Domingo VI Pascua A

10 de mayo de 2026

Domingo VI Pascua A

Domingo VI Pascua A

Los discípulos debieron entender todavía menos que nosotros esta forma de hablar de Jesús: “yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros”. Si Jesús les anuncia que les va a dar el Espíritu Santo para comprender, ¿por qué no se lo daba directamente? Así les ahorraba la incomprensión y la impaciencia.

Decía un autor antiguo: “¿Por qué no vino sobre los discípulos el Espíritu Santo cuando estaba todavía Jesús entre ellos? Porque el sacrificio todavía no había sido ofrecido”. A menudo nos cuesta entender, sobre todo cuando queremos algo, que las cosas tienen su tiempo, su orden…

En el evangelio de hoy, aún Jesús se está despidiendo de los discípulos. La comunión entre el cielo y la tierra, rota por el pecado, se restablecía por la Pascua, la muerte y resurrección de Jesús, pero también por su ascensión al cielo y, entonces sí, el envío del Espíritu Santo. Aún no ha terminado el intercambio, “el sacrificio”, decía este autor. Mientras el Señor, muerto y resucitado, no abra las puertas del cielo, de ese lugar que iba a prepararnos, tampoco hay posibilidad de que de allí nada pueda venir de Dios a nosotros.

Para que no podamos decir que Dios es una realidad distante, alejado de nosotros y de nuestras cosas, precisamente para eso, conviene que se vaya Jesús, y entonces enviará el Espíritu Santo, y se cumplirá que “yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros”. Juan nos desvela hoy cómo la intimidad entre Dios y nosotros se da por la Pascua y Pentecostés: Dios en nosotros, nosotros en Dios.

Hasta tal punto esto es así que lo que sale de nosotros cuando se nos da Dios es lo que Dios es, que es amor: “el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré”. La prueba evidente de que el Dios que es amor ha entrado en nosotros, de que estamos en comunión Dios y cada uno de nosotros es que lo que sale de nosotros es amor. Lo que sale de nuestras acciones es amor. Lo que sale de nuestras palabras es amor. Hasta lo que sale de nuestros teléfonos móviles y de nuestros mensajes es amor. Y si lo que sale no es eso… es que no hemos dejado entrar el amor de Dios.

Ese Paráclito, ese Espíritu del Padre es nuestro defensor, que habita en nosotros para protegernos cuando lo que quiere salir de nosotros no es amor. Ese Espíritu de la verdad, que decía Jesús, cuando habita en nosotros, hace que lo que salga de nosotros sea la verdad, no la mentira.

Tiene una forma de defendernos muy especial, porque no nos defiende desde fuera, donde todo es vanidad y apariencia, sino que nos defiende en el corazón, para que no lo dañe el mal ni lo arrastre al mal.

Así, el Espíritu Santo no rechaza los disgustos, la soledad, los ataques, la cruz… El Espíritu trae a nuestro corazón la presencia de Cristo. Y eso es definitivo: Cristo ha pasado la prueba del rechazo, de la persecución, de la injusticia, de la traición, del dolor, de la soledad, y sabe bien que sus discípulos no deberán luchar con las armas del mundo, que no vale el abuso, la trampa, la mentira, el insulto, sino que sus armas son la Palabra de Dios, los mandamientos, su amor y su presencia; que sus discípulos no buscan los objetivos del mundo, el aplauso inmediato, salirse con la suya, identificar “mi justicia” con “la justicia”.

Cuando el mundo trata de ahogar la presencia de Dios en nosotros, el Espíritu nos recuerda: no, eres de Dios, vive escuchando a Dios. Y en ese ahogo, nos da la certeza de Dios con nosotros. No es cristiano querer vivir sin problemas ni querer resolver nuestros problemas sin Jesús, es cristiano querer que Jesús viva en medio de nuestros problemas. ¿Cuáles son mis armas, mis herramientas en la vida? ¿Cuáles son mis objetivos? ¿En ellos, Dios es un medio o un fin?

El Espíritu Santo obra en nuestra conciencia para, decía Jesús en el evangelio, conducirnos a la verdad. Dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “En la formación de la conciencia, la Palabra de Dios es la luz de nuestro caminar; es preciso que la asimilemos en la fe y la oración, y la pongamos en práctica. Es preciso también que examinemos nuestra conciencia atendiendo a la cruz del Señor. Estamos asistidos por los dones del Espíritu Santo, ayudados por el testimonio o los consejos de otros y guiados por la enseñanza autorizada de la Iglesia”. Cuanto más nos creemos fuertes por nosotros mismos, más lejos estamos de Dios y más necesitamos su luz para arrepentirnos, para confesarnos y para convertirnos.

El lenguaje del Espíritu busca unirnos a Dios, pero el lenguaje del mundo busca que olvidemos a Dios. El Espíritu busca que encontremos a Dios en lo que nos pasa, el mundo busca que rechacemos a Dios ante lo que nos pasa. El Espíritu busca que yo afronte todo en mi vida creyendo en Dios, el mundo busca que yo deje a Dios al margen de determinadas decisiones para cargarme de razones. El hombre tiende a forzar las cosas del mundo, Dios busca serenarnos en ellas, generar confianza, ponernos en verdad.

Pidamos al Señor que nos conceda su sabiduría y que nos anime a rechazar las fuerzas que nos alejan de Él.