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	<title>Tiempo Ordinario &#8211; Nuestra Señora del Carmen El Plantio</title>
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		<title>Domingo VI Tiempo Ordinario</title>
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		<pubDate>Sun, 16 Feb 2025 16:38:24 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[¿Recuerdan cuando, hace dos semanas, Jesús se presentaba en la sinagoga de Nazaret como el profeta que cumplía las palabras de Isaías? Desde entonces, san Lucas nos presenta a un...]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><span style="color: #000000;">¿Recuerdan cuando, hace dos semanas, Jesús se presentaba en la sinagoga de Nazaret como el <strong>profeta</strong> que cumplía las palabras de Isaías? Desde entonces, san Lucas nos presenta a un profeta que hace cosas de profeta: un profeta tenía <strong>discípulos</strong>, y el domingo pasado Jesús llamaba a los pescadores para que fueran sus discípulos. Un profeta reparte <strong>bendiciones</strong> a los que obran según Dios y serias advertencias a los que obran al margen de Dios.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Eso es el evangelio de hoy: Jesús emplea esta forma de bendición y maldición que también hemos escuchado en Jeremías en la primera lectura y en el salmo. Por eso, Lucas <strong>contrapone</strong> bienaventuranzas con ayes, aquello que trae bendición y lo que trae perdición.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Pero, podríamos preguntarnos al escuchar estas lecturas: ¿es que es malo confiar en uno mismo? ¿son las lecturas de hoy un ataque a la <strong>autoestima</strong>? ¿es que por tener fe no se puede tener personalidad, atrevimiento, decisión? Ese <strong>engaño</strong> nos lo presenta el mundo tantas veces, como si por confiar en Dios, por vivir en la Iglesia, ya no se tuviera <strong>personalidad</strong> o capacidad de pensamiento.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Para cualquier responsabilidad, compromiso y esfuerzo en la vida, es necesario confiar en uno mismo, en las propias actitudes y aptitudes; por eso el cristiano es <strong>responsable</strong> y trabaja duramente en el mundo, con madurez y acierto. Nuestro <strong>crecimiento</strong> personal ha de ser permanente, nos da un esqueleto para estar dispuestos a construirnos y construir nuestra vida. Sin una <strong>humanidad</strong> adecuada, la fe no puede asentarse y crecer.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Sin embargo, cuando hablamos de felicidad <strong>eterna</strong>, de salvación, de referencias vitales o de decisiones fundamentales, más de lo estable que de lo fugaz, de la profundidad de la vida, de seriedad y de moralidad en nuestros actos, de criterios innegociables, entonces no hay duda: uno debe tener claro que nuestra vida la <strong>sostiene</strong> el Señor y que sólo Él es digno de nuestra confianza en éxitos y fracasos, deseos e intenciones.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Tenemos un ejemplo constante en los <strong>santos</strong>. Responsables y comprometidos en sus tareas, creyentes y confiados en Dios en sus criterios, con todas las consecuencias.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Y es que los cristianos estamos llamados a evitar la tentación <strong>racionalista</strong> de creer que todo está sólo en manos del hombre y su esfuerzo, y la opuesta tentación <strong>gnóstica</strong> de creer que todo está sólo en la acción de Dios, al margen o a pesar de nuestra acción. Dios nos ha dado una <strong>inteligencia</strong> para poder afrontar las circunstancias de la vida… unidos a Él. Y así nos conduce, en ellas, a la bienaventuranza, la bendición, a la felicidad.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Nosotros somos como el <strong>árbol</strong> plantado al borde de la acequia, que si empapamos nuestras raíces en el agua que es la gracia de Dios, crecemos ante toda circunstancia. Ahí tenemos un <strong>contraste</strong> evidente con el mundo: ¡Ay del mundo cuando se considera autosuficiente! ¡Ay de nosotros cuando, guiados por el mundo, nos consideramos capaces de hacer bien por nuestras fuerzas! ¡Ay si pensamos que con mi poder, con mis recursos, con mis influencias, con mi salud, con mi familia, ya soy fuerte!</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Somos malditos cuando decidimos <strong>prescindir</strong> voluntariamente de Dios: el mundo se encamina a la extinción cuando elige <strong>contra</strong> Dios, cuando no sigue sus caminos, cuando opta por mirarse a sí mismo, y se pierde de forma lenta, dolorosa, en la incoherencia. A Dios no se le puede dejar para cuando no hay otra cosa: somos bienaventurados cuando Dios <strong>ilumina</strong> mi día, marca mis decisiones, influye en mis preferencias y cada vez que dobla mi voluntad por la suya, menos cómoda, más exigente, pero más constructiva. En esa aparente <strong>pobreza</strong> y llanto hay bendición. La auténtica <strong>frustración</strong> no es no poder hacer lo que queramos, es no hacer lo que Dios quiere, es no elegir bendición sino maldición. ¿Qué me <strong>molesta</strong> más, no hacer lo que yo quiero o lo que Dios quiere? ¿Cómo me sienta que alguien, o que la vida misma, diga que “no” a lo que yo deseo?</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Dice Dostoievski que “el diablo lucha contra Dios, y el campo de batalla es el corazón del hombre”. Es en nuestro <strong>corazón</strong>, sede de nuestros pensamientos y deseos, donde la pobreza de Cristo lucha contra nuestra <strong>codicia</strong>. Codicia de lo que sea, de serenidad, de salud, de cosas, de planes, de aplausos&#8230; frente a la pobreza de que nuestra felicidad sea Dios, que “sólo Dios basta”. El corazón del hombre ha sido creado para <strong>dialogar</strong> con Dios, para dialogar sobre nosotros y sobre el mundo. Si en el corazón buscamos <strong>saciarnos</strong> ahora, ¡ay! ya no nos importa el cielo. ¿Podemos ser ahora felices eligiendo la pobreza, el llanto, el fracaso, la persecución, la burla? Ese diálogo en el corazón nos tiene que conducir a <strong>creer</strong> en Dios, incluso ante los poderes vanos y aparentes del mundo.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">La <strong>fe</strong> nos permite reconocer la presencia de lo santo en la vida cotidiana y, lejos de arrinconarla, ser <strong>dóciles</strong> a su acción: ¿considero una bendición sufrir por Cristo o prefiero no sufrir de ninguna manera? Que esta semana sólo <strong>deseemos</strong> la bendición de Cristo, no la de los hombres, y que frente a la ambición del mundo sólo deseemos una fe firme.</span></p>
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		<title>Domingo V Tiempo Ordinario</title>
		<link>https://parroquiaelplantio.archimadrid.es/sermon/domingo-v-tiempo-ordinario/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[belen]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 09 Feb 2025 17:20:03 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Si hay una frase que impacta en nosotros al escuchar este evangelio es claramente el reconocimiento de Pedro a Jesús: “Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador”. Escribía...]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><span style="color: #000000;">Si hay una frase que impacta en nosotros al escuchar este evangelio es claramente el reconocimiento de <strong>Pedro</strong> a Jesús: <em>“Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador”</em>. Escribía <strong>Chesterton</strong>: “Cuando la gente me pregunta: ¿por qué ha ingresado usted en la Iglesia de Roma? La primera respuesta es: Para desembarazarme de mis pecados. Pues no existe ningún otro sistema religioso que haga, realmente, desaparecer los pecados de las personas”. La Iglesia es una estructura religiosa que <strong>comunica</strong> ciertamente la <strong>santidad</strong> de Dios. <em>“No temas, desde ahora serás pescador de hombres”</em>.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Uno de los argumentos recurrentes con los que la religión es criticada en el mundo moderno y librepensador de hoy, es que esta busca crear en las personas sentimientos de <strong>culpabilidad</strong> para tenerlas enganchadas, para necesitar de un Dios que les perdone y libere. Según esta forma de pensar, si no hay religión, no hay <strong>miedo</strong>, y el hombre sería verdaderamente libre.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">La imagen de Pedro, estremecido, revuelto ante Jesús, <strong>arrodillado</strong> ante el Santo de Dios, se entiende con este <em>“No temas, desde ahora serás pescador de hombres”</em>. ¿Ha sido una charla de Jesús sobre el pecado, una dura acusación, una grave amenaza, lo que ha motivado ese gesto? ¿Jesús se ha dedicado a <strong>machacar</strong> a Pedro sobre lo pecador que es hasta que el pobre no ha podido más y se ha rendido ante el Señor?</span></p>
