El evangelio que acabamos de escuchar es la continuación de aquel del domingo pasado, la confesión de Pedro de que Jesús es el Mesías. Pero hoy, todo lo que era alegría espiritual por aquel acto de fe, se vuelve tormenta: “Tú piensas como los hombres, no como Dios”.
Pedro, que ha confesado que Jesús es el Mesías, ahora debe escuchar qué es ser el Mesías. Porque el concepto de Mesías que tenía Pedro era diferente del que propone Jesús. El Mesías de Pedro, el del pueblo de Israel, iba a triunfar en Jerusalén, a derrocar a los poderes políticos y a ejecutar una esperada venganza. Pero Jesús será Mesías muriendo en la cruz.
Es comprensible la reacción de Pedro, tan humana, pues ha visto a Jesús tratar con las gentes, hacer milagros, predicar el Reino, ha participado en la visión gloriosa de la Transfiguración… ¿cómo no venirse arriba? Cuando las cosas van saliendo, ¿cómo no pensar de la forma más triunfalista, lejos del sufrimiento o de la prudencia?
Por eso Pedro reprende a Jesús, y Jesús responde con una corrección aún más firme a Pedro. No basta con decir “Señor, Señor”, hay que saber qué supone decir algo así. Jesús va a padecer en la cruz, y quien quiera participar de su éxito, debe también participar en su fracaso. Vivimos rehuyendo el fracaso como si fuera la peste, convencidos de que nuestra vida se edifica haciendo cómo y cuándo queremos, sometidos a una tiranía del éxito que no tiene nada que ver con la construcción de la vida buena y menos aún con el evangelio.
Creer a Jesús, seguir a Jesús tiene una forma muy concreta de hacerse: “El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”. San Juan de Ávila advierte a los que quieren el cielo, que ese camino sólo se hace con la cruz a cuestas: “Muchos se acercaban cuando Jesús predicaba en los montes, en el campo y en los templos, y de cuantos le siguieron entonces, no hubo uno que le ayudase a llevar la cruz. ¡Oh mal galgo que siguió a la liebre por el llano y porque entró por unas espinas deja la liebre y se vuelve sin ella! Entra, buen galgo en la zarza, que entonces hallaréis la liebre”.
Seguir al Señor no es sólo venir a misa, o recibir sacramentos, o rezar oraciones. Es perder la vida como la queremos, y encontrarla donde Cristo la quiere, en la zarza de cada día.
Por el contrario, no cogerla es buscar un falso Mesías, como ese que quería Pedro: un Mesías que no padece, ni sabe de padecimientos, ni de pacientes. ¿Mi cristianismo sabe padecer, de padecimientos y de otros pacientes? No querer coger la cruz es no querer coger el amor de Dios porque “es difícil”. La vida del cristiano no consiste en buscar la forma de que sea menos difícil, un cristianismo sin cruz, sin zarzas, sin fracasos, sino en encontrar la forma de asirla con amor, con convencimiento, como una necesidad mayor que respirar a cada instante.
La cruz que salva la vida cuando a ojos del mundo la pierde, no es una memoria cuando nos sobreviene una desgracia inesperada, es la llave para interpretar lo divino en lo cotidiano, en lo sencillo, pensando “como Dios, no como los hombres”, dispuestos a no salvar la vida, sino salvar la cruz. Aunque por eso nos suceda lo inevitable, que Jeremías advertía de forma cruda en la primera lectura: “La palabra del Señor me ha servido de oprobio y desprecio a diario”.
La cruz afecta a la forma en la que hacemos cada día. El papa León XIV advierte en su encíclica Magnifica Humanitas sobre cuatro objetivos a la hora de educar al mundo, de educarnos los cristianos, que, sencillamente, aceptándolos, nos pondrían en el camino de la cruz, manifestarían que no nos guía un deseo individualista, sino que miramos de forma constructiva a nuestro barrio, a nuestro país, a nuestra familia. Esos objetivos concretos son: educar en la sobriedad y en el sentido de los límites, educar en el reconocimiento del derecho del otro, educar en la libertad y en la responsabilidad, y, por último, educar en el sentido de la transcendencia y del bien común.
Desde nuestras propias casas, en las vidas que llevamos cada uno de nosotros, esas cuatro dimensiones, si aceptamos trabajarlas, son una forma de acercar la cruz de Cristo a nuestras vidas. Se los voy a repetir a modo de objetivo, pero también a modo de examen de conciencia: educar en la sobriedad y en el sentido de los límites, educar en el reconocimiento del derecho del otro, educar en la libertad y en la responsabilidad, y, por último, educar en el sentido de la transcendencia y del bien común.
Cuando Jesús reprende a Pedro -y a los discípulos- en el evangelio de hoy, les trabaja en esta generosidad constructiva. ¿Vivo yo así? ¿Me educo y educo a los míos en estas cuatro direcciones? ¿Cuáles son mis puntos débiles, y debo trabajarlos en este curso que empieza? ¿Asumo que son parte de mi cruz, de mi salvación, de mi camino de vida? No sirve de nada llegar del verano triunfalistas por lo descansado o vivido, si no lo focalizamos en la cruz de Cristo, tan olvidada a veces; eso es pensar “como los hombres, no como Dios”.
Acostumbrémonos a rezar ante la cruz, que así podremos reconocerla cuando se manifieste en la rutina de nuestras vidas.

