Domingo XXV Tiempo Ordinario A

20 de septiembre de 2026

Domingo XXV Tiempo Ordinario A

Domingo XXV Tiempo Ordinario A

Este es uno de esos evangelios que, según lo escuchamos, la primera impresión que nos deja es que Jesús alaba una enorme injusticia: ¿cómo va a estar bien pagar por toda una jornada de trabajo lo mismo que por un rato mínimo al final del día? Aunque todos ensalcemos la disposición de los trabajadores de primera hora, parece que Jesús valore más a los de última hora: poco esfuerzo, mismo beneficio, máximo rendimiento.

La reacción de los primeros al final de la parábola es un enfado, lleno de aparente justicia y derecho, tremendamente celosos, pero ¿y los últimos? ¿cómo reaccionarían los últimos al recibir lo mismo que los primeros? En un mundo de pillos, como puede ser -por decirlo amablemente- este en que vivimos, la reacción sería de alegría, de aprovechar la injusticia. ¿Cuál sería nuestra reacción en cada caso?

La del creyente ha de ser un poco distinta. Dice san Juan de Ávila: “Los últimos que vinieron a trabajar debieron de arrepentirse, porque vinieron tarde a la viña del Señor, y debieron dolerse por lo poco que trabajaron, y lo que trabajaron debió ser con gran ansia y con deseo que no se les acabara el día para trabajar más”. Cuando uno encuentra algo que merece la pena, que le ofrece felicidad, que es en realidad de Dios, lo que sale de su corazón no es decir “que me quiten lo bailao”, sino decir “qué pena no haber descubierto esto antes”. “¡Tarde te amé!”, diría san Agustín.

Esto es muy importante porque, en la vida de fe, parece que, si nos invitan a trabajar un poco más, a estirar el día en la viña, a seguir el evangelio, a convertirnos un poco más a Dios, el riesgo es pensar que es excesivo, que Dios pide mucho, pero lo propio es alegrarse por haber podido trabajar un poco más, por haber tenido más día, más fuerzas, más inteligencia, más dinero, para trabajar para Dios, que haberlo hecho menos.

Este es el giro que explica la parábola y que nos ayuda a ver que no hay lugar para el enfado de los primeros trabajadores: el denario que se les ofrece es el Reino de los Cielos. Trabajar en la viña es estar en el Reino de Dios: ¡Los de primera hora llevaban todo el día a pleno sol, con las dificultades del ser cristiano en tantas circunstancias, pero en la seguridad de la casa de Dios! Los últimos trabajadores, además del arrepentimiento por lo que se habían perdido, debían tener también un gran asombro viendo la ceguera de los primeros: ¿Qué más se puede pedir que estar en la viña del Señor? ¿Qué mayor seguridad? Ellos habían perdido las horas, mientras otros estaban en el lugar adecuado.

Los judíos que escuchaban a Jesús contar esta parábola entendieron perfectamente que ellos eran los jornaleros de primera hora, con los que Dios había hecho una primera alianza, y que Jesús les estaba advirtiendo de que con la llegada del Reino de Dios los paganos eran llamados a última hora a unirse a esa viña.

¿Y para nosotros, qué significa esto? Al principio de nuestro día, de nuestra vida, hemos sido invitados a trabajar en la viña del Señor por el bautismo. ¿Y cuál es el trabajo, en qué tarea nos ocupamos los que somos parte de esa viña?

Nuestra tarea es santificar. Somos parte de una viña que está en el mundo, y desde ella tenemos que hacer santo ese mundo. Recibimos de Dios una herramienta de trabajo para trabajar en su viña, el Espíritu Santo, para santificar. Es decir, no para hacer lo que hace el mundo, que no tiene esa herramienta, sino para santificarlo. La forma correcta de realizar esa tarea es en la Iglesia, trabajando juntos, denario en mano. ¿He santificado el domingo? ¿O sólo la última hora?

Por eso, viene bien escuchar esta parábola al principio del curso, en este momento: “id también vosotros a mi viña” es una invitación a trabajar en la Iglesia hoy. No a venir a misa, que eso se presupone por el bautismo.

Un ámbito para no estar ocioso es la parroquia. Aquí se trabaja. No hay excusa de que “nadie nos ha contratado”. Tampoco sirve la excusa de que esperamos a unas condiciones ideales para hacer algo. Si somos conscientes de que estamos en la viña, buscaremos la forma de trabajar. Hay que santificar nuestro barrio, no hacer lo que hacen todos, mirar, hablar mal, quejarse: ¿yo puedo aportar en Cáritas? ¿Puedo ayudar en la gestión de la parroquia? ¿En las tareas administrativas? ¿De la economía? ¿En la tarea de la liturgia o en las redes sociales? ¿En la catequesis o en la formación?

¿Vienes a misa? Pues entonces la parroquia ya te está dando lo mejor que tiene, ¿y tú? ¿cómo aportas? Porque lo que construyamos dentro, nos ayudará a construir fuera, cuando vayamos a casa, al trabajo, con los amigos… Lo que entreguemos, da fruto; lo que nos ahorremos, se pierde.

¿Somos conscientes de la hermosa tarea a la que nos ha llamado el dueño de la viña? Comencemos el curso buscando cómo vivir en la viña del Señor, en la Iglesia, donde aprender a ser y a hacer santos. ¿Colaboro en la santificación de mis hermanos?

A esta tarea fuimos llamados en el bautismo, la más importante hasta que venga el amo de la viña a pagarnos el salario por nuestro trabajo.