<p><span style="color: #000000;">No, no es esto lo que ocurre en el evangelio. Jesús ha mostrado ante todos quién tiene el poder sobre la <strong>creación</strong>: no el que sabe mucho sobre ella, sino el que la ha creado. Lo que hace Jesús con la pesca milagrosa es poner a los pescadores ante la experiencia de la santidad y del poder de Dios. Y su corazón da un vuelco: ellos saben que aquello no está a su <strong>alcance</strong>, que no pueden hacer algo ni parecido. Su conocimiento de la pesca les ayuda a ver que lo que ha <strong>sucedido</strong> no lo puede hacer un hombre: Tú eres Dios, yo soy un pecador.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Jesús no ha intentado lucirse ni crecer en autoestima. Ha mostrado su <strong>poder</strong> sobre lo creado para que el hombre crea en Él. De esta forma, podemos ver que es el poder de Dios el que <strong>ilumina</strong> la pequeñez del hombre y le hace verse como es, un <strong>pecador</strong>. Cristo no humilla a Pedro, no lo lleva mar adentro para hacerle pasar miedo y que se acoja a Él, sino que le muestra una grandeza y un amor que de grandes que son merecen confianza.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Es esa <strong>confianza</strong> la que lleva al hombre a querer abrir su corazón a Dios y mostrarle lo que lleva, reconocer su debilidad. Solamente así se puede <strong>seguir</strong> a Cristo. Solamente el que se confiesa primero como pecador, puede vivir confiando en Dios. No pasa nada malo por <strong>reconocer</strong> que somos pecadores, queremos aprender a dejar de serlo porque Dios nos llama a ello.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Lo hemos visto también en la lectura de <strong>Isaías</strong>: sólo cuando el profeta acepta que está ante la grandeza de Dios y reconoce su ser pecador, sus labios impuros, está preparado para ser <strong>llamado</strong> por Dios: <em>“Aquí estoy, mándame”</em>. Así, ¿cuándo nos ha ganado Dios en nuestro terreno? ¿Cuál ha sido nuestra reacción? El encuentro con la santidad de Dios conlleva una <strong>certeza</strong>: creo, quiero, pero no puedo. Veo esa belleza, “siempre antigua y siempre nueva”, pero no llego, por mí no llego.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">En nuestra vida, Cristo <strong>sale</strong> a nuestro encuentro y nos llama a la Iglesia para <strong>crecer</strong> en santidad. Somos llamados a venir a misa, a rezar, a perdonar, a ser justos, a ayudar, etc, para, siendo pecadores, hacer cosas santas, porque también somos santos.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">La Iglesia no busca <strong>esclavizar</strong> ni meter miedo, pero sí poner en verdad, decir lo que es y lo que hay, ayudar al hombre a descubrir lo grande que es Dios, y que ante su santidad, creamos. ¿Yo reconozco mi <strong>debilidad</strong>? ¿Veo en la debilidad de los otros un lugar donde Dios puede manifestar su poder o veo un lugar para atacar, para dominar?</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Contemplar el poder de Dios, esa experiencia es una llamada <strong>personal</strong>. Me sucede a mí, y sé que es para mí. Pedro y los apóstoles, que sólo van a prestar su barca a Jesús para que predique a la gente, son llamados no sólo a cosas terrenas, sino eternas. Es absurdo para los que venimos aquí, ante Dios, pensar que Él está mirando a <strong>otros</strong>, que no se dirige a mí, que yo soy aquí un mero accidente cumpliendo un rito cultural… Cristo sabe lo que busca, sabe a lo que viene.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Por eso, su llamada es el <strong>fundamento</strong> de nuestra fe. Nuestra fe no depende de nuestra edad, ni de nuestras fuerzas, ni de nuestro momento vital, o nuestros éxitos, o el tamaño de nuestro despacho. Es <strong>permanente</strong>, porque así es la confianza y el amor de Dios. Los discípulos se dan cuenta en el evangelio de hoy de que si creen, se <strong>implican</strong>, que no pueden aceptar que Jesús es Señor y permanecer al margen: ¿Cuál es mi implicación en la vida de fe? Como Pedro ¿me reconozco pecador? y como Chesterton ¿me desembarazo de mis pecados? ¿Cómo de cerca o de lejos me queda ese <em>“Aquí estoy, envíame”</em> de Isaías?</span></p>
<p><span style="color: #000000;">¿Vivo mi vida como una <strong>llamada</strong> de Dios? La religión no son costumbres y posesiones, es la <strong>santidad</strong> de Dios a la que se nos llama cada día en la Iglesia: <em>“No temas; desde ahora serás pescador de hombres”</em>.</span></p>
]]></content:encoded>
					
		
		
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		<title>Solemnidad de Cristo Rey del Universo</title>
		<link>https://parroquiaelplantio.archimadrid.es/sermon/solemnidad-de-cristo-rey-del-universo/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[belen]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 24 Nov 2024 13:16:23 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[En el año 1925, después de la primera Gran Guerra, de la revolución rusa, de millones de muertos por todo el mundo, de años de fuerte laicismo y oscuridad, el...]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><span style="color: #000000;">En el año 1925, después de la primera Gran Guerra, de la revolución rusa, de millones de muertos por todo el mundo, de años de fuerte laicismo y oscuridad, el Papa Pío XI crea esta fiesta que hoy celebramos. Antes, que Cristo es Rey se celebraba el Domingo de <strong>Ramos</strong>. Ahora, el último domingo del año litúrgico la Iglesia festeja a Cristo como el Rey que lo <strong>reunirá</strong> todo al final de la historia, para que se haga definitivamente su voluntad.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Decía Pío XI que Cristo es el Rey de todo lo que existe: naciones, sociedades y personas. Y que con su <strong>cercanía</strong> refleja su dominio sobre el mundo, porque el hombre se comportaba como Pilato en el evangelio de hoy: <strong>desconfiando</strong> de Dios, de la verdad, de sí mismo.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Un siglo después, el mundo sigue pendiente de <strong>guerras</strong>, de amenazas entre naciones, de ataques, injusticias y de violencia que hunde al hombre y apaga a generaciones enteras: ¿Cómo <strong>creer</strong> que Cristo es rey de verdad? El papa <strong>Francisco</strong> decía en su última encíclica, <em>Dilexit nos</em>: “Nuestras comunidades sólo desde el corazón lograrán unir sus inteligencias y voluntades diversas y pacificarlas para que el Espíritu nos guíe como red de hermanos, ya que pacificar también es tarea del corazón. El Corazón de Cristo es éxtasis, es salida, es donación, es encuentro. En él nos volvemos capaces de relacionarnos de un modo sano y feliz, y de construir en este mundo el Reino de amor y de justicia”.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">La felicidad, la <strong>construcción</strong> del Reino de Dios, es una cuestión de <strong>competencias</strong>. Si nuestro corazón, herido por tantos daños, no se une al de Cristo, no le da las competencias que son suyas, sino que nos consideramos independientes, nos hacemos mal, pero si se da un <strong>encuentro</strong>, una salida de uno mismo, una confianza, la cosa cambia.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Dice el Papa: “Tengamos cuidado: advirtamos que nuestro corazón no es autosuficiente; es frágil y está herido. Tiene una dignidad ontológica, pero al mismo tiempo debe buscar una vida más digna”. ¿Qué competencias tiene en mi vida un tipo que dice, preso y <strong>débil</strong>, que es el Rey del universo?</span></p>
