Domingo V Pascua A

3 de mayo de 2026

Domingo V Pascua A

Domingo V Pascua A

En estos próximos domingos, los evangelios que vamos a escuchar son los discursos de despedida de Jesús. Así la Iglesia prepara su Ascensión a los cielos y el envío del Espíritu Santo en Pentecostés.

Cuando Jesús se despide de los suyos, como en el evangelio de hoy, sus discípulos comienzan a pensar que en adelante ya las cosas sólo van a ir peor. Que justo cuando la victoria de la Pascua les ha supuesto un refuerzo incomparable, un subidón en la fe y la confianza, que Jesús anuncie “me voy a prepararos un lugar” supone un duro golpe, una gran decepción.

En los discípulos aparecen el miedo, la desesperación y la sensación de soledad, pronto las cabezas se ponen a maquinar, a intentar adelantar lo que va a suceder, y no son capaces de ver nada positivo, se bloquean hasta tal punto que le preguntan cosas que ya les ha explicado Jesús mil veces: “Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe?”

Es una compañía que les ha producido tanta felicidad que, ahora que se acaba, nos damos cuenta de que se nos ha hecho muy corta. Seguro que todos han tenido esa sensación ante un amigo que se ha marchado lejos o un familiar querido al que hemos perdido.

Los discípulos experimentan en su interior el desasosiego y la inquietud, el desánimo y el miedo por lo que se nos va y ante lo que venga. Sale de nosotros un instinto de protección de lo bueno que hemos vivido que es bonito, pero a la vez sale un deseo de aferrarnos a lo que escapa que no nos deja vivir el presente y, menos aún, vislumbrar un futuro.

Se llama nostalgia y no es buena cosa. Los padres del desierto ya advertían del peligro de quedarnos ahí, atascados, sin querer avanzar, llevándonos las manos a la cabeza y en un enfado continuo que, lejos de sacar lo mejor de nosotros, saca lo peor: rechazo, crítica, cotilleo, rabia…

Pero ¿qué hace Jesús entonces? Se dedica a redirigir su mirada, busca educar su corazón en la confianza y en el amor de Dios. El evangelio de hoy es una preciosa lección de vida y de vida cristiana, porque Jesús lo que busca es que se convenzan de que la gran construcción que Él ha empezado en ellos no está terminada, sino que llega el momento de crecer de otra forma: “Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago”.

Esas obras van a seguir sucediendo porque Jesús está en el Padre y el Padre en Jesús, porque si no fuera así nunca se habrían podido hacer los milagros, ni signos ni parábolas, pero como Jesús vive en el Padre desde el principio, porque “el Verbo en el principio estaba junto a Dios y el Verbo era Dios”, ellos siguen en la buena y eficaz compañía de Dios mismo.

Cambia la forma, no cambia la dinámica que han conocido; el plan de Dios es el mismo y sigue su curso. ¿Somos capaces de descubrir esa dinámica en nosotros, en nuestra vida? Porque, el gran peligro que nos acecha es que la tentación de pararnos no tiene edad, no amenaza solamente a los de ochenta, perfectamente lo hace a los de quince, a los de veinte y a los de cuarenta, ni les cuento. Los discípulos eran jóvenes, no eran unos ancianos que, pobres, ya qué van a poder hacer. Pararnos significa poner nosotros las formas, decidir el camino, encontrar en el defecto de otros la excusa, limitar la santidad.

La tentación de decir: “ya hemos hecho suficiente” no tiene edad. Ahora no, ahora que hagan otros, yo a lo mío estoy a salvo, más seguro. Esto es muy común. El otro día decía el papa León: “Hoy la necesidad de seguridad vuelve los ánimos agresivos, encierra a las comunidades en sí mismas, instiga a buscar enemigos y chivos expiatorios. A menudo hay miedo a nuestro alrededor y quizás también dentro de nosotros”.

Jesús quiere seguir siendo nuestra seguridad, pero no a nuestra manera, sino en una entrega como la suya, en una disponibilidad generosa y atrevida, porque así nos identificarán como testigos de Jesús, no como una panda muy simpática o una familia ejemplar, sino como discípulos en camino hacia la casa del Padre.

Cuando san Ignacio de Loyola escribe los Ejercicios Espirituales, que están pensados para un mes, sitúa al principio de la segunda semana, es decir, en el momento en el que el ejercitante ya reconoce a Jesucristo y acepta su salvación, una meditación que denomina “la llamada del Rey”, en la que invita al ejercitante a que no se quede atrás sino que decida seguir a Jesús, ir por su camino, con sus consecuencias. Asumir la responsabilidad en vez de atarse a la nostalgia de lo vivido; con todo lo vivido lanzarse a seguir construyendo el Reino de Dios.

Esto es: “Mirad a las obras”. La Iglesia crece, estas semanas, aquí mismo, se bautizan pequeños, reciben la primera comunión muchos niños, se confirman jóvenes, se unge a los enfermos, aprendemos Biblia, para luego hacer crecer a la Iglesia también en casa, en el trabajo, en el tiempo libre, todos con un destino, el lugar preparado por Jesús, la vida eterna.

No vengamos con el desánimo de los discípulos, demos un paso más, porque lo seguro no es quedarnos en nuestro sitio, es seguir caminando con el Señor.