Que Juan detalle que Jesús estaba “cansado del camino” siempre ha llamado la atención de los autores cristianos. Todos nos cansamos, pero ¿cómo se cansaba Cristo? San Agustín decía: “Es por ti por quien Jesús está fatigado del camino. En Cristo encontramos la fuerza y la debilidad: el poder de Cristo te ha creado, su debilidad te ha recreado… En su fuerza nos ha creado, en su desvalimiento ha venido en nuestra busca”. Así, el Dios hecho hombre se cansa y se sienta junto al brocal del pozo a esperar a la mujer samaritana; se sirve del calor, de la sed, de su flojera, para sentarse junto al pozo y dejar que la mujer llegue.
Y llega, cansada del camino y no muy contenta. No le resulta fácil a Jesús entablar conversación porque ella, además de enfadada, viene muy a lo suyo. Ella vive entre su autonomía, porque tiene su cántaro y el cansancio de la vida, va porque tiene que ir. ¿A qué voy yo porque tengo que ir?
Jesús acepta su amargura, no se precipita a decirle, con triunfalismo infantil, que con él le va a ir mejor. Ha hecho un camino bastante largo como para ahora tener prisa, acepta también aparecer como necesitado. Jesús no manifiesta superioridad, la mira con esperanza. Desea ese encuentro pero espera a que ella muestre algo más que un gesto amargo para ofrecer lo que le ha llevado hasta allí: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed”.
Él le ofrece a la mujer un agua nueva, pero ella tiene que aceptar que el agua no sale de su cubo, sino de Jesús, tiene que aceptar que su seguridad no sea su cubo. Paradojas de la vida, su propia seguridad, la que le hace plantarse ante Jesús con desinterés, encontrarse con Él con autosuficiencia, es su mayor impedimento para recibir el agua viva. Se ha pasado toda la vida yendo al brocal del pozo con su cubito, ya sabe lo que hay, nada que esperar, sólo agua…
Si seguimos con nuestro cubo en vez de con Jesús, el resultado será el agua del cubo, no el agua de Jesús. Si seguimos yendo -o viniendo- al encuentro de Jesús con el mismo cubo, nos iremos con la misma agua. Para poder decir a Jesús como la mujer samaritana: “Señor, dame esa agua”, tenemos que estar dispuestos a ir a su encuentro haciendo de Jesús nuestro nuevo surtidor. ¿Cuál es mi cubo, mi seguridad? ¿En qué momentos o lugares, ante qué personas, me presento con autosuficiencia, con la superioridad con la que se protege y desconfía la samaritana?
El diálogo de Jesús con la samaritana manifiesta la importancia del agua de la gracia, del agua del bautismo. Para la Iglesia, esta conversación va sobre el bautismo. Nosotros podemos adorar a Dios “en espíritu y verdad”, que dice Jesús, pues para eso recibimos el Espíritu Santo en el bautismo. ¿Qué significa esto? Que por el Espíritu, todo lo que hagamos en nuestra vida puede ser alabanza a Dios, no sólo lo de dentro del templo. ¿Yo qué hago cada día para alabanza de Dios? ¿Y para mí?
Pero el evangelio de hoy contiene un segundo diálogo de Jesús: el primero era con la mujer samaritana, el segundo es con los discípulos, y trata un tema complementario al primero. El primero era sobre tener sed y el agua a beber, el segundo es sobre tener hambre y el alimento a comer: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra”. Así les dice Jesús, en una respuesta que no comprenden.
Aquel que ha recibido el agua viva de Jesús sólo puede vivir con el alimento de cumplir lo que Dios manda. Su seguridad no será su cubito, será gestionar nuestra vida “en espíritu y verdad”: mi ocio, mi familia, mis responsabilidades, mi tiempo, mi dinero.
¿Nosotros estamos sedientos de Dios? Él se ha encargado siempre de calmar nuestra sed, desde la historia del pueblo de Israel en Meribá. Pero el brocal del pozo no está hoy en el monte Garizín sino en la celebración de la Iglesia. Aquí está Jesús sentado esperándonos, aquí deberíamos dejar nuestro cubo a la puerta, el cubo de mis cosas, mi teléfono, mis prisas, mis planes, y entrar en diálogo con Él…
Hoy que dicen que tantos se acercan sedientos de Dios a la Iglesia, hasta hacer rabiar a actrices disfrazadas de pensadoras, viene bien que nos preguntemos nosotros si venimos a misa con seguridad o sin ella, si nuestra actitud es la de quien viene a encontrar al Señor y a recibir su agua, su alimento, o viene a llenar su cubito: deme lo mío que me voy.
Porque el hombre se pasa la vida construyendo pozos intocables, pero viene Jesús a mostrarnos el auténtico surtidor y entonces desconfiamos: ¿venimos a la Iglesia con cubos? ¿o a ponerle el límite al Señor de nuestro cubo? Hoy es 8M ¿cuál es la grandeza de la mujer samaritana? Se la conoce y venera porque ella aprendió a creer en Jesús, y no hay nada más grande que eso. La samaritana es una imagen de la Iglesia, que busca confiar en Él. Nosotros somos la samaritana, que veía a un hombre cansado pero en su palabra reconocía a un hombre de Dios.
Ella nos ofrece romper el cubo de siempre y poner todo aquí, en la celebración de la Iglesia, porque en el cántaro que traemos no cabe mucho, no cabe nada.

