El discurso de Pedro que hemos escuchado en la primera lectura es lo más parecido a lo que sucede con la celebración de hoy: Él ha vivido una experiencia singular, la que relataba Juan en el evangelio, y quiere explicarla a la gente para que crea en Jesús y asimile la alegría tan grande y la novedad que supone algo así en nuestra vida.
Venir el domingo de Pascua a misa como haríamos cualquier otro domingo nos puede hacer creer que este es un domingo más, cuando la realidad es que estamos en el domingo que fundamenta que vengamos cada domingo, el domingo por el que la Iglesia nos manda “oír misa entera todos los domingos y fiestas de guardar”.
Dice Pedro de Jesucristo que “Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver”. Nos lo hizo ver. Vaya, que no lo veíamos y Él hizo que lo viéramos. ¿Cuántas veces nos empeñamos en que tenemos la perspectiva correcta sobre un problema, sobre una persona, sobre la vida? Así le sucede a Juan y a Pedro: “Hasta entonces no habían entendido”. Porque cuando vieron lo que no vieron, y creyeron, empezaron a aceptar lo que había sucedido.
Cuando Juan dice que el discípulo “vio y creyó”, significa que pensaban que comprendían, que dominaban la situación, que sabían lo que estaba pasando… cuando, en realidad, no era así.
Vivimos creyendo que manejamos, que tenemos una situación, la vida misma, dominada, que otros se equivocan, que ya hacemos lo que tenemos que hacer… A veces esperamos, incluso, que Dios actúe y ratifique nuestra postura. El relato del evangelio muestra una acción del Señor que debería ser paradigmática en nuestra vida, para tomar nota. El Señor actúa… “este es el día en que actuó el Señor”, y nos quita la razón: “Vio y creyó”.
La situación que Jesús vivía en enfrentamiento con las autoridades judías no avanzaba por buen camino, la tensión hacía la relación cada vez más difícil, y los discípulos querían creer en Jesús por lo que le habían visto y oído, pero no era fácil seguir al Señor. Los llevaba a lo que no controlaban, a lo que no era tranquilo, a un clima difícil, hasta peligroso.
Pero el domingo demuestra que no se equivocaba. Esto significa que el Señor era el que sabía lo que hacía, que no eran los discípulos. “Y nos lo hizo ver”. No, al Señor no se le van las cosas de las manos. Los discípulos pensaban que el Señor había tensado la cuerda en exceso. ¿No lo pensamos también nosotros a veces? ¿En nuestras caídas, en nuestras preocupaciones? Hay asuntos en los que creer en Jesús es difícil, exigencias, esfuerzos, choca con nosotros. Señor, esto parece que no comprendes, se te va de las manos…
Pero, si es así en lo personal, ¿y en el mundo? Tanto dolor, tanto mal cada día, nos hace pensar sobre Dios, sobre si actúa o no, sobre si está o no. ¿Señor, seguro que sabes lo que haces? Los discípulos, al ver el sepulcro vacío, han tenido que reconocer que sí, que lo sabía.
En Pascua se entiende especialmente bien la imagen del Pantocrator: este no es solamente “el Creador de todo”, sino que es también “el que lo tiene todo unido”. Cristo es el que, en verdad, estaba unido al Padre: Cristo decía la verdad. Su muerte, dice san Agustín, fue prueba de su amor al Padre. Pero su resurrección fue la prueba de la verdad de lo que decía. Así, nuestra vida será verdadera en la medida en la que se deja unir a la del Padre. ¿Qué partes de mi vida están unidas a Dios y cuáles no?
La Pascua de Cristo, su resurrección, su victoria sobre la muerte es la herramienta que pone en nuestras manos para que le perdamos el miedo a confiar en Él en las situaciones adversas, y a apostar por Él en las situaciones de conflicto, en las que el mundo nos plantea una alternativa más sencilla y menos trabajosa.
Pero el Señor sabe lo que se hace. Tanto es así que “Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos”. ¿Qué supone eso para nosotros? ¿Que nos desentendamos de las cosas, que dejemos que hagan otros? “Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra”. ¿Qué busco? ¿Qué se lleva mis preocupaciones a lo largo del día?
Cristo nos hace ver su resurrección porque nos convoca, y nos llama a una vida concreta, eligiendo lo superior, no las cosas vanas, caprichosas. Y todas aquellas, como su victoria, pasan por la cruz.
La Iglesia y la eucaristía dominical son el signo que manifiesta su victoria, pero son también la fuerza que nos impulsa y nos compromete a los bienes de arriba. La vida de Juan y Pedro cambió ante el sepulcro vacío, la nuestra lo hace ante la vida de la Iglesia. ¿Dónde está mi compromiso eclesial, en mi trabajo, en mi familia?
Que Dios nos envíe su Espíritu para que demos buen testimonio de Él, testimonio con los bienes de arriba, no con una vida tibia, sino que busque la santidad, la plena confianza en el Padre.

