¡Qué difícil es engañar a Jesús, hacerle trampas, y cuántas veces lo intentamos! ¿Qué pertenece a Dios? ¿Hasta dónde algo o alguien es de Dios? ¿hasta dónde podemos perder en nuestra vida por Dios? ¿Algo no le pertenece? Esa es la pregunta que, con hipocresía, plantean hoy a Jesús: ¿Cuál es el límite de lo humano con lo divino? ¿Qué parte de nuestra vida no es incumbencia de Dios, sino cosa humana, “del César”?
La Iglesia ilumina esa pregunta razonable, necesaria, que le hacen a Jesús, con una imagen magnífica en la primera lectura, la de Ciro. Ciro, su nombre, aparece más de treinta veces en la Biblia. Treinta veces, un pagano. Uno “del César” en las cosas “de Dios”. Ciro, el gran guerrero del Imperio Persa. Un soldado que pertenecía a un pueblo que no creía en Dios. Al conquistar Ciro la gran Babilonia, concede a los israelitas que vivían allí deportados poder volver a Jerusalén para reconstruir su querido templo.
Así que Ciro fue liberador de Israel seis siglos antes de Cristo. Pero, además, Ciro significa “pastor”. Un pastor liberador de Israel. Como David, pero en pagano. Ciro no conoce a Dios, no cree en Él, pero hace lo que Dios quiere hasta tal punto que los judíos lo llaman “el ungido del Señor”. Ungido, que en hebreo se dice Mesías, y en griego Cristo. A él dice el profeta: “Te llamé por tu nombre, te di un título y tú no me conocías”.
Sucede a veces en la historia que los mejores amigos de Dios no han salido de entre los que creemos en Él. Esto es desconcertante. Seguro que todos tenemos amigos o conocidos que, sin ser gente de Iglesia, no tenemos duda de que son de sus amigos, porque sí son instrumento de su voluntad. La grandeza de Ciro ha sido guiada por los caminos de la verdad y el bien, por encima de intereses particulares, y por eso reconocemos que el Señor “lo lleva de su mano”, decía Isaías.
Ciro no ha considerado su mando, su rango de jefe de los ejércitos, como posesión suya, y al hacer el bien ya ha puesto en práctica “dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Ha pastoreado a Israel de vuelta a casa, tal y como Dios quería, ha servido a Dios.
¿Por qué esta forma de hacer de Dios? Teniendo creyentes, profetas en el destierro, ¿por qué elegir un pagano? ¿por qué conceder semejante mérito a quien no era fiel a la Ley de Dios? Precisamente para esto, para que nosotros comprendamos que el poder y el bien de Dios no están restringidos a sus muchos o pocos fieles. Para que no vayamos a creer que Dios limita su poder o su bondad a lo que los creyentes le dejemos.
Así, Dios ilumina la inteligencia y las habilidades humanas para que, hasta las cosas “del César”, lo que nos pueda parecer más humano, más terreno, puedan ser dirigidas hacia Dios, convertirse en una alabanza a Él, de tal forma que nosotros seamos la moneda que muestre el rostro, no del César, sino de Cristo, que indique que pertenecemos a Dios.
Si el hombre abre su corazón a Dios, Él convierte lo pasajero en algo para el Eterno. El papa León decía en el Congreso de los Diputados que “la libertad moderna ha sido preparada también por una larga educación de la conciencia, profundamente marcada por la tradición cristiana. En esa escuela interior, los pueblos aprendieron que el derecho debe servir al bien, que la justicia pone límites a la fuerza, que el poder necesita legitimidad, que los pobres pertenecen plenamente a la comunidad, que el extranjero debe ser acogido conforme a su dignidad y que la vida humana jamás puede ser tratada como mercancía”.
La luz de Dios guía al hombre no solamente para rezar el Padrenuestro o venir a misa, sino para las decisiones cotidianas. Por eso, “dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” nos interesa a los que ejercemos el gobierno sobre nuestro día a día, sobre negocios, familias, tierras, responsabilidades, ahorros, tiempos o habilidades. Así puedo hacer que lo “del César”, entregado al César, también agrade a Dios. ¿Cómo gobierno sobre estas realidades terrenas? ¿En verdad y para el bien, o aferrándome a algunas de ellas?
El Domund que hoy celebra la Iglesia nos recuerda esta actitud ante la vida: vivimos llamados a dar a Dios lo que es de Dios; Él nos ilumina para gobernar cada día según el evangelio, y mueve los corazones de muchos para ir lejos, pero con la certeza de que van a sembrar esa conciencia evangélica; una siembra esforzada, sacrificada, pero fecunda, porque ayuda a que muchos que buscan el bien y la verdad, como Ciro, conozcan y crean en Dios. ¿Somos conscientes de la necesidad de testigos de Dios que tiene nuestro mundo? La misión a las gentes es un compromiso de la Iglesia que nos recuerda a aquel que nos ha enviado.
Pidamos al Señor que sepamos darle lo que es suyo, que no queramos engañarle. Que nos guíe por el camino del bien, dispuestos a hacer de nuestra vida una entrega generosa, honrada y agradecida.

