Domingo V Cuaresma A

22 de marzo de 2026

Domingo V Cuaresma A

Domingo V Cuaresma A

A Marta y a María les sucede, en su encuentro con Jesús, lo mismo que a la mujer samaritana y al ciego de nacimiento de domingos anteriores: les toca, ante el Señor, confesar si creen que el Hijo de Dios tiene poder sobre su propia vida, o si es para un breve encuentro de vez en cuando.

Llevamos tres domingos en los que la Iglesia nos ofrece el testimonio radical de quien ha conocido a Jesús y ha percibido lo que eso supone; es el testimonio que se presentaba desde antiguo a los que iban a ser bautizados en la noche de Pascua, para que fueran asumiendo el cambio que iba a darse en su vida: Jesús es el agua para la samaritana, la luz para el ciego, la vida para Lázaro… y para todos.

Marta y María se encuentran hoy ante la prueba extrema, pues no es que a su hermano le faltara “algo”, como a los personajes de los domingos anteriores, es que a su hermano le faltaba la vida. No era el agua, no era la visión, era la vida. «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?». Aquí ya no se trata de cómo te vas a gestionar ante algo que has perdido, ante algo que te gustaría hacer o tener y no vas a poder hacer nunca, aquí la cuestión es mayor, es si quieres vivir para morir o si quieres vivir para vivir para siempre.

¿Eres capaz de pasar de un Jesús que hace milagros a la fe en Cristo, la resurrección y la vida? Dice san Agustín que cristiano no es el que cree que Cristo existió, sino el que cree que Cristo resucitó. Cristiano no es el que dice que Cristo trajo al mundo valores, o que fue un hombre bueno, sino el que reconoce su poder sobre la muerte, sobre la muerte física, como en Lázaro, y sobre la muerte eterna, con el bautismo.

Porque su poder no se limita a devolver a la vida a Lázaro: a Lázaro, más que resucitarlo, lo hace revivir, pero Lázaro un día volvió al sepulcro, y allí espera la resurrección del último día. Unos días después, Cristo fue puesto en un sepulcro, pero resucitado vive ahora para siempre. Y ese poder de vivir para siempre lo concede hoy en el bautismo.

Por eso, la afirmación que Juan pone en labios de Jesús: “Tu hermano resucitará” tiene un precioso doble sentido. Hoy, “tu hermano resucitará” se nos dice a nosotros de Cristo, nuestro hermano que afrontará la muerte en su Pasión y resucitará. Pero justo entonces, después de la Pascua, “tu hermano resucitará” lo dice Cristo de nosotros… por el bautismo. Mi hermano, bautizado en la Pascua de Cristo, resucitará, porque Cristo resucitó en la Pascua.

“¿Crees esto?” Jesús, que no es ajeno al sufrimiento de sus amigas, que lloran la muerte de su hermano, llora con ellas y por su amigo muerto. Pero el sufrimiento de Jesús es aún más profundo: el afecto humano de Jesús se estremeció, al contemplar lo que el pecado hace en el hombre, Dios se estremece al ver en su belleza creada la maldad que produce el pecado y la muerte, y ante ello se implica, se acerca, no se desentiende.

Nada nuestro le es indiferente al Hijo de Dios, habría que preguntarse ante qué nos queremos hacer nosotros indiferentes, realidades que preferimos que no nos toquen, que nos pasen de refilón, qué tipo de vida es esa que ni el Hijo del hombre ha querido vivirla así.

Por eso devuelve la vida a Lázaro: “Desatadlo y dejadlo andar”, el mandato de Jesús es explicado por los padres de la Iglesia en relación con el bautismo, que desata las ataduras del pecado en los neófitos para que la vida del bautismo les permita dar gloria a Dios. ¿Cómo no iban a maravillarse los que contemplaron aquella demostración del poder divino? ¿Cómo no iban a recordar aquellos la profecía de Ezequiel que hemos escuchado en la primera lectura? “Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os sacaré de ellos, pueblo mío, y os llevaré a la tierra de Israel. Y cuando abra vuestros sepulcros y os saque de ellos, pueblo mío, comprenderéis que soy el Señor”. ¿Cómo no comprender nosotros que algo aún más grande sucede en el bautismo cuando, desatados del pecado, resuenan las palabras de Ezequiel: “os infundiré mi espíritu y viviréis”?

Los cristianos no vivimos buscando un milagrito, sino que la fuerza de Dios actúe sobre nosotros para que demos un testimonio vivo, de verdad, de constancia, de fe, de amor al prójimo, como el de Jesús: “¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?” ¿Cómo compromete nuestra fe a nuestra propia vida, y vida en la Iglesia? ¿Nos afectan las cosas de los demás como para acercarnos, o pretendemos que no nos rocen apenas?

La Iglesia contempla en la resurrección de Lázaro un anuncio de la nuestra al final de los tiempos; ya sabemos del poder de Dios, bien, ahora nos toca a nosotros vivir de tal manera que se vea en nosotros la gloria de Dios, gloria que manifiesta que merece la pena la fe y que esperamos ser sacados de nuestros sepulcros para gloria eterna al final de los tiempos.