Domingo II Pascua A

12 de abril de 2026

Domingo II Pascua A

Domingo II Pascua A

El evangelio de hoy nos sitúa en el mismo domingo de resurrección cuando, después de que por la mañana temprano las mujeres descubrieran el sepulcro vacío, y mientras que al atardecer el Resucitado se apareciera a los dos de Emaús; Jesús se aparece al grupo de los once y vuelve a aparecer al siguiente domingo.

Podemos situarnos con los sentimientos de aquellos: el llanto de la Magdalena, el desconcierto por el sepulcro vacío, el miedo y la decepción que hicieron huir a los de Emaús. Jesús había dicho a sus discípulos: “Vosotros ahora sentís tristeza, pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría”. Pero ya lo habían olvidado, tantas emociones, complicaciones, imprevistos…

Cuando aparece Jesús y les anuncia la paz, “los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor”. El episodio se complica por la ausencia de Tomás, que rápidamente renuncia a la fe, sólo quiere ver, tocar, nada de fiarse de los otros discípulos, nada de la palabra de Pedro, él sólo quiere ver por sí mismo. Y Jesús se lo concede, no por su insistencia, ni por el atrevimiento de su desafío, sino por la necesidad de la misión. Ellos tienen que ser testigos, tienen que ver puesto que antes vieron, tienen que hablar puesto que antes escucharon, tienen que tocar puesto que antes tocaron.

Jesús dice a Tomás, mezcla de lamento y reproche, hacia Él y hacia sus hermanos, “porque me has visto has creído”, y dice a todos los creemos por la palabra de aquellos que vieron: “dichosos los que creen sin haber visto”. Nosotros creemos sin haber visto, creemos porque otros han visto.

Cuando, en los Hechos de los apóstoles, los discípulos se plantean cómo sustituir a Judas, Pedro dice: “Es necesario, por tanto, que uno de los que nos acompañaron todo el tiempo en que convivió con nosotros el Señor Jesús, comenzando en el bautismo de Juan hasta el día en que nos fue quitado y llevado al cielo, se asocie a nosotros como testigo de su resurrección”. Los que convivieron con el Señor deben ver al Señor resucitado.

Al resto nos basta la fe, nos hace más libres y felices no tener que ver, sino que creer. El Señor se empeña, desde su resurrección y hasta su ascensión, en fortalecer a sus discípulos para que nunca duden de lo que han visto, pero para los demás, en adelante, la fortaleza será “creer sin vacilación lo que no ven nuestros ojos, tener fijo el deseo en lo que no puede alcanzar nuestra mirada”, así dice san León Magno. Nosotros no somos presos de un recuerdo, sino libres por una certeza.

Y añade san León Magno: “todas las cosas referentes a nuestro Redentor, que antes eran visibles, han pasado a ser ritos sacramentales; y para que nuestra fe fuera más firme y valiosa, la visión ha sido sustituida por la instrucción, de modo que, en adelante, nuestros corazones, iluminados por la luz celestial, deben apoyarse en esta instrucción”.

Nuestro objetivo no es ver lo que ellos vieron, es creer lo que ellos nos han enseñado. Nosotros no pretendemos repetir aquella experiencia porque no tenemos la experiencia apostólica de convivir con Jesús, sino la catequesis y la instrucción, la formación cristiana, para poder reconocer dónde y cómo se manifiesta Dios hoy, y así creer en Él, “en los ritos sacramentales”.

Desde antiguo, los que eran bautizados en la Vigilia Pascual acudían cada tarde durante toda esta semana a la Iglesia para recibir “la instrucción”, la mistagogia, es decir, para comprender que al Señor ahora se le reconoce en la celebración de la Iglesia. Esto debería bastar para que comprendiéramos la importancia de lo que aquí sucede y viniéramos, cada domingo, más preparados, mejor preparados, y mucho más interesados.

Y estos bautizados volvían en el segundo domingo, es decir, “a los ocho días”, deponían las albas que les habían puesto en su bautizo, y disfrutaban porque escuchaban: “Bienaventurados los que crean sin haber visto”, y decían “¡si esos somos nosotros! Los discípulos creían porque habían visto, pero nosotros hemos creído sin ver, no hemos participado de la liturgia hasta ahora que nos hemos bautizado, y ahora entendemos nuestra felicidad”. Nosotros creemos que todo se arregla con la misa, pero la misa se prepara, y la misa continúa, se vive según el que encontramos en misa.

Por eso, una última cosa en la que conviene fijarnos en estos tiempos de guerra en los que vivimos: Jesús aparece a los suyos ofreciendo la paz, no responde con venganza ni con ajustes de cuentas a los que le han traicionado o abandonado, responde ofreciendo más amor, más seguridad, renovando la amistad. Jesús dice en el sermón de la montaña: “a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos”, y eso es lo que hace aquí. Con un corazón así se cambia el mundo, ¿qué queremos nosotros? La generosidad cura los corazones, arregla el mundo, el abuso de la fuerza y de la indiferencia lo rompe.

La cuestión es si nos dejamos instruir, si queremos seguir aprendiendo y cambiando, o si ya hemos bajado la persiana, por si acaso. Cada uno ha de ver cómo sale de misa, si con una palabra triste o con una tristeza convertida en alegría.