Con los feligreses de la parroquia que asisten a la Escuela de Biblia cada lunes, hemos estudiado este curso este relato del libro de las Crónicas, en el que David lleva el Arca de la Alianza al lugar más alto de Jerusalén, el punto de la ciudad santa más cercano al cielo, la casa de Dios.
Es un relato lleno de belleza y de felicidad, de alegría y de fiesta, en el que se respira una profunda comunión; ha acudido “todo Israel” a la ciudad de Jerusalén, precisamente para mostrar que los hombres quieren estar cerca de Dios, y que la forma de hacerlo es darle a Dios lo suyo, su tienda preparada, una tienda de ellos, para Él; de los hombres para Dios. La música, los cantos, los holocaustos y sacrificios, la elegancia y el orden son signos de una cercanía, de una comunión con Dios.
En su forma de ir tratando con Dios, de ir conociéndolo y obedeciéndole, Israel ha entendido lo cerca que Dios estaba de ellos. En el Arca, en la tierra, en una tienda. ¿Recuerdan qué tres cosas había en el interior del Arca? Dios manda a su pueblo guardar en ella el bastón de gobierno de Moisés, las tablas de la Ley, y una ración de maná. Esos tres elementos significaban que el pueblo reconocía la presencia de Dios con ellos, un Dios que ejercía el reinado, la profecía y el sacerdocio.
Para los cristianos, aquella escena llena de belleza y santidad era un anuncio de lo que celebramos hoy. Aquella escena llevando a lo más alto una caja de madera que contenía la presencia de Dios era un dibujo, una prefiguración, de que aquella mujer que había guardado en su interior la presencia de Dios iba a subir, no a una montaña, sino más alto que cualquier montaña, al cielo. Subir “hacia lo alto”, que diría San Pier Giorgio Frasatti, no es una cuestión de altura, de metros, es una cuestión de santidad, de gracia. Por eso, la que fue “llena de gracia” en la encarnación, a su muerte fue elevada, asunta, en cuerpo y alma al cielo, no al cielo en el que están el sol y la luna, sino a la casa de Dios.
Porque lo que hubo dentro de María es un germen de incorrupción, de asunción. María es elevada al cielo por los méritos de aquel al que ha llevado en su seno. María es elevada por el santo que contuvo en su interior. Y ¿qué se espera de un continente con un contenido tan santo? Que acepte ser vestida de incorruptibilidad, de santidad. Que viva en coherencia con lo que lleva.
No es difícil llevar esto a lo que la eucaristía hace en nosotros. Nosotros nos convertimos en arca que lleva el alimento santo, mejor aún, nos convertimos en el alimento santo, y por eso sólo podemos vivir de una manera, la que ese contenido hace en nosotros. Y así, seremos llevados al cielo, una multitud de todo lugar, como los que iban a Jerusalén a subir el arca, en la primera lectura. Lo natural es ser elevados, lo antinatural, negar la fuerza de la gracia, es hacernos violencia.
Las palabras de san Pablo en la segunda lectura lo explican así: “Cuando esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita”. María ha hecho vida la Palabra de Dios hasta tal punto que, tras su muerte, la corrupción del sepulcro no la alcanzó, pues al que escucha la Palabra de Dios y la cumple, aunque aparentemente las cosas no le van fácil, le alcanza la incorrupción, la divinidad, la eternidad a su existencia.
Aquella antigua historia nos toca. “Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen”: esa Palabra nos reviste de inmortalidad. Merece la pena escuchar esa Palabra para dar altura a nuestra vida. A la mitad de agosto, con todo lo que hemos aprendido de eclipses y de astros en estos días: ¿y de la Palabra de Dios? ¿Cuánto tiempo venimos a la Iglesia a rezar, con sol o sin él, con ola de calor o sin ella?
Hoy es una gran fiesta para la Iglesia porque se le descubre su esperanza: estamos llamados a subir como María, al cielo, con esa multitud. Se dice, en vocabulario más serio, “vocación universal a la santidad”. Pero tenemos que escuchar la Palabra de Dios como lo hizo María para poder revestirnos de la inmortalidad de la Pascua.
El evangelio de hoy nos da una vuelta de tuerca a todos: no basta con mirar al cielo, porque María no sólo ha mirado al cielo, es nuestro modelo de escucha obediente de la Palabra de Dios.
Ya que cualquiera se atreve ahora, a mitad del verano, a recomendar lecturas, ¿cómo no releer cada día, despacio, la Palabra de Dios? También así, si alguien nos pregunta qué hemos leído este verano, tendremos la mejor respuesta: una palabra que se cumple.

