San Pablo deja una máxima en la Carta a los romanos que, de ponerla en práctica, nos facilitaría mucho la vida: “Aborreced lo malo, apegaos a lo bueno”. Ciertamente, podemos creer de tantas cosas que son “lo bueno” sin serlo, que ya dice san Agustín: “Tanta es la fuerza del bien que hasta los malos lo buscan”.
Así que, no queda más remedio que mirar bien lo que de verdad es bueno, de qué forma lo que yo considero que es “mi bien” participa o se relaciona con lo que es plenamente “el bien”.
Por eso, a Jesús no le basta con decirnos que tenemos que elegir el bien, que desearlo de corazón, sino que además nos enseña cómo corregirnos unos a otros para encontrarlo. Hoy rápidamente acudimos a las redes sociales para expresar nuestro desacuerdo con lo que no nos ha parecido bien, y además excusamos cualquier comentario desconsiderado o cruel como un bien social, pero Jesús tiene un proceso mucho más ordenado y serio para los que se llamen discípulos suyos. Si seguimos a Jesús, la corrección fraterna va antes que la reseña de Google.
Pero ¿por qué han de hacerse así las cosas? ¿por qué esta forma de Jesús, tan lenta, tan poco eficaz, tan prudente? Primero ir a uno, luego a dos, luego a un grupo… Es la forma propia de un pueblo reunido en el amor y por el amor. Corregirse, animarse es una consecuencia propia de la vida entre aquellos que somos hermanos por la fe. Los hermanos nos ayudamos y corregimos porque caminamos juntos y tropezamos a menudo. La corrección es algo delicado cuando no hay fraternidad, pero cuando la hay es sencilla, confiada, serena, constructiva.
Y ahí justo es donde va el evangelio de hoy, por eso esas dos partes que parecen tan diferentes tienen mucho que ver: primero el asunto de la corrección, luego el de los que rezan juntos. Jesús está construyendo un grupo, una comunidad de discípulos, y estas dos características las tienen los que forman parte de su grupo: al vivir juntos, se ayudan y celebran unidos. A nosotros, la Iglesia, nos ha unido en Jesús el bautismo. Hay una fraternidad real entre nosotros. Y se manifiesta que formamos parte de ella en cómo nos decimos y nos dejamos decir las cosas.
Cuando, en estos días, reclamamos con insistencia y en verdad una solución justa para Ceuta, lo hacemos con la certeza de que formamos un mismo pueblo, nos importa lo que allí suceda porque nos está sucediendo también a nosotros; con mayor clarividencia deberíamos reaccionar ante el cristiano que sufre, que se equivoca, que no encuentra el bien, a mi lado. A veces nos dan ataques de hipermetropía y somos capaces de descubrir y enervarnos por la injusticia que padece un hermano lejos, pero no nos damos cuenta de la que estamos provocando a otros hermanos que, a nuestro lado, parecen invisibles, no queremos para nada que nos comprometan.
Jesús quiere enseñar a sus discípulos dónde está el verdadero poder y cómo ejercerlo: el verdadero poder no consiste en someter a otros, sino en ayudar al bien, sobre todo al que yerra, y sobre todo al que yerra pero se cree que acierta. Así, no vale con decir “yo hago el bien”. ¿Qué son para mí los otros? ¿Qué son para mí estos con los que comparto banco, misa, hoy, un domingo tras otro? ¿Son espejismos? ¿O son hermanos?
Gracias a que ellos están, Jesús se hace presente entre nosotros. Solos no hacemos presente a Jesús, pero con hermanos, “donde hay dos o tres reunidos en mi nombre”, sí; gracias a los hermanos sabemos con certeza de la presencia de Jesús, “allí estoy yo en medio de ellos”. Y eso nos cambia la perspectiva: no puedo venir a lo mío si el otro es el que me acerca a Jesús.
Cuando vamos a misa, y por eso siempre conviene llegar no a la hora de la misa, sino un rato antes de que empiece, el hecho de ir viendo entrar a otros no es una cuestión matemática, sino creyente: porque estos vienen, Jesús se hace presente. Si venimos a lo nuestro, no hemos entendido aún lo que hacemos aquí.
Cuando Ciro el persa permite a los judíos volver a su tierra para reconstruir el templo de Jerusalén, a Nehemías le toca la tarea de recordarles que lo primero es reconstruir el templo, porque todos se creen que lo primero es lo de cada uno, lo privado, mi bien antes que el bien, y lo primero es, antes que sus casas, sus jardines, sus talleres y negocios, la relación con Dios, pero también con los hermanos, porque el templo es de todos. Y Nehemías les corrige, les ordena deseos e intenciones, les distingue el bien principal de sus bienes secundarios, porque la caridad es constructiva.
Recuerda el Vaticano II que “fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo”. No seguimos a Jesús sin Iglesia, no nos santificamos sin pueblo, no nos salvamos si no procuramos también la salvación de los demás. Vivir la vida cristiana con la perspectiva de ser y necesitar un pueblo es un síntoma de fe madura, de estar creciendo en la fe. ¿Qué significa para mí formar parte del pueblo de Dios? ¿Quién lo nota y por qué? Mi entrada y salida de misa, ¿qué manifiestan? ¿Por quién me dejo corregir?
Todos, hasta los malos buscan el bien; ojalá aceptemos tener cerca de nosotros a ese pueblo que nos ayude a buscar bien, a elegir bien, a hacer un bien que influye en otros, como Jesús enseña a los discípulos.

