Justo ahora que nos hemos hecho expertos en los movimientos de los astros, llega el libro del Apocalipsis y nos habla de esto mismo, el sol, la luna y las estrellas. Hemos visto en bucle imágenes en las que el movimiento de la luna nos mostraba una hermosa silueta naranja, brillante, que a la vez que tapaba el sol, revestía a la luna de sol.
Desde antiguo los cristianos, al leer este texto del Apocalipsis y de la mujer vestida de sol, en esta mujer veían a la Iglesia. ¿Qué es la Iglesia? ¿Qué tiene que ver la Iglesia con Dios? Y decían: Cristo es el sol de justicia, la fuente de luz, la Iglesia es la luna, ella no tiene luz propia, sino que refleja la luz del sol, o la oculta, según el momento. Tiene un perfil luminoso, pero también un perfil oscuro innegable. Mientras que el sol permanece siempre en su gloria, la luna va pasando sin cesar por fases diversas, las propias de las contrariedades y vicisitudes humanas. Pero nunca perece del todo, al contrario, tras su oscuridad vuelve a restaurarse su integridad.
Sólo siglos después, cuando crece la devoción a la Virgen, los cristianos adquieren también esta perspectiva. María, la mujer que da a luz a su hijo. Y su corona, doce estrellas, es decir, las doce constelaciones del zodiaco por las que pasa el sol a lo largo del año. Son la imagen, en realidad, de todo lo que existe, todo lo creado, todo referido a la visita del sol. María, coronada, como reina, sobre todo lo creado: eso es “la luna por pedestal”.
Así, la Iglesia contempla en María a aquella que habita en el cielo, porque allí ha sido elevada por su fe: “Bienaventurada la que ha creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”. Los cristianos confesamos como una consecuencia segura de “la humildad de su esclava”, que la Virgen María ha sido elevada al cielo, a la derecha de Dios, y participa ya, en cuerpo y alma, como sólo su Hijo Jesucristo, de la gloria de Dios.
En ella se ha cumplido la promesa del ángel que la Virgen canta en el evangelio de hoy: decir que “el Poderoso ha hecho obras grandes por mí” significa esto, que ha alcanzado su santa presencia, o, con otra imagen, que ella está situada a la derecha del Rey. Decíamos en el salmo: “De pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir”. Ofir era un puerto situado en Yemen, desde donde fue la reina de Saba a conocer a Salomón y desde el que este rey constantemente recibía riquezas para construir el Templo.
Pero María es, en palabras de su prima Isabel, “la madre de mi Señor”. En la cultura del pueblo de Israel, la reina no era la esposa del rey, sino su madre, “la señora”, y no se nombraba a sus esposas, sino a sus madres. Ellas tenían un trono en el que podían sentarse a la derecha del rey, como la reina madre, que gobernaba junto al rey, y tenían su propia corona. Así se ha cumplido en María: ella es la reina madre que se sienta a la derecha del rey en el cielo, que recibe su gloria, que recibe su luz.
La imagen de la luna con una corona dorada, que hemos visto estos días en el eclipse, nos recuerda este misterio, que María, una criatura como nosotros, ha sido coronada en lo alto del cielo y brilla ante el asombro de todos, un brillo que no podemos contemplar sin más con nuestros propios ojos, que requiere una ayuda externa para ello.
De aquí nace nuestra esperanza. No hacemos una gran fiesta hoy solamente por lo que ha sucedido en María al final de su vida mortal, liberada de la corrupción del sepulcro aquella que no conoció la corrupción del pecado, en coherencia su concepción inmaculada con su gloriosa asunción, sino porque esa mujer del Apocalipsis es la Iglesia: para aquellos pueblos del siglo I y II que escuchaban esta lectura, la mujer perseguida y victoriosa no era María, era la Iglesia. Ella, que padece la persecución del mal, de Satanás y del pecado, engendra nuevos hijos y así manifiesta hoy su fe y su destino celeste: «Ahora se ha establecido la salvación y el poder y el reinado de nuestro Dios, y la potestad de su Cristo».
Y así redescubre también cuál es nuestro primer criterio en la vida: ¿qué cosas hago, pienso, elijo, que me lleven al cielo? ¿me preparo, no para ver la corona de la luna, sino para compartir la gloria del cielo? ¿Cómo afronto las tentaciones del mal, sus coletazos? La mujer del Apocalipsis permanece en pie, vence, como la mujer junto a la cruz permanece en pie: ¿me dejo llevar por el mal de otros o le resisto y confronto con el bien?
Porque, si el sol que se oculta nos asombra, ¿cómo afrontaremos el día que el sol no se oculte, que brille para siempre el Sol de justicia? Vamos a pedir al Señor que mirar al cielo nos sirva para recordar cuál es nuestra esperanza y nos ayude a elegir no sólo para dar gloria a la humildad de María, una humildad que enaltece, sino para imitarla. La verdadera luz, la verdadera corona, la verdadera sabiduría.

