Hoy todo lo que contemplamos son gestos de humillación: la postración de los ministros al principio de la celebración, culmen de una entrada en silencio, es un gesto que indica vergüenza, reconocimiento del propio mal. Ciertamente, también al postrarnos expresamos deseo de comunión con aquel que ha muerto por nuestra desobediencia, Él que “aun siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer”.
Hoy, durante todo el día, cuando el cristiano pasa por delante de la cruz, hace una genuflexión, reconociendo en el instrumento de tortura el instrumento de salvación. Hoy la humillación es tal que la Iglesia no celebra la misa, bastante que comulga de lo que reservamos ayer.
Antiguamente, incluso, ante la cruz descubierta, en el momento en el que la asamblea se acerca a adorar al Señor puesto en ella, la Iglesia cantaba en latín y griego, pidiendo el perdón de los pecados en Occidente y Oriente, para todo el universo mundo, a aquel que por nosotros colgó del madero.
Pero si ayer contemplábamos el nacimiento de la cena eucarística en el cenáculo, hoy contemplamos el nacimiento de la Pascua en la cruz, en la muerte de Cristo. Si ayer se anunciaban muerte y vida en el comedor de una casa, en el marco de una cena, hoy la Iglesia contempla la inmolación del cordero en la cruz, llamada a sustituir la inmolación de los corderos en el Templo de Jerusalén.
En “el día de la Preparación de la Pascua, hacia el mediodía”, mientras en las casas se hacía desaparecer el pan fermentado para preparar los panes ácimos de la Pascua, los judíos gritaban “fuera, fuera, crucifícalo”. Y Jesús muere en la cruz a la hora a la que los corderos son degollados en el Templo: Jesús no come la Pascua sino que la sufre. Hasta tal punto se cumplen las Escrituras que a Jesús, verdadero cordero, “no le quebraron las piernas”, como manda el ritual judío para el cordero pascual.
Por eso, la Iglesia se deja guiar por el discípulo amado y descubre, en esta celebración, que el Viernes Santo en la cruz ha comenzado la Pascua. Ayer se nos anunciaba, hoy comienza, porque con la entrega del verdadero cordero, este se convierte en autor de la salvación eterna, cargando sobre sí todos nuestros pecados.
Decía, impresionante, Isaías: “Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron”.
Pero ¿qué Dios bueno podría querer la sangre de su Hijo para el perdón de los pecados, para librar de muerte eterna a seres inferiores? “El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento, y entregar su vida como expiación: verá su descendencia, prolongará sus años, lo que el Señor quiere prosperará por su mano”. ¿Quiere Dios la muerte de sus hijos, su dolor, hasta tal punto que los estados deban corregirle pagando la muerte de los que sufren?
No es Dios quien necesita esa muerte, sino los hombres los que la necesitamos, necesitamos alguien que haga de la comunión una vida, no unas palabras bonitas, de la paz no un lema, sino un esfuerzo cotidiano.
Por eso, la vida se transforma cuando, como le sucedió a Juan, uno contempla que le sostiene otro que ha entregado la vida por nosotros. Nuestra vida es digna de que otro padezca en ella por nosotros, padezca con nosotros. Cuando alguien está dispuesto a cargar con nuestros sufrimientos, nuestras equivocaciones, nuestras debilidades, descubrimos lo que Dios ha hecho con nosotros y encontramos una luz como para creer.
Por eso, transmitir la fe es dar fundamento a la vida de los que creen que todo va contra ellos, que están solos, de los que se encuentran sin fuerzas para afrontar sus culpas o sus tristezas. Lo necesitan los pobres y los ricos. Nuestra sociedad necesita contemplar la imagen del crucificado para percibir lo que Juan vio: una esperanza que no niega las dificultades, las contrariedades, el dolor o la muerte, sino que va más allá, dando vida eterna, vida en todo momento en comunión con Dios: “es fuerte el amor como la muerte… Las aguas caudalosas no podrán apagar el amor, ni anegarlo los ríos”, dice el Cantar de los Cantares.
En Jesús, Juan ve al Cordero degollado pero puesto en pie del Apocalipsis. Ahora la cruz ya no está en el Calvario, en Jerusalén, sino que debe resplandecer sobre el altar, el nuevo Calvario, en la nueva Jerusalén, que es la Iglesia. Aquí, la cruz ya no está rodeada de insultos, como aquel Viernes Santo, sino que todo lo que sube a ella son alabanzas. No fluye la sangre de Abel, que clamaba venganza, sino la de Cristo, al que sus hermanos hemos dado muerte y sin embargo reclama paz y comunión.
La cruz no se esconde o destruye, es una necesidad social. La cruz se enseña con su sentido, la Iglesia la enseña en el Viernes para que podamos percibir el límite del mal y hasta qué punto Dios nos acompaña en él para que cambiemos de camino, para que saltemos, para que la Pascua nos reconforte y consuele, porque en medio del dolor, la Iglesia hoy encuentra consuelo y, como Juan, acaba cantando una victoria definitiva: ahora la vida, con todo lo que la ocupa, tiene un sentido, y también lo tiene la muerte.
Vamos a continuar la celebración, vamos a ir experimentando la belleza de la liturgia, que hoy ha comenzado en el suelo, y, poco a poco, nos va levantando para que terminemos descubriendo cómo Cristo nos hace levantar la mirada de la tierra hacia el cielo.