<p><span style="color: #000000;">En realidad, Jesús es Rey porque su <strong>corazón</strong>, lejos de venirse arriba, de hacerse <strong>soberbio</strong> y convencido de su poder, es el lugar del encuentro de Dios y el hombre, es una búsqueda de la <strong>renuncia</strong> de uno mismo por el otro. El mayor ejercicio de <strong>libertad</strong> consiste en eso: Jesús es Rey porque no elige el camino de la fuerza sino el de la obediencia, o mejor, se hace fuerte siendo obediente, en una obediencia que no facilita las cosas, pero que las <strong>pacifica</strong>.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Ante Pilato, Jesús es el Rey pacífico: <em>“Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra… Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados los hijos de Dios”</em>. Jesús es un tipo <strong>competente</strong>, porque nos predispone para la gracia, porque ejerce su libertad <strong>abriendo</strong> su corazón a la gracia de Dios, no cerrándolo para que Dios no obre a su Providencia.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Así, la violencia y el mal del mundo desde fuera y macroscópicamente hablando, comienza a vencerse desde el <strong>encuentro</strong> en el corazón del hombre en lo oculto, donde Jesús comienza a reinar. El Reino de Dios no se impone desde <strong>fuera</strong>, es una acción de la gracia de Dios desde dentro, desde su acción en nosotros. Y desde ahí, Dios ofrece lo mejor a la libertad de cada uno.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Por eso, Cristo necesita que le <strong>ampliemos</strong> hoy sus competencias, no que se las limitemos. Jesucristo es <strong>proactivo</strong>, no espera que le pidamos para ofrecernos, porque le compete nuestra felicidad, se ha <strong>entregado</strong> a sí mismo por ella, y no solamente ha recibido el bien, también ha querido acoger el mal que le venía de nosotros. ¿Empleo mi <strong>libertad</strong> para dejar espacio a Dios en mi vida, o la utilizo como excusa para no darle competencias? ¿Pido la gracia de Dios ante las <strong>injusticias</strong> que cometo o recibo, o me excuso para hacer lo que quiero? ¿Quién reina, en esos casos?</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Nosotros no sólo vivimos una relación con Dios en el interior, sino que se manifiesta en la <strong>sociedad</strong>, pero es desde nosotros desde donde Dios, en clara cooperación, ejerce su reinado, su poder. El profeta <strong>Daniel</strong> advertía de la paradoja: el que parece atado, incapacitado, dominado por nuestro pecado y capricho, <em>“tiene un poder eterno, su reino no acabará”</em>. El poder dura si es fruto de esa <strong>humildad</strong>, si no, acaba siendo violento y tiránico.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Nosotros hemos sido <strong>vestidos</strong> de esa forma de Dios de ejercer el poder, por eso se nos ve a la legua, aunque intentemos disimular, cuando hacemos las cosas a nuestra manera y cuando las hacemos según Dios. A la legua, por mucha racionalidad y equilibrio que intentemos mostrar. Se nos nota cuando queremos lo <strong>nuestro</strong>, sin más, como sea.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Durante siglos, la Iglesia española comenzaba la misa cantando el <strong>salmo</strong> que hemos cantado hoy: <em>“el Señor se viste y se ciñe de poder”</em>. ¿De qué tipo de <strong>poder</strong> nos revestimos nosotros? ¿Cómo esperamos que venga el reino de Dios, que se haga presente, si no es <strong>negando</strong> el nuestro? ¿Queremos, entonces, de verdad, que venga el reino de Dios?</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Hay una sabiduría y una fuerza en el poder de Cristo Rey que tenemos que <strong>descubrir</strong>, para no instrumentalizar el reino de Dios. Que el Señor nos conceda su amor y su humildad, verdadera <strong>belleza</strong> de un mundo a menudo tan feo.</span></p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Domingo XXXIII Tiempo Ordinario</title>
		<link>https://parroquiaelplantio.archimadrid.es/sermon/domingo-xxxiii-tiempo-ordinario/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[belen]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 24 Nov 2024 13:14:15 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Los antiguos cristianos representaban en la pared del fondo de los templos, sobre la puerta de entrada, el juicio final. Así, cuando después de haber estado rezando o de haber...]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><span style="color: #000000;">Los antiguos cristianos representaban en la pared del fondo de los templos, sobre la puerta de entrada, el <strong>juicio</strong> final. Así, cuando después de haber estado rezando o de haber celebrado la misa, salían a la calle, recordaban que lo que <strong>hicieran</strong> a partir de ahí sería, al final de todo, sometido a juicio, que lo último de este mundo antes de la llegada del nuevo sería puesto ante Dios para ser <strong>valorado</strong> como bueno o malo, y el juicio favorable o desfavorable.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Y es que los cristianos <strong>confesamos</strong> que el Señor <em>“ha de venir para juzgar a vivos y muertos”</em>, así decimos en el Credo. Esto no va a durar eternamente, nuestra vida no está sometida al eterno afán de cada día, está llamada a algo mucho más feliz. Nuestra <strong>esperanza</strong> es ese juicio, que llegará para que todo esto, bien o mal vivido, pase, se acabe.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Porque eso nos dicen las <strong>lecturas</strong> de hoy: la vida pasa, las personas, las cosas pasan. Todo fluye, decía el filósofo Heráclito. Él no sabía, en cambio, que sólo lo que permanece <strong>unido</strong> a Cristo no pasa nunca. Dice el Concilio Vaticano II: <em>“Afirma la Iglesia que bajo la superficie de lo cambiante hay muchas cosas permanentes, que tienen su último fundamento en Cristo, quien existe ayer, hoy y para siempre”</em>.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">El profeta <strong>Daniel</strong> nos advertía en la primera lectura de las cosas que no pasan, cuyo <strong>brillo</strong> no se pierde. Hasta la luz de las estrellas se apaga. A partir de medianoche, es fácil distinguir una estrella blanca, tan brillante, aparecer por el sureste, en la constelación del Can mayor: es Sirio. Nos dice hoy el libro de Daniel que, cuando el Señor venga, los <strong>sabios</strong> brillarán tanto que Sirio parecerá una linternita.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">¿A qué sabios se refiere el profeta? Los sabios son aquellos que no han <strong>preferido</strong> el cielo y la tierra, que pasarán, sino obedecer las palabras del Señor, que no pasarán. Los sabios son aquellos que, de otras cosas sabrán mucho o poco, pero acerca de lo <strong>esencial</strong>, saben qué tienen que preferir en la vida. Lo que pasará, es decir, lo que no permanecerá, lo que se irá como vino, eso no tiene importancia, y por lo tanto no se <strong>prefiere</strong>, a lo que no pasará, lo que estará siempre ahí.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Por eso, hoy las lecturas nos advierten sobre aquello en lo que, sabiamente, hayamos <strong>buscado</strong> la luz de Dios, y sobre aquello que nos hayamos empeñado nosotros en hacer brillar en vano.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Las advertencias de Jesús en el evangelio de hoy no son una clase de astrofísica: lo son de <strong>teología</strong>. ¿Qué fue lo primero creado? El sol, la luna, las estrellas… por ahí empieza el Génesis, el principio… pues cuando todo llegue a su fin, hasta lo primero, que parece lo más duradero y estable, lo que parece llevar más tiempo, desaparecerá. ¿Qué me <strong>parece</strong> a mí que es lo más duradero? ¿Lo estable para mí son mis amigos, mi cuenta en el banco, mis biorritmos? ¿De verdad que la estabilidad a mi vida se la da que las cosas salgan como yo considero que deben salir?</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Esto no es nada teórico, es muy <strong>práctico</strong>: yo quiero saber qué cosas de mi vida son duraderas, cuáles merecen la pena, por cuales me tengo que esforzar y por cuales no… Es la luz de Cristo la que me dice qué brillo real tienen las cosas, lejos de las <strong>apariencias</strong>.