Para valorar mejor las lecturas que acabamos de escuchar y para descubrir también el valor que pueden tener para nosotros, podemos fijarnos en el gran contraste que ofrecen con respecto a las del domingo pasado: en aquel evangelio aparecía Jesús solo, hoy aparece con tres de sus discípulos. En aquel estaba en el desierto, hoy en un monte. Si en el desierto se encontraba con el tentador, hoy aparece en compañía de Moisés y Elías.
Si la Iglesia nos ofrecía el domingo pasado una situación revuelta, de lucha, hoy nos ofrece una situación de profunda paz, algo tan sorprendente para unos pescadores que los lleva a exclamar: “Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas”.
Aquellos discípulos, judíos de fe, creían, de lo extraordinaria que debió ser aquella visión para ellos, que se acababa todo, que llegaba el fin de los tiempos, y el Señor venía a habitar con ellos para siempre. Ellos levantarían la tienda del Señor para toda la eternidad. Pero todo pasó y les tocó bajar de aquel monte tratando de resituar su visión a la vez que el Señor les advertía del secreto que debían guardar.
A Pedro, Santiago y Juan, después de llevar un tiempo con Jesús, de haberle seguido, escuchado, de haber ido a anunciar el Reino de los Cielos, hoy se les ofrece algo muy especial, para levantar su ánimo herido. Hoy el Señor comparte con sus discípulos el secreto de su naturaleza divina, les muestra quién es. Hoy no lo tienen que deducir en signos ni tienen que creer por la fe, hoy lo ven. Desde ahora, llevarán ese secreto: el Maestro es Dios.
La pregunta es, entonces: ¿para qué se lo cuenta? ¿para qué les desvela a estos tres lo que es Él? La respuesta está en la orden de silencio que reciben: “No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos”. Es un tesoro para ser fuertes ante lo que tiene que suceder y para compartirlo, después de la dura experiencia de la Pasión, aquilatado, pulido, purificado, sin triunfalismos ni vanidades, sino como entrada en el misterio de Dios.
Y hasta entonces, ¿se guarda y ya? Hasta entonces, ese secreto tiene una nueva y clara función, decía san Pablo a Timoteo: “Toma parte en los duros trabajos del evangelio”. Ya te he contado lo que hay, ya lo has visto, ahora a trabajar. Así llama Yahveh a Abrán a salir de su tierra. Cuando Jesús a Pedro, Santiago y Juan, o Pablo a Timoteo, les invitan al anuncio del Evangelio, es porque antes les han mostrado la gloria de Dios, es porque han podido experimentar la fuerza del Señor y el atractivo de su verdad. A partir de ahora, la relación con Dios se debe establecer desde esa certeza.
A menudo sucede a los cristianos que basamos nuestra relación con Dios en el miedo: “el miedo guarda la viña”, decimos, y es verdad, pero no es su fundamento. Miedo a que me castigue, o a los míos, a que no me escuche, o me pida mucho, o me ponga a prueba… Dios es nuestro Padre, el Señor nos ha llamado amigos. Sólo podremos exprimir al máximo esa relación con Él si la fundamentamos en la confianza, no en el miedo. Incluso la exigencia tiene que partir también de la seguridad, no en nosotros, sino en lo que Dios es.
Y, ahora sí, ¿por qué el paso de las tentaciones a la transfiguración? ¿qué tienen que ver? Cuando, antiguamente, los catecúmenos que se preparaban para recibir los sacramentos de iniciación cristiana en la noche de Pascua iban los domingos de Cuaresma a misa y escuchaban este evangelio, su corazón se llenaba de confianza: habían oído el domingo anterior que el cristiano es constantemente tentado, pues tentado fue el Señor, y hoy llegan y contemplan su gloria. Está bien, vamos a ser probados, experimentaremos la tentación para renegar de Dios, no resulta fácil, vamos a necesitar de la ayuda de Dios, pero somos, como Jesús, “el Hijo amado”, y con ese amor perseveraremos hasta la felicidad eterna; no sólo contemplaremos al Señor transfigurado, es que nosotros mismos seremos transfigurados como Él.
Claro, ¿tú crees que has visto algo de Dios? ¿crees que esa transfiguración tiene algo que ver contigo? ¿crees que Dios te ha revelado, sencillamente, sin espectáculo de luz y sonido, algo de su ser? ¿O qué creemos que es la Iglesia, los sacramentos, la transmisión de la fe? No es algo que se hace “de camino”, como el que pasea al perro o compra el pan… Pues “toma parte”. Necesitamos salir de la tierra de nuestra comodidad, tener un corazón grande, como el que Jesús haría crecer en los discípulos con aquella visión: con una fe “de mantenimiento” cada vez nos llega menos. Necesitamos subir a Jerusalén, con ese tesoro, germen de transfiguración que hay en nuestro corazón, justo porque venimos a misa, comulgamos, le pedimos a Dios… ¿Cómo va creciendo mi fortaleza en la fe? ¿Y mi forma de vivirla en la Iglesia, de exponerla? ¿Dónde?
Pedro, Santiago y Juan solamente vieron, nosotros comemos el alimento de la transfiguración. Vivir bien la Cuaresma es querer “tomar parte en los duros trabajos del evangelio”. ¡Tomemos parte en ellos! Así se prueba la confianza en Dios y se vive la fe en medio del mundo.

