¿Por qué esta forma tan brusca de finalizar el relato del evangelio de hoy? «Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís «vemos», vuestro pecado permanece». ¿Por qué después de un milagro precioso Juan termina su relato con una afirmación tan amenazadora?
Mientras que el encuentro de Jesús con el ciego es acogedor y cercano, como el de Jesús con la samaritana del domingo pasado, el encuentro con los fariseos es amargo y decepcionante: el que no veía ahora ve, y ellos que decían ver en realidad no ven nada. ¿Qué significa esto? Claramente, Juan está utilizando la curación del ciego para, de forma metafórica, darnos una lección acerca de la verdadera visión. ¿Qué es ver? ¿En qué consiste ese “ver” que los fariseos no tienen y que es un pecado mayor y persistente? ¿Podría pasarnos algo así a nosotros? Decimos que creemos, que rezamos, que venimos a misa, pero ¿vemos o vemos sin ver?
Esa forma de ver que dice Jesús es la fe. Ver es creer. Cuando san Ireneo de Lyon comenta este evangelio, explica que la acción de Jesús de tomar tierra del suelo para hacer barro y ponerlo en los ojos del ciego es una referencia a la creación en el Génesis: el hombre es modelado del barro por Dios, que le insufla su aliento de vida. El ciego de nacimiento está siendo recreado, recibe la vista para creer. De nada le habría servido ver sin creer, pues somos creados para creer, se nos da la visión no para no creer sino para creer. Todo lo que viene de Dios no se nos da para no creer, sino para creer: lo natural y lo sobrenatural, lo sensible y lo inmaterial. Por eso también si vemos pero no creemos “nuestro pecado permanece”.
Del barro de Adán hemos nacido ciegos, sin poder ver a Dios, por el pecado, pero el bautismo lava nuestro pecado original y nos permite reconocer a Jesús: “«Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es». Él dijo: «Creo, Señor»”.
Decía san Ambrosio a los que se acercaban a inscribirse para ser bautizados en la noche de Pascua: “cuando tú te hiciste inscribir, Jesús tomó barro y te lo extendió sobre los ojos. ¿Qué significa esto? Que tú tenías que reconocer tu pecado, que examinar tu conciencia, que hacer penitencia por tus faltas”. Lo primero que la luz de la fe permite ver es la salvación que Dios nos consigue, necesitamos esa salvación porque cometemos pecados y estos nos van cegando, nos van quitando la capacidad de ver, de creer.
Y lo mismo que el bautismo limpia nuestros ojos, borra nuestros pecados, nosotros reconocemos una segunda tabla de salvación en el sacramento de la reconciliación en la que Cristo nos devuelve la visión para vivir como discípulos, no como fariseos. Continúa san Ambrosio: “Vete a Siloé” ¿Qué es Siloé? “Que se traduce, dice, por enviado”. Es decir: vete a la fuente donde se predica la cruz del Señor, a esa fuente en la que Cristo rescató los errores de todos. Tú has ido a ella, tú te has lavado, tú has venido al altar, tú has empezado a ver lo que antes no veías, es decir que, por la fuente y la predicación de la pasión del Señor, tus ojos se han abierto. Tú que parecías ciego, te has puesto a ver la luz de los sacramentos”.
Es decir, los sacramentos iluminan nuestros ojos para poder creer en Dios en las cosas de la vida. Nuestra vida es para ver, para creer en Dios, no es para dejarnos llevar por el pecado: al recibir los sacramentos, somos capacitados para descubrir la acción de Dios y vivir como creyentes. Por eso el peligro que Jesús denunciaba a los fariseos, que utilizaban cualquier escapatoria, la vista y la inteligencia para negarse a creer, aunque tenían delante un milagro evidente, una clara manifestación del poder de Dios.
No se puede decir: “no pasa nada por pecar, ya me confesaré”, eso es ver sin ver. “Ya si eso cuando me vaya de viaje, cuando me tenga que operar, cuando me esté muriendo…” Igualmente malo es decir: “yo no me tengo que confesar, yo no sé qué pecados puedo hacer, y si los hago es por culpa de otros, de mi marido, de mi suegra, del gobierno…” En esos laberintos de excusas nos perdemos, dejamos de ver como los fariseos del evangelio, que no dan su brazo a torcer pero saben bien echar balones fuera: “Has nacido completamente empecatado, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?” El mundo en el que vivimos, la sociedad y la política de hoy, no han inventado nada; “culpa de otros” es tan viejo como Adán y Eva, pero eso sólo trae división y odio.
Si alguno de estos casos es el nuestro, enhorabuena: “Antes erais tinieblas, pero ahora, sois luz por el Señor. Vivid como hijos de la luz, pues toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz. Buscad lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas”. Así nos advertía san Pablo en la segunda lectura: ¿vivo como hijo de la luz?
Resuena en este relato lo que decía san Juan en el prólogo de su evangelio: “El Verbo era la luz verdadera que alumbra a todo hombre viniendo al mundo”. Él es nuestra luz. Nuestra, del ciego de nacimiento y de todos los que le rodean, pero creer es una decisión personal. Para nosotros, ver es poco; hagamos de nuestra vida luz de Jesús.