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Escuchamos este evangelio al final del <strong>año</strong> litúrgico, y es una gran <strong>catequesis</strong> así: cuando todo se acabe, cuando todo pase, algo no pasará: la luz de Cristo. Ojalá rezáramos cada noche con este salmo 15, <em>“tengo siempre presente al Señor”</em>, siempre, con firmeza, como lo duradero. Porque el verdadero peligro no es lo que se va de <strong>súbito</strong> de nuestra vida, un familiar que hemos perdido inesperadamente, una decepción que nos remueve por dentro, un objetivo no conseguido… lo que es verdaderamente peligroso es, en palabras del poeta, “cómo se viene la muerte, tan callando”, cuando nuestra conciencia se <strong>acomoda</strong> y gasta todos sus esfuerzos en justificar que lo que yo hago está bien, que los otros hacen mal.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">En estos días hemos visto <strong>caer</strong> edificios, desaparecer calles, arrastradas por la violencia del caos de forma inaudita: los edificios pasarán, pero también lo harán el caos, el engaño y el mal. El mal y el caos pasarán, el que hacen otros, pero también el que haya en nosotros, llamados al amor.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">El Dios que nos ha <strong>amado</strong> hasta el extremo de amar, nos amará también hasta el extremo del tiempo, por eso el juicio va sobre lo que hemos amado bien y lo que no, lo hemos escuchado estos domingos atrás: <em>“Amarás al Señor, tu Dios, sobre todas las cosas”</em>. Un juicio en el que el amor de Dios prevalezca sobre todo es nuestra mayor esperanza, que el mundo no ama, y menos a Dios. El mundo quiere <strong>alargar</strong> esto indefinidamente, el cristiano quiere que venga el Señor con su luz. El <strong>contraste</strong> ha de ser claro desde nuestro pensamiento: el mundo busca estirar este chicle a nuestro gusto, cargando más y más injusticias, nosotros deseamos que el Señor vuelva y ponga fin a esto por una felicidad plena. Decían los primeros cristianos: <em>“¡Que venga la gracia y pase este mundo!”</em></span></p>
<p><span style="color: #000000;">¿Vigilamos o nos dejamos llevar? ¿en qué veníamos pensando hoy cuando veníamos a misa? ¿algo duradero o algo vano? ¿qué nos vamos a ir pensando hoy cuando nos marchemos? Pidamos al Señor que, en medio de un mundo que gusta de lo fugaz, nosotros seamos <strong>sabios</strong> eligiendo a Cristo.</span></p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Domingo XXXII Tiempo Ordinario</title>
		<link>https://parroquiaelplantio.archimadrid.es/sermon/domingo-xxxii-tiempo-ordinario/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[belen]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 10 Nov 2024 18:10:15 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Entre una viuda de hoy y una viuda del evangelio hay una diferencia enorme. Una viuda hoy puede ser dueña de una colección de cuadros de nivel mundial, una exitosa...]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><span style="color: #000000;">Entre una viuda de hoy y una viuda del evangelio hay una <strong>diferencia</strong> enorme. Una viuda <strong>hoy</strong> puede ser dueña de una colección de cuadros de nivel mundial, una exitosa banquera, una madre de familia que cuida esforzadamente de sus hijos, o puede ser lo que quiera sin ningún problema. En los tiempos de Jesús, una viuda sólo podía ser lo que decía san Marcos: pobre.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Las viudas eran uno de los colectivos sociales más <strong>desfavorecidos</strong>, pues las viudas no tenían ingresos, ni derechos, ni posibilidad de prosperar. Todo lo que tenían les venía por el <strong>marido</strong>, y al no haber marido, no había nada que hacer, eran muertas en vida. Tanto la viuda de Sarepta, en la primera lectura, como la viuda pobre del evangelio, se <strong>encaminaban</strong>, en su indigencia, hacia el fin.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Por eso, desde el Antiguo Testamento, atenderlas era una <strong>obligación</strong> social y teológica del pueblo de Israel, para recordarles así que Dios no las <strong>olvidaba</strong>, que, como decía el salmo, <em>“sustenta al huérfano y a la viuda”</em>, y está atento a todas nuestras necesidades.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Por eso, lo que Elías pide a la viuda de Sarepta, o lo que la viuda del evangelio muestra con su ofrenda, es la <strong>fe</strong>: ¿Crees que Dios cuida de ti? ¿Tú crees de verdad que Dios está pendiente de ti, que te quiere, que está atento a ti, a pesar de tu pobreza, a pesar de tu debilidad, de tu vacío?</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Sarepta era un territorio <strong>pagano</strong>, en Fenicia, hoy El Líbano. Que Elías fuera a hacer milagros a territorio pagano es como decirnos: lo que el hombre <strong>provee</strong> por sí mismo es pagano, está destinado a la muerte. Pero lo que Dios nos trae nos da vida; como la orza de harina, no se vacía. Dios puede <strong>mejorar</strong> lo que tenemos. A veces, pensamos que nuestras vidas están <strong>incompletas</strong>. Que avanzan sin todo lo necesario, que nos faltan datos, cosas, personas… ¿Dónde encontrar la respuesta de Dios, su providencia?</span></p>
<p><span style="color: #000000;">En que nosotros, en esos casos, intentamos <strong>llenar</strong>, mientras que Dios lo que necesita es que vaciemos. Nuestra tentación es pensar: no tengo suficiente, necesito <strong>más</strong>, más ocupaciones, otra afición, más amigos, más novios, más salud, más días de vacaciones, viajes, más seguidores y más horas de dormir… Llenar.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Pero las viudas del evangelio de hoy nos dicen: el truco es <strong>vaciar</strong>. <em>“Primero haz un panecillo para mí”</em>, <em>“ha echado todo lo que tenía para vivir”</em>. Mientras que las únicas respuestas que puede ofrecernos un mundo pagano, el mundo en el que vivimos, son sumar, acumular, llenar y llenar, supuestas <strong>seguridades</strong>, la Palabra de Dios hoy nos dice: no, vacía. En determinadas circunstancias, lo <strong>sabio</strong> no es tenerlo todo, no es guardar siempre un “por si acaso”, un as en la manga, es <strong>confiar</strong> en el poder de Dios. Hay momentos que nos reclaman la sabiduría de estas mujeres, vaciarnos de nosotros mismos y de nuestras seguridades.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Sobre todo, cuando estas no nos van a dejar <strong>descubrir</strong> a Dios. Porque no todo en la vida se gestiona desde una lógica <strong>matemática</strong>, la vida se gestiona desde la lógica de la fe. Pensamos que Dios siempre está en nuestra <strong>abundancia</strong>, en nuestra facilidad, en nuestro tener… pero, a menudo, lo que necesitamos para descubrir la acción de Dios es no tener, no guardar, no llenar. Dar <strong>prioridad</strong> a lo que Dios quiere, a lo que Dios manda, a lo que Dios enseña, y entonces <em>“la alcuza de aceite no se agotará”</em>. ¿Tengo la <strong>fe</strong> suficiente para hacer lo contrario a lo que hace el mundo? ¿Pongo primero la <strong>opción</strong> del Señor? Si nosotros los cristianos no somos capaces de ofrecer al mundo una forma diferente de mirar la vida, ¿qué le vamos a ofrecer?</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Ante una organización del tiempo, ante un don material a compartir, ante una necesidad de otros, ante una moda o un mal hábito, no siempre puedo mirar primero para lo <strong>mío</strong>, a menudo toca obrar por Dios en lo escondido, y esto es muy difícil. Eso es vaciarse realmente.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Pero, además, estas viudas son un signo de <strong>esperanza</strong>: ¡Quien tiene poco puede dar mucho! Si ellas se hubieran aferrado a lo que tenían, habrían muerto de hambre. Pero al fiarse, se han convertido en fecundas. Ciertamente, siempre podemos justificar hacer acopio de lo <strong>necesario</strong>, pero el evangelio nos enseña que el que da, ve lo suyo multiplicado.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Esta es la sorpresa del evangelio. Quien prueba a poner <strong>primero</strong> al Señor, recibe un bien mayor que el que ofrecía. Lo hemos visto estos días en la <strong>generosidad</strong> de los españoles con la tragedia de las inundaciones, el sacrificio de lo dado y de cada esfuerzo, pero también lo podemos poner en práctica de forma <strong>cotidiana</strong>: quien comparte lo que tiene, se vacía de sus cosas, pero se llena de alegría; quien visita a un enfermo, se vacía de tiempo libre, pero se llena de amor de Dios; quien colabora en la Iglesia, se vacía de horas de otras cosas, pero se llena de seguridad en su fe; quien viene el domingo a misa, se vacía de una hora de estudio o de televisión, pero se llena de la gracia de Cristo.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Todo lo que se da es un <strong>sacrificio</strong>, hace sagrada nuestra vida y la del que se beneficia de ella. Quiere el Señor llenarnos, pero sabemos bien la belleza humilde de lo que, por <strong>fe</strong>, nos toca hacer primero: vaciar de lo nuestro, seguros de su amor generoso.</span></p>
