Santísima Trinidad

31 de mayo de 2026

Santísima Trinidad

Santísima Trinidad

El misterio de la Santísima Trinidad es inabordable sin el don de piedad, uno de los siete dones del Espíritu Santo. Por eso, después de Pentecostés la Iglesia nos sitúa ante la Trinidad.

Decía el papa Francisco que “el don de piedad suscita en nosotros la gratitud y la alabanza… nos hace percibir la presencia del Señor y todo su amor por nosotros, nos caldea el corazón y nos mueve a la oración y a la celebración”. La piedad es un amor que surge de un respeto y un reconocimiento. Al hablar de un amor humano, la piedad se refiere al amor de los hijos hacia los padres, pero al hablar de un amor divino, significa el reconocimiento de la presencia de Dios y el deseo de alargar nuestra relación con Él.

En la primera lectura, Moisés ha guiado a su pueblo hasta el Sinaí pero ya padece la incredulidad de los suyos. Experimenta el rechazo de su pueblo hacia sí mismo y hacia Dios. Y Dios baja, dice el texto, “y se quedó con él”. Le hizo compañía. Moisés supo que Dios le estaba apoyando, fue hombre piadoso y por eso quiso quedarse también él con Dios. Y el consuelo que experimentó fue tan grande que no pudo por menos que pedirle a Dios que no sólo se quedara con él, sino que acompañara siempre a su pueblo: “Si he obtenido tu favor, que mi Señor vaya con nosotros”.

Jesús, que ama así al Padre, con profunda piedad, advertía en el evangelio: “Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”. En su piedad sólo quiere hacer la voluntad del Padre, ofrecerse para que el hombre pueda tener la misma comunión con Dios que el Hijo tiene con el Padre: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con todos vosotros”, decía san Pablo.

El hombre piadoso, entonces, es el que reconoce la presencia de Dios, en el silencio, en la oración, en la celebración, decía el Papa, y además quiere quedarse con Él; todo el tiempo es poco con Dios. Queremos estar, y estar juntos, y sin prisa saborear la comunión que hay entre nosotros. Así Moisés se anima a seguir en la tarea sabiendo que Dios los acompaña y les perdona, a pesar de su debilidad. Donde la falta de piedad genera desafección, desinterés, la piedad ha generado una comunión mayor.

Cuenta Virgilio, en La Eneida, que es la piedad lo que hace que Eneas no se rinda en el asedio de Troya sino que cargue a su padre sobre sus hombros, tome a su esposa, su hijo y algunos más, y los salve de una muerte segura. La piedad permite experimentar, entonces, la necesidad de una comunión para vivir, desde un vínculo con un Dios que es amor, que es Trinidad, establecer una comunión con el prójimo y buscar un bien para él.

Así, la piedad cristiana se hace tan necesaria en estos tiempos que vivimos como la fe trinitaria. ¿Qué tienen que ver? Ser moderno y ser piadoso parecen cosas opuestas, como ser moderno y creer en la Trinidad. El amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, el vínculo poderoso de una sola e igual esencia en la comunión de las tres personas santas tira de nosotros para querer estar un poco más con Dios, y un poco más con los que están con Dios. Le pasa a Moisés, que no sabía lo que era la Trinidad… nosotros, mucho más bendecidos que él, ¿buscamos estar cada día un poco más con Dios? ¿buscamos estar mucho más con Él cada domingo, como hoy, como en misa? ¿valoramos poder reunirnos a reconocer y compartir el amor de Dios?

Lo ilógico es reconocer a Dios Trinidad y a la ve su opuesto, querer ir por libre, como si yo me bastara con los míos. Necesitamos construir la Iglesia cada día en comunión. La piedad en nosotros nos hará mirar a los demás y percibir lo que Dios percibe en ellos. Dice Homero en La Ilíada que también Aquiles renunció a su furia egoísta al recuerdo de su padre: “el corazón de Aquiles, embravecido de furores como el negro mar, se aplacó al instante y sus ojos se humedecieron”. Así, el hombre piadoso piensa en Dios Padre y de repente los demás le importan.

Y aún más, no sólo la Iglesia, también nuestro país necesita de la piedad cristiana. Una piedad que, dice santo Tomás de Aquino, es parte de la justicia, porque ayuda a percibir una especie de paternidad en la patria y a buscar su bien común antes que el mío, rechazando la injusticia, el abuso, la división… y la polarización.

Dice el papa León en su encíclica Magnifica Humanitas: “en esta obra compartida, los cristianos encuentran su propia forma de construir: orientar la acción hacia Dios, para que, bajo su luz, el pluralismo no se disperse en el desorden, sino que se convierta en el espacio en el que la humanidad recupere sus cimientos sólidos y su fin último”. ¿Cómo busco a Dios en la Iglesia? ¿Cómo vengo a la iglesia? ¿Pido a Dios el don de piedad?

Si Dios no me mueve a la comunión, ni es piedad, ni es Dios. Oremos para que la Trinidad haga de nosotros instrumentos de comunión en nuestra familia, en nuestra comunidad cristiana y en el mundo.