nos pasan las estrellas cada día…

Pero estos sabios, dice Benedicto XVI, “tuvieron que reconocer que Dios no está ni se deja aprehender en el poder de este mundo, ni simplemente en la ciencia, ni tampoco simplemente en la teología. Tuvieron que reconocer que los criterios de Dios son totalmente diferentes, que nos toca de una manera distinta: en la humildad de su amor, que sólo puede pedir a nuestra libertad que lo acepte”.

Los sabios de Oriente hicieron vida lo que habían encontrado en la Palabra de Dios, que no es un objeto de curiosidad, es la verdad sobre lo que somos y estamos llamados a ser, la que nos recuerda que necesitamos a Dios más que cualquier otra cosa en el mundo, nos saca de nuestro pragmatismo y nos hace creyentes. Decía Santa Teresa Benedicta de la Cruz: “También para nosotros los Magos tienen un significado particular. Aun perteneciendo ya a la Iglesia visible, percibimos muchas veces la necesidad interior de superar los límites de las concepciones y costumbres heredadas. Vamos a la búsqueda de una estrella que nos muestre el camino correcto”. ¿Nos quedamos en costumbres heredadas o seguimos la estrella?

Ante esa estrella Herodes eligió matar, los sacerdotes del templo su dignidad, los sabios ir al encuentro de Dios. Esto no va de astrofísica, no va de costumbres heredadas, va de creer, contra toda comodidad o burla. Dios no es el rival a batir, el que nos chafa los planes, es el Rey de Reyes, el único merecedor de hacer un largo camino, el único digno de nuestra entrega: “y cayendo de rodillas lo adoraron”.

Así acaba la Navidad, reconociendo que Dios supera los límites de nuestro poder y saber, y adorándole para cambiar de camino. Leamos bien el evangelio de hoy, que no estamos en una fiesta de niños, sino de sabios.