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		<title>Domingo XXXI Tiempo Ordinario</title>
		<link>https://parroquiaelplantio.archimadrid.es/sermon/domingo-xxxi-tiempo-ordinario/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[belen]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 03 Nov 2024 17:29:40 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[¿Saben que son las filacterias? Las filacterias son unas cajitas, hechas con cuerdas de cuero, normalmente, dentro de las cuales hay un pergamino envuelto que dice que el primer mandamiento...]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><span style="color: #000000;">¿Saben que son las <strong>filacterias</strong>? Las filacterias son unas cajitas, hechas con cuerdas de cuero, normalmente, dentro de las cuales hay un pergamino envuelto que dice que el primer mandamiento es <em>“Amarás a Dios sobre todas las cosas”</em>. Los judíos, cuando Dios les da ese mandato que hemos escuchado en la lectura y les dice que lo han de guardar <em>“en la memoria”</em> para no <strong>olvidarlo</strong>, meten el mandamiento en unas cajas, las filacterias, y las <strong>cuelgan</strong> en su frente y en sus muñecas, para que ni en su mente ni en sus acciones se olviden de que el Señor es el único Señor.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">El pueblo de Israel ha encontrado una solución práctica para resolver ese mandato de “no olvidar”. ¿Es eficaz? ¿Tendría utilidad para nosotros en el corazón? Como no hay nada nuevo bajo el sol, hoy está de moda entre los jóvenes y no tan jóvenes llevar también pulseritas de colores con las oraciones cristianas, pero ¿qué tenemos nosotros los <strong>cristianos</strong> para no olvidar que el Señor es el único Señor?</span></p>
<p><span style="color: #000000;">A nosotros, para no olvidar que el Señor es el único Señor, se nos ha dado el <strong>domingo</strong>. El domingo nos recuerda que la victoria del resucitado manifiesta que Él es el Señor: al <strong>celebrar</strong> la misa y todo el domingo, el cristiano recuerda que lo primero en su vida es amar a Dios.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Decía Juan Pablo II: <em>“la Iglesia no ha cesado de afirmar esta obligación de conciencia, basada en una exigencia interior que los cristianos de los primeros siglos sentían con tanta fuerza, que al principio no se consideró necesario prescribirla. Sólo más tarde, ante la tibieza o negligencia de algunos, ha debido explicitar el deber de participar en la Misa dominical”</em>. La <strong>tibieza</strong> o negligencia son una forma de expresar la <strong>falta</strong> de amor. La tibieza es falta de amor; donde hay amor, no hay tibieza, hay implicación: pensemos en cualquier relación, amigos, esposos…</span></p>
<p><span style="color: #000000;">El amor a Dios <strong>rige</strong> y ordena todos los demás amores. Para amar a mi marido, a mi madre, mi trabajo, mi televisión o el dinero, aprendiendo a amar a Dios empiezo a ordenar esos amores. Sin el amor a Dios, el peligro de que los demás amores se <strong>desordenen</strong> es muy, muy grande.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">En estos tiempos en los que nuestra <strong>sociedad</strong> no ha considerado necesario amar a Dios, sino más bien olvidarlo, su solución ha sido recurrir a <strong>crear</strong> formas de amor, sucedáneos, pues el hombre no puede vivir sin amor. Y ha considerado “amor” cualquier cosa, acentuando la aparición de la <strong>soledad</strong> y de las exigencias tóxicas en las relaciones, cuando en realidad el amor es un <strong>éxodo</strong>, una peregrinación; Israel tiene que conocer en su <strong>camino</strong> el amor que recibe de Dios, que le es dado, no es merecido. Nuestra vida es un éxodo desde nosotros, hacia poner a Dios lo <strong>primero</strong>.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Y esto es importante: el <strong>mandato</strong> no es amar a Dios, sino amarlo <em>“sobre todas las cosas”</em>, lo primero. El amor a Dios no consiste en que sea uno en mi vida, sino en que sea el primero. No en que quiera darle <strong>algo</strong>, o mucho, sino en que es el primero. El <strong>primer</strong> criterio para tomar decisiones es <em>“amar a Dios sobre todas las cosas”.</em></span></p>
<p><span style="color: #000000;">Por eso, el <strong>domingo</strong> se nos da a los cristianos para recordar que el primero en nuestra vida es Dios. El primer día de la semana, el que comienza la creación en el Génesis y el que resucita el Señor en el evangelio, es el domingo. El que da a los discípulos el Espíritu en Pentecostés es un domingo. El que los primeros discípulos se reúnen a celebrar al Señor, es un domingo.</span></p>
<p><span style="color: #000000;"><strong>Centrar</strong> el domingo en el Señor, y la semana desde el domingo, lo ordena casi todo. ¿A qué cosas doy más <strong>importancia</strong> que a la misa el domingo? ¿Qué cosas son prioritarias? ¿A qué dedico el día? ¿Dónde pongo el <strong>corazón</strong> el domingo, qué fijo lo primero? El domingo cristiano no es un día “para no hacer <strong>nada</strong>”, como era el <em>Sabbat</em> judío, no es como un <strong>sábado,</strong> pero con misa, es el Día del Señor. Es un día para que, lo que haga, mire a Dios. En los sacramentos, en los necesitados, en los que están solos, en la Iglesia…</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Así se obtienen dos <strong>beneficios</strong>: se fortalece la memoria, y se aprende a amar. Ambos se resumen en el <strong>salmo</strong> de hoy: <em>“Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza”</em>. Y todo, a partir del domingo, y de la misa del domingo: ¿Es realmente esto donde pongo lo <strong>mejor</strong> para la semana? ¿Doy aquí lo mejor? ¿Mi mejor tiempo, mi mejor actitud, mis capacidades… para crecer en el amor de Dios? ¿Llego pronto? ¿Me implico? ¿Preparo mi caridad o improviso lo que voy a dar? ¿Visto de domingo?</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Ya podemos tener cuidado ahora que se empieza a hablar de la semana de <strong>cuatro</strong> días de trabajo, para que el domingo y la misa no vayan a quedar aún más perdidos y <strong>difuminados</strong> entre el ocio si eso saliera adelante: porque el primer criterio es el amor a Dios y al prójimo, no dónde vamos a ir cada cuatro días.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Los cristianos necesitamos <strong>recuperar</strong> el primer mandamiento: no tenemos filacterias, pero tenemos el <strong>domingo</strong>, que afecta al primer mandamiento y al tercero. Vamos a aprender a vivirlo.</span></p>
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		<title>Domingo XXX Tiempo Ordinario</title>
