La Iglesia presenta en este día el don de Pentecostés con dos momentos y realidades muy diferentes: el evangelio de san Juan que acabamos de escuchar nos sitúa en la octava de Pascua, a la semana de haber aparecido a los once. Es un encuentro íntimo que viene a ratificar a los discípulos y a prepararlos para la misión que van a realizar, una misión que les llevará la vida y que comienza por una acción significativa, perdonar pecados.
Sin embargo, en la primera lectura, san Lucas presenta el don de Pentecostés a los cincuenta días de la Pascua, en la fiesta judía de las Primicias, y por lo tanto en medio de una ciudad de Jerusalén en ebullición.
La Pascua y Pentecostés son misterios unidos, como sucedía el domingo pasado, cuando veíamos que Pascua y la Ascensión son un mismo misterio: la resurrección del Señor nos ofrece la fuerza divina, el Espíritu Santo, que manifiesta la comunión y el perdón pascual recibido de Jesús.
Y si, en la Ascensión, Jesús preparaba todo para una nueva época, aquí nos encontramos lo mismo. Simples hombres, que lo han dejado todo por Jesús, pero débiles, que lo han abandonado e incluso negado, han sido preparados por el Verbo de la Vida, han sido perdonados, para vivir también así entre ellos en el mundo.
Estos pobres hombres han sido transformados por el Espíritu y desde ahora se van a dedicar a hacer memoria del mismo Jesús con su gracia y su perdón. Dice el Catecismo de la Iglesia Católica que “el Espíritu Santo es la memoria viva de la Iglesia”. Cuando tenemos la sensación de que la Iglesia se distrae, o de que nosotros mismos, en ella, nos distraemos, como estaban los discípulos distraídos tras la Pasión de Jesús, es el Espíritu Santo el que nos trae a comunión, el que nos mantiene en la memoria de Jesús.
¿De qué hago memoria yo a lo largo del día? ¿Cuáles son mis pensamientos, mis recuerdos recurrentes, mis constantes repeticiones en el deseo, en la cabeza o en el corazón, quizás también en mis palabras?
Recibimos el Espíritu Santo en Pentecostés para hacer memoria de la acción de Dios, como los discípulos salen a hacer en Pentecostés: estaba allí la multitud de judíos de todas partes, cada uno a lo suyo, y ellos vienen a traer la memoria de Dios, “cada uno los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua”. Nuestra sociedad no quiere guardar memoria de las grandezas de Dios, está cada uno a lo suyo, los del fútbol, los de tiktok, los de la política, los de mi problema este o aquel, y Dios viene a iluminar precisamente esto: en el centro de nuestras plazas y en el centro de nuestra vida tiene su sitio Dios mismo, no perdamos su memoria para que lo ilumine todo y sepamos qué es lo verdaderamente grande y necesario.
Con ese ejercicio de memoria, el Espíritu Santo ilumina un camino a seguir para nosotros. Así hace Jesús en el evangelio: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo… a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”.
En el corazón de la memoria de la Iglesia está que recibe el perdón de Dios, que, en la Pascua, Jesús le ha otorgado el perdón necesario para vivir. O vivimos perdonando, o morimos. Pero, a continuación, no nos va dando respuestas técnicas, soluciones fáciles, todo interpretable al momento, que es lo que nos gusta hacer, a cada uno de nuestros problemas, sino que pone en nosotros todo lo esencial para orientarnos en la vida.
El Espíritu Santo se nos da para hacernos santos, para que tengamos la clarividencia de los santos ante todo en la vida, pero principalmente ante las cosas santas. ¿Cómo reacciono ante las cosas santas? ¿Con fe, con atención, con memoria? Si en lo santo no ponemos nuestra mayor devoción, si ante lo santo que Dios trae a nuestra memoria y que el Espíritu nos mueve a celebrar no actuamos con obediencia y atenta escucha, ¿cómo podremos reaccionar bien e interpretar correctamente las cosas del mundo?
Los laicos estáis llamados a, conociendo lo santo en lo escondido, como los discípulos en el cenáculo, hacerlo presente y recordarlo a todos con vuestra vida, con vuestras palabras y reacciones, gracias a la acción del Espíritu Santo. Esa es la misión que nace en Pentecostés y que os toca llevar a vuestros lugares de descanso, de trabajo, amigos o familiares.
¿Y si no soy capaz, no tengo fuerza, no me acuerdo, no me atrevo, no sé cómo hacerlo? Aquellos pobres hombres aprendieron; tenemos que venir a la Iglesia a que nos fortalezca, a trabajar para aprender también, porque el Espíritu lo tenemos. Tengo que pedir ayuda, un grupo, una formación, un acompañamiento espiritual, una lectura, un compromiso…
El mundo necesita la memoria de Dios para no perderse, nosotros hemos recibido en Pentecostés esa memoria: bendito sea Dios que de nosotros, pobre pecadores, ha hecho portadores de Dios y presencia de Jesús en el mundo para que no pierda la esperanza ante el mal, sino que obre con alegría y con su luz.

