Si Jesús terminaba el evangelio del domingo pasado lamentándose de la poca fe de Pedro, preguntándole incluso por qué había dudado mientras caminaba sobre las aguas, en el de hoy termina admirándose de la fe de la mujer extranjera, hasta el punto de concederle el milagro que le pedía.
La fe de Pedro no pudo vencer a la tempestad, la fe de la mujer ha podido vencer a la enfermedad. Ante la contrariedad, la fe de Pedro, lejos de agrandarse menguó. Ante el reto que supone para la mujer la negativa de Jesús, su fe, lejos de intimidarla, creció. ¿Es una cuestión de insistencia, de obstinación, la que los diferencia? ¿Qué acompaña la fe de esa mujer para llegar a causar admiración al mismo maestro?
El evangelio supone un encuentro constante de Jesús con todo tipo de personajes a los que expone la Palabra y anuncia el Reino, invitándoles a creer. Jesús llega hoy al territorio fenicio de Tiro y Sidón, al norte de Israel. Sale al extranjero, después de que los mismos judíos hayan rechazado su Palabra. Los deja atrás y se presenta en otro lugar con su mismo mensaje.
Claro, el evangelio de hoy va sobre la fe. Mateo presenta cómo algunos creen en Jesús y otros no. Evitemos todo tipo de demagogias con el evangelio, lo de hoy no va de inmigrantes, ni del pan, ni de nada parecido: va sobre cómo acoger la fe en Jesús.
La soberbia de los judíos, el pueblo al que pertenecía el mismo Mateo, no les ha dejado creer. Están tan seguros después de tantos beneficios divinos a lo largo de los siglos, que, en lugar de servirse de estos para crecer en su fe, prefieren limitar el poder de Dios, negarle el poder de hacerse cercano a todos.
Pero la mujer siro-fenicia se va a servir de su humildad para acercarse a Jesús, pedirle el milagro, y reconocerlo en medio de la dificultad, para dejarse purificar en la prueba y crecer. La soberbia nos maniata, la humildad nos hace crecer. Y, con Jesús, sólo una actitud es la adecuada, porque es la suya, la misma herramienta que Él ha querido emplear para salvarnos.
Así lo resume san Agustín: “Se hace hombre siendo Dios, y el hombre no se reconoce hombre, esto es, no se reconoce frágil, mortal; no se reconoce pecador y enfermo, para buscar, ya que está enfermo, al médico. ¡Y lo que es más peligroso, todavía se cree sano!”
La mujer del evangelio no sólo sabe que afronta una prueba, sino que además sabe que -se lo dice la fe- Jesús está de su parte. Mientras que la soberbia se bloquea ante la respuesta negativa, la humildad abre a la audacia y al bien. Así sucede en nuestra vida: ¿cómo reaccionamos ante una contrariedad, ante algo que no es como lo hemos ya planificado?
Jesús, ante la negativa de los judíos, busca otro camino para anunciar el Reino de Dios. La mujer encuentra un equilibrio entre la humildad y la audacia, entre la fe y la perseverancia. Y la consecuencia es que se afrontan con alegría las pruebas: “los traeré a mi monte santo, los llenaré de júbilo en mi casa de oración”, decía Isaías. En las dificultades y pruebas se manifiesta la cercanía de Dios, que nos va a hacer crecer.
Sólo si nosotros somos el centro, la soberbia inutiliza la fe, la debilita y la hace poco interesante, poco práctica… ya encontraremos otra solución… por las malas. La Iglesia tiene siempre el ejemplo de tantos cristianos que padecen persecución por causa de su fe en el mundo, que no dudan en afrontar la prueba con la certeza de que Jesús no les está poniendo la zancadilla, sino que camina a su lado. Nigeria, Palestina, Nicaragua… en tantos países a lo largo y ancho del mundo, y de la historia, los cristianos han afrontado con valor fe las pruebas. Mi actitud ante las dificultades ¿es constructiva, “Señor, socórreme”, o es destructiva, “se van a enterar”? ¿Quién, en mi vida, es ejemplo de humildad y me acerca a Dios, o de soberbia y lo aleja?
Por eso, la Iglesia siempre que ha leído este evangelio se ha visto reflejada en la mujer que ruega a Jesús. Nosotros somos llamados a la fe desde la gentilidad, no éramos judíos, pero hemos creído en Jesús, por pura gracia. Cuando esto se nos olvida, aparece la soberbia. Cuando lo agradecemos cada día, la humildad expande nuestra fe a más ámbitos de nuestra vida: en mi familia, mis planes de vida, mi concepción de la sociedad, mi vida cristiana, mis relaciones o gastos.
Ojalá nosotros seamos a nuestro alrededor causa de admiración por nuestra fe, como ayer era María para su prima Isabel; ojalá también, en el último día, el Señor nos reciba admirado por nuestra fe, la que permite reconocerlo al lado en las pruebas cotidianas.