		<link>https://parroquiaelplantio.archimadrid.es/sermon/domingo-xxx-tiempo-ordinario/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[belen]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 27 Oct 2024 16:48:09 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Podríamos pensar que en la historia de Bartimeo hay, sin más, uno de los muchos milagros de Jesús, pero la primera lectura que hemos escuchado nos pone sobre la pista...]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><span style="color: #000000;">Podríamos pensar que en la historia de Bartimeo hay, sin más, uno de los muchos <strong>milagros</strong> de Jesús, pero la primera lectura que hemos escuchado nos pone sobre la pista de una enseñanza más universal, algo que no se queda entre Jesús y un ciego, sino que nos alcanza a todos.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">El evangelio que acabamos de escuchar se entiende bien si <strong>retrocedemos</strong> casi seis siglos y recordamos uno de los más tristes acontecimientos de la historia del pueblo de Israel. En el año 587 aC, los ejércitos babilonios de Nabucodonosor destruyen la ciudad de Jerusalén, la ciudad de Dios, destruyen el Templo de Jerusalén, el lugar donde Dios habitaba, y el rey Sedecías junto con miles de judíos, son deportados a Babilonia, al exilio en una tierra <strong>pagana</strong>, que no reconocía al Dios de Israel.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Sin tierra, sin templo, sin sacerdocio, el pueblo de Israel estaba convencido de que había <strong>perdido</strong> todo contacto con su Dios, su Dios se habría quedado en el cielo, o se habría quedado en las ruinas del Templo santo, pero no estaba con ellos, desde ahora vivirán en la noche.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Cuando a aquel pueblo le iba bien, se sentía <strong>seguro</strong> con Dios; aquella desgracia lo sume en la <strong>oscuridad</strong>, en el desánimo. ¿Puede Dios olvidarse de su pueblo? ¿Acaso quiere Dios que estemos tristes, que nos vaya mal? Y <strong>Jeremías</strong> les dice: no, para nada, Dios va con nosotros, nos ha acompañado a esta tierra pagana, va con nosotros incluso cuando no somos santos ni estamos en lugar santo.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Y en el <strong>exilio</strong> les dice lo que hemos escuchado en la primera lectura: <em>“¡El Señor ha salvado a su pueblo, ha salvado al resto de Israel!”. Los traeré del país del norte, los reuniré de los confines de la tierra. Entre ellos habrá ciegos y cojos”</em>. Cuando no había luz, Jeremías anuncia una luz, que no es: Dios te da lo que quieras. Es que Dios pasa a tu lado. Camina <strong>contigo</strong>.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">La luz es que los que iban llorando al destierro, que decía el salmo, <strong>vuelven</strong> cantando. En el año 539, Ciro el persa vence a los ejércitos babilonios y devuelve a Israel la <strong>libertad</strong> para que vuelvan a su tierra, a reconstruir, a restaurar todo lo que Dios les dio. Les devuelve la vista.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Todo eso se <strong>cumple</strong> en Bartimeo. Bartimeo había tenido la luz de la vista, pero la había <strong>perdido</strong>. Creía que Dios estaba lejos, que ya no podría volver a ver nunca más. Pero escucha: <em>“Pasa Jesús nazareno”</em>. Y comienza a <strong>gritar</strong>. Quiere volver a la luz. <em>“Señor, que recobre la vista”</em>. San Marcos nos está explicando así, con un milagro, con una curación de Jesús, que Dios no se ha quedado lejos cuando las cosas han ido mal, que no estaba lejos cuando no veíamos, que Dios no se había olvidado de nosotros cuando estábamos en una tierra lejana, en el pecado: Dios se ha hecho uno como nosotros para pasar a nuestro lado y darnos la oportunidad de gritarle: <em>“Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí”</em>.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">De esa forma, el evangelista nos muestra que aquella historia de Israel se hace <strong>cercana</strong>, que si Jesús, el Hijo de David, pasa a nuestro lado, entonces la <strong>seguridad</strong> de nuestra vida no es el éxito, no es ser infalibles ni intocables, la seguridad de nuestra vida es aquel que puede <strong>devolvernos</strong> la vista cuando no vemos, que nos acompaña cuando todo ha ido mal y estamos a oscuras. Él está en la Iglesia.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Así, a Jesús hay que gritarle, porque siempre pasa: hay que pedirle <strong>recuperar</strong> la visión de Dios. Que vuelva a reconocer cerca al que está cerca de nosotros, que veamos. <strong>Gritar</strong> a Jesús es aceptar nuestra <strong>conversión</strong>, de estar ciegos a querer ver. El domingo pasado Jesús preguntaba a Santiago y Juan: <em>“¿Qué puedo hacer por vosotros?” </em>Hoy pregunta igual a Bartimeo. Aquellos, los discípulos más cercanos al maestro, querían éxito, pero este, un pobre pecador, quiere volver a ver.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Jesús ha venido para que <strong>todos</strong> vean y le sigan por el camino. ¿A cuántos conocemos que, en un determinado momento de su vida han <strong>visto</strong> a Jesús, lo han seguido, pero lo han dejado de ver? ¿Cuántos que, por el motivo que sea, viven como desterrados, <strong>lejos</strong> de Dios, que necesitan que les digamos que Dios está a su lado? Porque si <strong>vemos</strong> con nuestros ojos todo lo que tenemos, pero no <strong>percibimos</strong> que pasa el Dios que nos lo da, ni captamos su llamada, entonces estamos realmente ciegos.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">La experiencia de Israel, la de Bartimeo, nos deja la mejor lección: no quiere perder al Señor, y lo <strong>llama</strong>, incluso aun siendo objeto de burlas y críticas por ello. Dios está cerca de nosotros.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Dios pasa a nuestro lado, escuchamos en <strong>misa</strong> una y otra vez: <em>“El Señor esté con vosotros”</em>, y es verdad. Pero aceptar esto es desear <strong>cambiar</strong>, vencer al pecado en nosotros, elegir la luz, la esperanza. Hoy san Marcos nos enseña que no hay mayor <strong>ceguera</strong> que escuchar que el Señor está con nosotros pero no querer verlo, que no hay mayor <strong>discapacidad</strong> que no querer soltar el manto, lo que sea que nos ata a una vida en el suelo, al saber que <em>“el Señor esté con vosotros”</em>.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Que queramos gritar al Señor para seguirlo mejor por el <strong>camino</strong>, como Bartimeo.</span></p>
]]></content:encoded>
					
		
		
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		<title>Domingo XXIX Tiempo Ordinario</title>
		<link>https://parroquiaelplantio.archimadrid.es/sermon/domingo-xxix-tiempo-ordinario/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[belen]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 20 Oct 2024 18:13:35 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Si recuerdan cómo concluía el evangelio del domingo pasado, es fácil comprender la reacción de los discípulos en este. Después del encuentro con el joven rico, Jesús acababa anunciando a...]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><span style="color: #000000;">Si recuerdan cómo concluía el evangelio del domingo pasado, es fácil comprender la reacción de los discípulos en este. Después del encuentro con el joven rico, Jesús acababa anunciando a los suyos que quien lo hubiera dejado todo por Él iba a <strong>recibir</strong> cien veces más. Y entonces los discípulos se vienen <strong>arriba</strong> ante esa promesa y les entra la prisa. Es verdad que Juan y Santiago ya llevan mucho tiempo <strong>siguiendo</strong> al Señor. Viendo milagros, oyendo frases inolvidables y experimentando tantas y tantas cosas difíciles de enumerar. Pero se <strong>cansan</strong>.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">El tiempo, que al principio <strong>volaba</strong> con Jesús, ahora pasa más despacio: ir de un lugar a otro, sin estabilidad, sin muchas explicaciones, con <strong>sacrificios</strong> constantes, una vida austera, muchas promesas aún sin ver cumplidas y encima, anuncios de sufrimiento, persecución y cruz… Jesús, ya nos hemos <strong>cansado</strong>: dinos, al menos, que nos pondrás a tu derecha y a tu izquierda cuando seas rey, para que nos merezca la pena seguir, para que tengamos <strong>ánimos</strong>.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Llega un momento en la vida, a unos les pasa antes, a otros después, en el que seguir al Señor cansa; durante meses, años, décadas, hemos seguido al Señor, a veces incluso sin rechistar, y entonces, nos acercamos a Él para decirle: ¿me das <strong>ya</strong> lo mío? ¿Me vas a favorecer ya? ¿Curas a mi hijo? ¿Me toca ya la lotería? ¿Para cuándo un gobierno que me guste?</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Todos nos <strong>cansamos</strong> alguna vez de seguir a Jesús. A veces por nuestra propia debilidad, a veces por algo que ha salido mal o por una decepción. Y entonces el tiempo empieza a <strong>alargarse</strong> sospechosamente: no veo fruto en cumplir los mandamientos, en rezar, en sacrificarme con quien no me cae bien, o en mi trabajo, no disfruto en las cosas de Dios, y no tengo ganas de implicarme más, me cuesta más ir a misa, ya no me importa llegar tarde… el tiempo se alarga, y nos <strong>volvemos</strong> al Señor: ¿qué hay de lo mío? ¿y ese sitio a tu derecha o a tu izquierda?</span></p>
