Por cosas de la Providencia, la Iglesia retoma las lecturas del ciclo dominical recién concluida la visita del Papa a nuestro país y así, de alguna forma, ilumina los días vividos con estos textos tan oportunos: los gestos amables que hemos contemplado esta semana, las palabras sabias que hemos escuchado en ámbitos y a públicos tan diferentes, son un signo de cómo Dios guía a su Iglesia. A ella se le pueden aplicar hoy perfectamente las palabras del libro del Éxodo: “Vosotros habéis visto lo que he hecho con los egipcios y cómo os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí”.
El pueblo de Israel sale de Egipto sin la experiencia de la libertad, sin saber volar. “Sobre las alas” el águila lleva a su volantón en sus primeros intentos de vuelo, para asegurar que viva. Dios habla a su pueblo para que tome conciencia de cómo ha sido cuidado al “echar a volar”, los cuida para que aprendan la libertad, porque la libertad no se sabe, se aprende.
De esto habló el Papa León en el Congreso de los Diputados, aunque no es un tema sólo para ilustrísimas señorías, es un tema para todos. ¿Cómo ser libres? ¿Cómo afecta Dios y creer en Dios a nuestra libertad, es una amenaza o es un seguro para ella? Decía el Papa que el marco que nos hace entender nuestra existencia es que Dios nos cuida, que es el viento que, bajo nuestras alas, nos equilibra para que no caigamos en la tentación de una falsa autonomía, como si por tener cierta edad, o cualquier otro don, Dios fuera una amenaza o una incomodidad.
Tendemos a entender por libertad mantener nuestros biorritmos, horarios o elecciones. Pero, decía el Papa, “ser libre no significa únicamente estar libre de coacciones o disponer de muchas posibilidades de elección; significa poder reconocer el bien y adherirse a él responsablemente”. ¿Somos capaces de afrontar pasar del bien que tenemos a mayor bien? La libertad siempre que siga a la gracia de Dios, querrá ir de bien a bien mayor, y nos hará más libres y santos. Pero si se le enfrenta, si no confiamos en las alas de Dios, la experiencia demuestra que no somos más libres: perdemos la libertad y nos descubrimos sometidos a las modas y deseos de otros.
Moisés llevó al pueblo desde las ollas llenas en Egipto al humilde maná por el desierto, pero lo hizo más libre, lo condujo a un bien mayor, más propio y digno. ¿En qué ámbitos de mi vida me aferro a un bien que sé que no es mayor, que sé que, en conciencia, me pide seguir dando pasos?
Aprender la libertad es también superar aquello que me hace decir “no” a Dios y a lo que es de Dios. ¿Puede ser mejor mi relación con mi mujer, puedo tomarme más en serio mi trabajo o mi estudio, puedo cuidar más la misa dominical? Cuando hacemos así, emprendemos la búsqueda de la verdad, cimiento de la unidad, con Dios y entre los hombres.
Y el síntoma que manifiesta que este proceso de crecimiento se está dando en mí, es que experimento una alegría interior mayor cuando me entrego, me niego, acepto lo de Dios sobre lo mío.
Pues de esto mismo nos hablaba el evangelio de hoy. Jesús ve a su pueblo exhausto, creyendo que Dios es todo o que no es nada, y entonces se encarna, se hace uno como nosotros para poder acercarse a nosotros y guiarnos: “al ver Jesús a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor»”.
¿Qué hace Jesús para curar, para guiar a las muchedumbres? Les envía a los doce. La elección y el envío de los doce es un signo de la protección divina, de su compasión por los extenuados y abandonados, de su deseo de darnos libertad. Jesús envía a los doce, cosa que sigue sucediendo porque esta semana nos ha enviado al primero de los doce, “el primero, Simón, llamado Pedro”.
Dice san Jerónimo: “Todo lo que Jesús hace lo realiza con su poder de Señor; ellos, si hacen algo, confiesan su debilidad y el poder del Señor”. Su presencia es un recuerdo de nuestra debilidad así como de la necesidad que tenemos de ser pastoreados.
¿Qué me dicen las palabras de Pedro? El Papa no ha venido sólo a hablar a los políticos o a los jóvenes. No sólo ha venido a decir: “ha llegado el reino de los cielos” a otros, sino que es buena noticia para mí. Que el sucesor de Pedro nos confirme en la fe conlleva que nos confirme en la llamada a la conversión a esa fe en frutos de vida.
Así, su presencia entre nosotros es también una responsabilidad doble: la propia conversión y el envío a los otros. Es una llamada a la confianza y a la corresponsabilidad, porque todo don conlleva una responsabilidad, porque Dios amplía nuestra libertad a la vez que le ofrece una mayor alegría, más estable, cuando viene a nosotros, cuando nos habla: es hora de afrontar sin miedos ni desconfianzas nuestra responsabilidad mayor en la Iglesia, nuestro compromiso con la santidad en el mundo, pues “gratis recibisteis, dad gratis”.

