Como la ciudad de Madrid tiene una entrada antigua que se llamaba puerta de Alcalá, u otra puerta de Toledo, la vieja ciudad amurallada de Jerusalén tenía una entrada que se llamaba “puerta de las ovejas”. No era especialmente bonita, ni grande, estaba siempre abierta y cualquiera podía pasar por ella.
Era la puerta que estaba junto a la piscina en la que Jesús cura a un paralítico, en el evangelio según san Juan, al lado del Templo de Jerusalén. Las ovejas que llevaban a la ciudad santa para ser sacrificadas en el Templo eran bañadas en esa piscina para entrar limpias a través de la puerta de las ovejas, camino de su holocausto.
En la forma de escribir de Juan, llena de doble sentido, esa imagen ayuda mucho a entender su mensaje. “Yo soy la puerta de las ovejas”, como dice hoy en el evangelio, describe mejor quién era y qué había venido a hacer Jesús. Él es el buen pastor que da la vida por las ovejas porque primero ha sido una de esas ovejas, ha atravesado esa puerta para ser sacrificado, como el “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Dice san Ambrosio de Milán: “Los hombros de Cristo son los brazos de la cruz: es ahí donde yo he depositado mis pecados, sobre el noble cuello de este patíbulo yo he reposado”.
Porque Jesús ha sido oveja ofrecida en sacrificio puede ser también buen pastor que da la vida por sus ovejas, porque realmente ha derramado su sangre por todos, y puede Él ser la puerta por la que los suyos entren a la vida eterna. Nosotros somos bañados, no en aquella piscina probática, sino en la piscina del bautismo, para poder entrar así en su muerte y resurrección al atravesar su puerta. Lo explica san Atanasio de Alejandría con el salmo que hemos rezado: “El lugar de verdor es el Paraíso de donde habíamos caído y a donde Cristo nos conduce y nos restablece mediante el agua del reposo, es decir, mediante el bautismo”.
Así podemos releer ahora: “Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante”.
Las ovejas tienen una gran visión periférica, pero una pobre visión en profundidad, y por eso se pierden. Creen que ven suficiente y se pierden, y el pastor tiene que estar llamándolas, y “atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas”. Los discípulos de Emaús, que escuchábamos en el evangelio el domingo pasado, iban como ovejas perdidas, creían que sabían, comprendían, esperaban… pero iban con Jesús y no veían, en realidad no habían entendido nada. Es muy triste pensar que uno ya ve suficiente, que todo se tiene que adaptar a mi esquemita.
Hoy el mundo, en caso de duda, prefiere preguntar a la Inteligencia Artificial: jóvenes y adultos exponen sus crisis, sus miedos, a una máquina de estadísticas que no dice una mala palabra, que siempre nos da la razón, que no nos aprieta. Prefieren el hermetismo y la respuesta fácil e inmediata ante el miedo a tener que afrontar cambios, sentimientos, etapas en la vida.
Pero la imagen de Jesús como buen pastor no es, sin más, entrañable, cómoda, es una imagen complicada, porque Jesús atraviesa la puerta de las ovejas, nos introduce con Él en la ciudad santa para participar en su sacrificio. Y tú, ¿cómo crees que vas a recibir la vida eterna del buen pastor? Por el misterio de la cruz. ¿Cómo busco la confianza, la seguridad, en la vida? ¿En que todo sea a mi gusto, moldeable a mis criterios, en que todo se adapte a mí, o en que yo sea guiado por el Hijo de Dios, que, decía san Pedro, “padeció por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas”, por el buen pastor que “llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia”? Cada uno puede llevar este criterio a sus asuntos, la familia, el dinero, un conflicto familiar, unos estudios, la inmigración o las relaciones sociales.
Por eso, los mejores amigos, los mejores padres, sacerdotes, jefes, las mejores personas de referencia no son las que nos dicen lo que queremos escuchar, los que dicen “sí” a todo, sino aquellos que nos plantean un camino como el de Jesús, aunque no sea el más fácil y aplaudido.
Concluía san Pedro en la segunda lectura: “andabais errantes como ovejas, pero ahora os habéis convertido al pastor y guardián de vuestras almas”. En Pascua, la Iglesia contempla cómo ha sido glorificado Cristo para confiar en Él y formar parte de su ofrenda. Si entramos por la puerta de las ovejas, nuestro destino es el del buen pastor de las ovejas, pero también lo es nuestro camino.
Por eso, no podemos tener miedo a cruzar la puerta siguiendo a Jesús, ni a cargar con su cruz. “Nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios”, dice Pablo a los Corintios.
No olvidemos que Jesús, nuestro buen pastor, nos conoce, nos llama por nuestro nombre, nos ama hasta entregarse por nosotros, y quiere, a través de esa puerta que no parece nada emocionante ni especial, introducirnos en Jerusalén, es decir, llevarnos al cielo.