<p><span style="color: #000000;">En ese momento de <strong>crisis</strong> por el que todos pasamos en la vida, el Señor, lejos de ceder, en un alarde de empatía, dice: <em>“Eso no me corresponde a mí, sino al Padre”</em>, que es como decir: “Todavía no”. Y a cambio aprieta aún más: <em>“¿Sois capaces de beber mi cáliz?”</em> Es decir, los sacrificios de ahora no son nada sin Pascua, nos conducen a un sacrificio aún mayor, donde se bebe el cáliz. Jesús debía <strong>flipar</strong> con los suyos: Él hablando de pasión, de Jerusalén, de morir para justificar a muchos, y los otros pensando en comodidades, en tronos, en lujos.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">No escuchar a Jesús hace que el tiempo, que es relativo, se vaya haciendo más <strong>lento</strong>. O todo encaja como me gusta o me aburro. Miren a Santiago y Juan: nos entran las <strong>prisas</strong>, lo que hay no nos parece para nosotros, y queremos un trono de esos: es decir, no servir, sino ser <strong>servidos</strong>. Seguir a Jesús, creer en Él, consiste en un cambio de mi voluntad por su voluntad, y eso es lento e incómodo.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Juan y Santiago han recibido un lugar siguiendo al Señor, pero han olvidado lo que el Señor les <strong>pedía</strong> a cambio de pensar en ellos mismos. <em>“Mirad, los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen”</em>. Mis discípulos no oprimen a nadie, sirven. <strong>Sirven</strong> a sus padres, a sus hijos, a sus hermanos pequeños y mayores. Sirven a sus compañeros de trabajo, a sus amigos y hasta a sus enemigos. No son tontos, ni simples, son buenos, son generosos, son cristianos. Y la tentación de querer ser servidos es permanente, diaria, nunca se acaba: ¿cómo lucho yo con ella? ¿Capto su ambición poderosa?</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Hoy la Iglesia celebra el <strong>Domund</strong>: Jesús quiere que todos lo conozcan, que todos crean en él. Dice San Juan de Ávila que <em>“el Señor eligió muerte en extrema deshonra porque conocía cuan poderoso tirano es el amor de la honra en el corazón del hombre”</em>. Si vivimos nuestra fe <strong>esperando</strong> honra, facilidades, si nuestra vida es un continuo esperar justicias, si en nuestro día a día no buscamos lo que está buscando el Señor, sino la atención de los demás, que todo sea a nuestro gusto… ya estamos <strong>dejando</strong> el cáliz del Señor. El tiempo se empieza a alargar. Los telediarios y los periódicos están llenos de esa gente.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Pero, de forma contraria, si sabemos que estamos aquí por el Señor, que hemos venido y que creemos por el Señor, porque Él tiene las respuestas de nuestra vida, entonces nuestro tiempo <strong>vuela</strong>. El Domund, los misioneros, nos vienen bien para esta reflexión, pues en ellos vemos un claro <strong>ejemplo</strong> de no reservarse. Es la anti-ambición. Y nos recuerda que así debemos vivir todos, no solamente allí lejos, sobre todo aquí entre comodidades.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">La forma de hacer de los cristianos es <strong>distinta</strong> del mundo: no es para nosotros, no es a nuestro gusto. Es perseverante, y justifica a muchos, ayuda a otros, carga con el débil, perdona al que ofende, anima al desanimado. El mundo nos engaña. Pero llegará nuestro momento, en la <strong>eternidad</strong>. ¿Qué me ayuda a perseverar en la fe? ¿Quién me ayuda? Eso es ahora fundamental: que yo pueda pensar en estos días qué me ayuda a hacer como Jesús quiere, y qué me lleva por donde a todos, por lo vano del mundo.</span></p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Domingo XXVIII Tiempo Ordinario</title>
		<link>https://parroquiaelplantio.archimadrid.es/sermon/domingo-xxviii-tiempo-ordinario/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[belen]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 13 Oct 2024 17:11:29 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Cuenta el primer libro de los Reyes que cuando el rey Salomón subió al trono sucediendo a su padre, viendo Dios la gran empresa que recibía, le ofreció al rey...]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><span style="color: #000000;">Cuenta el primer libro de los Reyes que cuando el rey Salomón subió al trono sucediendo a su padre, viendo Dios la gran empresa que recibía, le ofreció al rey un <strong>deseo</strong> para gobernar mejor. Su petición fue tal que así: <em>“Tu siervo está en medio de tu pueblo, el que tú te elegiste, un pueblo tan numeroso que no se puede contar ni calcular. Concede, pues, a tu siervo, un corazón atento para juzgar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal”</em>.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Salomón le pide a Dios <em>“un corazón atento”</em>, ni más ni menos. Hemos rezado en el salmo responsorial: <em>“enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato”</em>. Corazón y atención, corazón y sensatez, parecen términos <strong>opuestos</strong>. Para la Biblia, el corazón se relaciona, además de con los afectos, con la vida intelectiva y con el inconsciente. El corazón es la sede de la <strong>inteligencia</strong>, no sólo de las emociones. De ahí que un corazón sabio sea un corazón <strong>firme</strong>, no que se deja llevar por cómo se levanta cada día, sino un corazón que opta por la justicia.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">El <strong>joven</strong> del evangelio, después de vivir cerca de Dios y de su Ley, cuando tiene que dar el paso desde una religión “de cosas que se hacen” a lo más <strong>profundo</strong> de uno mismo, dice Marcos que <em>“frunció el ceño y se marchó triste porque era muy rico”</em>. Su sabiduría no le dio para advertir que lo que <strong>perdía</strong> era menos que lo que ganaba, pero su corazón se resintió. A veces el <strong>miedo</strong> por lo que seguro vamos a perder, una mala gestión del cambio, nos impide dar un <strong>paso</strong> adelante y nuestro corazón lo nota.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Así aprendió también san <strong>Ignacio</strong> de Loyola que Dios provoca emociones en el corazón, de manera que con ellas <strong>comunica</strong> cuándo uno ha obrado sensatamente, con justicia, y cuándo no ha vendido lo necesario para crecer en la felicidad. No son <strong>emociones</strong> sin razón, sino llamadas a emplear la inteligencia. Cuando uno se <strong>aferra</strong> a sus riquezas, que no tienen por qué ser dineros en el banco, o sí, pueden ser poder, influencia sobre otros, reputación o diversión, puro placer o emociones constantes, biorritmos que canonizamos, o puro postureo, corre el <strong>riesgo</strong> de rechazar la verdad, preferir la injusticia, negar la caridad… y entonces fruncir el ceño y marcharse triste.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">La sabiduría de Dios, la que reside en el corazón, no tiene que ver con impulsos o arrebatos, no son pálpitos ni emociones pasajeras, tiene el <strong>peso</strong> inteligente de ser coherente con una llamada del Señor que, decía la primera lectura, <em>“la preferí a cetros y tronos y a su lado en nada tuve la riqueza. La quise más que a la salud y la belleza y la preferí a la misma luz, porque su resplandor no tiene ocaso”</em>.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">El joven del evangelio, lleno de cosas y bienes, no prefirió la sabiduría de Dios, sino <strong>seguir</strong> como estaba. Y eso, deja tristeza en el corazón. Por eso, quien <strong>más</strong> tiene, más riesgo corre de no querer, de no elegir la aparente pobreza de Dios, una riqueza sabia, mayor que todos los bienes contables.