Misa de medianoche

25 de diciembre de 2025

Misa de medianoche

Misa de medianoche

La Iglesia nos sitúa en esta noche en el lugar de los pastores del evangelio. Ellos fueron testigos de algo excepcional. Conocemos bien la situación de aquellos pastores, no son extrañas a nosotros la oscuridad, las tinieblas; nos rodean las situaciones y las personas en las que no hay vida, no hay amor, casi todo es noche.

Pero los pastores constatan hoy un hecho. Llevamos semanas hablando de deseos: “cielos, lloved al justo”, “ven, Señor, no tardes”. Los pastores testimonian en esta noche una realidad, un hecho superior, incomparable, que ha sucedido. Isaías decía: “un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado”, y los ángeles del evangelio también: “hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor”. Así lo hemos repetido en el canto del Aleluya. Repetía la carta a Tito: “Se ha manifestado la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres”. Esas formas perfectas nos hablan de algo realizado, ya no tenemos que esperar a otro, ni otra cosa, el Salvador ya está con nosotros.

¿Por qué la Navidad es tiempo de alegría, por qué nos deseamos una feliz Navidad? La causa de la alegría es la constatación de lo que ha sucedido. Muchos no pueden alegrarse esta noche. Muchos la pasan en tinieblas, importa una buena cena, mucha gente alrededor, acabar tarde. La felicidad de la Navidad no va por ahí, va porque “nos ha nacido un Salvador”.

Alguien que viene a traernos la vida de Dios, una vida sin tinieblas, una vida que no se apaga, que es toda luz, que no necesita ser completada con cosas caras porque esta no se puede comprar. La Iglesia lo llama un “admirable intercambio”: el Salvador es un Dios que nace hombre, que nace niño, para que nosotros que nacimos niños recibamos de Él el ser Dios, una luz indeficiente, una luz gozosa.

La paradoja es que esta luz no viene a lo grande, no es un espectáculo que uno sale a la calle y lo contempla, no es fruto de la acción excesiva de los hombres, es una luz que nace, que casi no se ve, muy pocos la vieron: si Jesús naciera hoy, aún menos la verían.

Así, esta noche tiene algo de infantil que es necesario para entrar en el misterio de la Navidad. Porque no es solamente que “un niño nos ha nacido”, es, además, para qué. Mañana escucharemos la carta a los Hebreos: “nos ha hablado por el Hijo”. “Nos ha hablado por el Hijo” significa que Dios habla, que rompe el silencio que va unido a la oscuridad y la tristeza.

Antiguamente, la Iglesia comenzaba esta misa cantando el salmo 2: “Voy a proclamar el decreto del Señor; | él me ha dicho: Tú eres mi hijo: | yo te he engendrado hoy”. Dios nos habla, no sólo contemplamos la luz de Belén, es que además Dios nos habla. Dios le dice a un hombre: “Tú eres mi hijo”, y el hombre puede responder a Dios: “Tú eres mi padre”. En esta noche, la Iglesia descubre su verdadera vocación al contemplar a un niño, como hicieron los pastores, y entonces puede decir: “feliz Navidad”.

Dios ha sido puesto en un pesebre, en el lugar donde abrevan los animales, porque sabe que ese es el único sitio al que tenemos gusto por volver, el pesebre es el lugar de las bestias, el lugar del pecado, y hasta allí baja para encontrarnos, para convertirse en nuestro alimento. En Belén, que significa “casa del pan”, Jesús comenzará a prepararse para su sacrificio, para convertirse en pan entregado para nuestra salvación, “pan del cielo”.

El mundo cena hoy orgulloso del alimento que se ha procurado, pero la verdadera alegría no es la autosuficiencia del hombre, es el don de Dios, que alcanza a pobres y ricos, a familias numerosas y a los que están solos, a los de lejos y a los de cerca: por eso, la Iglesia nos sitúa en el lugar de los pastores, que son los que reconocen lo que ha sucedido, que se dicen: “Vayamos, pues, a Belén”.

Belén es hoy la liturgia de la Iglesia, que nos permite reconocer y confesar al Dios verdadero y al hombre verdadero. Ante ese misterio, como los pastores, nos hemos postrado en el canto de la calenda, nos volveremos a postrar después al recitar el símbolo de la fe.

En el tiempo del Señor, el pueblo de Israel, pueblo en su origen de pastores, ya se iba alejando, con su cómoda estabilidad como reino, de esta profesión. Lejos quedaban Abraham, Moisés, David… la clase de los pastores era ya insignificante. Importaban los escribas, los maestros de la Ley, los que reflexionaban para adivinar la venida del Mesías… pero es justamente la tarea primera, la de los pastores, la que reconoce al Salvador.

Hay que saber esperar, la sabiduría en la vida contiene ese elemento infantil de la espera, la sabiduría de esta noche está en descubrir si sabemos esperar o rápidamente acudimos a tapar cada oscuridad como sea. ¿Qué nos ha llevado hasta Dios? ¿Sabemos esperar? ¿Aceptamos ir como los pastores a Belén, o seguimos buscando la felicidad de la Navidad donde no está?

Dios nos habla, “nos ha hablado por el Hijo”, dirá Hebreos mañana, no estamos solos, sí, entonces es una feliz Navidad.