Un contemporáneo de Jesucristo, Ovidio, cuenta en Las Metamorfosis la historia de cómo Orfeo, enamorado de su esposa Eurídice, a la que la mordedura de una serpiente ha causado la muerte, va a buscar a su amada al lugar de los muertos, donde nadie se había atrevido a ir, a convencer a Hades y Perséfone de que le devuelvan a su esposa.
Allí, con su lira y su voz, con las que podía calmar a las fieras más salvajes, Orfeo, hijo de un rey y de una ninfa del Olimpo, parte humano y parte divino, va a rescatar a su amada sin la que no puede vivir.
Consigue, con su música, convencer a los dioses para que así sea, con la única condición de que ella irá tras él, y tendrá que hacer el camino de vuelta sin mirarla, porque si se vuelve a mirarla, la perderá para siempre. Orfeo acepta y, cuando ya olía la frescura de la creación y veía los primeros rayos de la luz, no pudo resistir y se volvió… lo justo para contemplar la belleza de Eurídice, perderla para siempre y perderse sin ella. La duda perdió a Orfeo, la inseguridad y el ansia se llevaron por delante su titánica empresa.
Lo que Orfeo deseaba y no pudo, Cristo lo consiguió para su esposa la Iglesia porque no dudó de la Palabra del Padre: “Porque no me abandonarás en la región de los muertos ni dejarás a tu fiel ver la corrupción”.
Nosotros habitábamos en las tinieblas del pecado y de la muerte, pero nuestro amado ha venido a rescatarnos. Cristo ha bajado al abismo donde el pecado nos ha sometido, donde la mordedura de la serpiente del Génesis nos ha traído, y del que nosotros solos no podemos salir.
Nos ha mostrado y nos ha ofrecido la “luz gozosa del Padre celeste e inmortal”. Ahora todo cambia. El mensaje de Ovidio se cumple en Jesús: todo cambia. Nuestra vida cambia por la luz de Jesucristo. Nuestras fuerzas son atrayentes pero estériles, la obediencia de Jesucristo no atrae pero es eficaz: “Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres”, decía Isaías. Su actitud confiada y obediente la dibujaba Isaac con Abraham camino del patíbulo en la segunda lectura.
La docilidad de Cristo ha sido nuestra salvación. Viendo cómo está el mundo, los negocios de guerra y muerte, Él tiene una forma propia de obtener la paz: ¡por un acto de amor y obediencia! No son las formas de buscar la paz del mundo, ¡tendremos que elegir! Jesús ha entrado muerto en el lugar de la muerte para así transformarlo y convertirlo en lugar de vida.
El amor “hasta el extremo” de Cristo produce una metamorfosis, una “transustanciación de la muerte”, que la llama Ratzinger, que se convierte en lugar de vida. La vida verdadera no está en el poder, ni en el tener, ni en el aparentar, sino en seguir el modelo crucificado de Cristo.
Así, la Pascua lo cambia todo: ser hombre significa ir al encuentro de la muerte, pero a la vez no sólo desear la eternidad, sino también tener acceso a ella. Cristo ha venido a nuestra oscuridad en la vida y la muerte, al miedo y la frustración que el pecado produce en nosotros y lo ha recreado todo. Todo se ha movido, ha temblado, porque no estaba firme: “de pronto tembló fuertemente la tierra, pues un ángel del Señor, bajando del cielo y acercándose, corrió la piedra y se sentó encima”. ¿Qué no está firme? ¿Qué tiene que temblar para que escuche: “No temáis, ha resucitado”?
Dios se hizo hombre, se ha introducido en nuestra vida con todos sus condicionantes, hasta la muerte. ¿Cómo no releer la creación en esta noche? ¿Cómo no releer el Génesis? Todo se hizo, pero todo fue renovado, cambió, por la resurrección de Jesucristo. ¡Hasta hemos cantado que la culpa primera fue feliz para nosotros, ha sido transformada en la cruz!
Jesús, el verdadero Orfeo, ha descendido al lugar de los muertos para dar su luz y su vida a toda la humanidad, baja también a la oscuridad de cada uno de nosotros, a lo que en nosotros hay de muerte, para producir una música celestial, una alabanza divina y humana. Va donde no queremos ver, donde no queremos entrar; y donde no llega la luz de nuestra fe nos guía la columna de fuego, el cirio pascual del Resucitado.
Y dispone para nosotros el bautismo, el nuevo paso del Mar Rojo, que nos sumerge en su muerte y nos hace partícipes de su vida. La renovación de las promesas del bautismo, la vida sacramental, es para ayudarnos a creer en su poder. Así, nuestra vida se renueva porque Cristo ha roto los sellos del Paraíso, como ahora romperemos los sellos de la fuente bautismal, de tal modo que el cielo, una luz en todo, sea accesible aquí.
El fracaso de Orfeo es el fracaso del hombre de hoy, que, en su modernidad, no es capaz de poner su confianza más allá de sí mismo, de su técnica y su fuerza, de su plan y sus cálculos. En realidad, la Pascua muestra que nuestras fuerzas también experimentan una transformación, encuentran su sitio, si creemos; donde Orfeo es débil, Cristo aparece lleno del amor con el que el amante rescata a la amada esposa Iglesia.
Que Dios nos conceda la fe en su poder: entregó al Hijo para rescatar al esclavo, pero ahora vive para siempre.