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Jesús ofrece al joven del evangelio, nos ofrece a todos nosotros, seguir el ejemplo de <strong>Salomón</strong>: un corazón sabio, inteligente, en paz, libre. Jesús no nos pide separarnos de <strong>todo</strong>, entregar todo por las buenas hoy mismo; a diario no se nos pide todo, sino aquello de lo que <strong>hacemos</strong> un todo.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Claro, los <strong>discípulos</strong> le recuerdan al Señor: <em>“nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”</em>. <strong>Aprender</strong> a preferir, aprender a entregar, aprender a perder… nuestro corazón lo necesita para ser un corazón sabio. Para aprender a elegir hoy, a <strong>vender</strong> lo que tenemos como posesión, a renunciar por una mayor justicia, por una alegría a prueba de dificultades, necesitamos la vida de la <strong>Iglesia</strong>: Jesús ofrece al joven rico que vaya con Él, el bien mayor, para aprender el camino de la felicidad, la mayor riqueza.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Igual aquel joven <strong>miró</strong> a los apóstoles y no le pareció nada especial, nada interesante en ellos, pero ellos habían elegido la riqueza mayor. El miércoles celebraba la Iglesia la memoria de san John Henry <strong>Newman</strong>, que decía: “Cuando lleguemos a la presencia de Dios se nos preguntarán dos cosas: si estuvimos en la Iglesia y si trabajamos en ella”. Los discípulos en el evangelio pudieron responder bien al Señor, estuvimos y trabajamos. ¿Y <strong>nosotros</strong>? ¿Tenemos en eso un tesoro, o pensamos que es para desocupados sin responsabilidades, para ingenuos idealistas? Igual no vemos, como aquel joven, nada especial, pero la <strong>necesitamos</strong> para aprender a dejarlo todo. ¿Me voy contento de misa porque creo que ya he cumplido para la semana? ¿Pienso que ya lo he dado todo? ¿Qué dice mi corazón?</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Dice el libro de los Proverbios que <em>“el corazón del hombre decide sus caminos”</em>, por eso necesitamos un corazón <strong>sabio</strong>, atento, para no irnos tristes como el joven del evangelio, sino <strong>esperanzados</strong>, como los discípulos, en medio de tantas ataduras como el mundo nos ofrece. En un mundo y en una Iglesia especialmente <strong>emotivos</strong>, pidamos al Señor la sabiduría de un corazón <strong>atento</strong>, de querer seguir vivos al Dios vivo.</span></p>
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		<title>Domingo XXVII Tiempo Ordinario</title>
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		<dc:creator><![CDATA[belen]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 06 Oct 2024 17:32:07 +0000</pubDate>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><span style="color: #000000;">Con frecuencia nos toca a los sacerdotes ayudar a los novios que se van a casar a preparar la celebración del matrimonio, y parte de esa preparación suele ser ayudarles a que elijan las <strong>lecturas</strong> que se proclamarán en su boda. Es bastante común que <strong>desprecien</strong> una y otra vez este pasaje del Génesis que hemos escuchado. Les parece o <strong>ridículo</strong>, por eso de la costilla y el sueño, o <strong>machista</strong>, porque parece que dice que la mujer sale del hombre.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Hemos perdido la poética sencillez de aquellos profetas, aquellos maestros. No hay nada nuevo bajo el sol, el mismo Jesucristo se encuentra esta situación en el evangelio, hace dos mil años, cuando tiene que <strong>explicar</strong> cómo quiso Dios las cosas, cómo hacen bien al hombre.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">El pasaje del Génesis nos enseña de una forma dulce y gráfica que el hombre y la mujer han sido creados para estar <strong>juntos</strong>, el uno para el otro, que se <strong>complementan</strong> como la costilla busca a su costado, y el costado a su costilla, y que cuando al uno le falta el otro lo echa de menos, lo <strong>ansía</strong>, para estar completos.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Además, el pasaje del Génesis enseña que esa unión es para <strong>siempre</strong>: las costillas no se ponen y se quitan como si fueran tiritas. El hombre y la mujer establecen una unión para siempre, y en esa unión <strong>descansan</strong>, se alegran, encuentran apoyo, fecundidad, consejo o seguridad.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Así que esa unión no es algo práctico, que el tiempo o la sociedad puedan <strong>cambiar</strong> para mostrar lo modernos que somos: es sacramento. El Señor advierte: <em>“serán los dos una sola carne”</em>. Esa referencia a la unión en la <strong>carne</strong> nos dice mucho, nos dice que el matrimonio es una unión para siempre porque Dios ha establecido en la carne una <strong>unión</strong> con la humanidad para siempre, la ha establecido en Jesucristo. Él se ha <strong>desposado</strong> con la humanidad en nuestra carne, porque se ha encarnado.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Por eso el matrimonio no se <strong>rompe</strong> porque dos se separen o porque lo diga un juez o porque aparezca una tercera persona: el matrimonio sacramental no se rompe porque la <strong>unión</strong> de Dios con el hombre no se rompe, ni siquiera cuando el hombre <strong>rechaza</strong> a Dios. Dios permanece ahí, callado, pero unido, a la espera de volver a ser querido, con un amor <strong>eterno</strong>. Por eso el matrimonio permanece vivo aunque los cónyuges decidan no alimentarlo, por el motivo que sea: porque es un sacramento, recuerda que hay un amor eterno, se mantenga el amor de los cónyuges o no, porque sí se mantiene el amor de Dios por nosotros.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Dios quiere para el hombre y la mujer que siempre puedan recurrir así el uno al otro para encontrar el amor de Dios. Que el matrimonio sea para siempre no es un estorbo, hace <strong>seguros</strong> a ambos. Que sea de un hombre y una mujer no es un estorbo: es la <strong>complementariedad</strong> que Dios ha querido y ha mostrado en el sacramento del <strong>cuerpo</strong> humano, biología pura, y es para nosotros recuerdo de que Jesucristo, Dios hecho hombre, se ha desposado para siempre con su Esposa la Iglesia.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Y por tanto, el matrimonio es un lugar perfecto para que el marido y la mujer <strong>descubran</strong> el amor de Dios, se ayuden a crecer en el amor de Dios. ¿Vivimos el matrimonio como ámbito de encuentro con Dios? ¿Entendemos el matrimonio en relación con Dios?</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Nuestra sociedad ha <strong>perdido</strong> hoy una referencia necesaria para entender la realidad. Nuestra existencia es <strong>sacramental</strong>, remite a otra realidad, más profunda, que no se ve. Lo católico no es un outfit <strong>molón</strong> y moderno, es comprender la realidad de la vida, como lo que es. Los <strong>bautizos</strong>, funerales o bodas, no son primeramente actos sociales, sino sacramentales, y no podemos caer en la tentación de convertirlos en eventos <strong>desacralizados</strong>.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Aprendamos a <strong>mirar</strong> la realidad, a las personas, los lugares, templos, las cosas que pasan, desde una perspectiva sacramental: eso es <strong>creer</strong> en Dios. ¿Trato a las personas en función de su vínculo divino? ¿Cómo me comporto en la iglesia?</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Jesús quiere <strong>enseñar</strong> en el evangelio de hoy a tener ante la vida una perspectiva sacramental, algo típicamente católico. ¿Tengo esa mirada que Jesús enseña en el evangelio o soy pragmático, materialista?</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Que el Señor ponga en nosotros el deseo de <strong>formarnos</strong> en esa forma de comprender la vida, <strong>sin</strong> la que hasta las cosas más santas pierden su importancia, pero <strong>con</strong> la que hasta las cosas más pequeñas ganan el vínculo eterno con Dios.</span></p>
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