El papa León XIV nos provocaba hace un mes en Madrid: “estamos llamados a preguntarnos qué es lo que hoy sembramos, qué es lo que florece y qué se marchita silenciosamente en nuestra sociedad; qué valores estamos preservando y cuáles estamos dejando morir”.
Durante los dos próximos domingos, las parábolas sobre la siembra nos recuerdan esta invitación del Papa sobre qué es lo que nosotros aportamos en nuestra vida, porque todos sembramos, como Jesús advierte que todos los terrenos son sembrados; sembramos en nuestra casa, en el trabajo, en el descanso, con nuestra familia y con nuestras palabras o silencios. Con nuestra siembra, nos tenemos que preguntar “qué valores estamos preservando y cuáles estamos dejando morir”, qué ayudamos a que permanezca y qué se ahoga.
Porque, la parábola del sembrador tiene como primera intención esta misma: la esperanza del sembrador está por encima de las dificultades de ciertos terrenos, de determinados ambientes. La esperanza del sembrador es tan grande que no tiene ningún miedo a derrochar para que dé fruto aun aquello que no parece que vaya a dar fruto.
El sembrador sabe que una parte de su trabajo va a quedar estéril, y sin embargo eso no le echa atrás a la hora de aportar lo mejor, de sembrar lleno de ilusión, con amplia mirada. ¿Qué pasaba por nuestro corazón al escuchar la insistencia del sembrador en cada terreno? ¿Nos invadía una mirada práctica, sobre lo absurdo de su esfuerzo, o una admiración esperanzada, ante la mezcla de inocencia y devoción por su sacrificio?
En la acción del sembrador está escondida la confianza que le motiva y que describía Isaías en la primera lectura: “así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía”. Jesús anima a sus discípulos con esta parábola, pues no habla sólo de Él, sino también de ellos y de cualquiera que busque hacer de su vida una siembra del evangelio y del bien, también habla de nosotros en nuestra vida, para que no le tengamos tanto miedo a no obtener la máxima eficiencia, como si nuestra vida fuera un electrodoméstico sin alma, y sí se lo tengamos a no derrochar el máximo esfuerzo y el máximo interés en una siembra del Reino de Dios, aquí o en la playa, en verano o en invierno.
Esto no es propio de nuestro tiempo, que quiere resultados y frutos, los quiere ya y los quiere abundantes, para poder así considerar que nuestro trabajo ha merecido la pena, para evaluarlo en función del éxito, pero la parábola del sembrador nos advierte que lo realmente grande es sembrar la Palabra de Dios, y que tendremos que vivir preparándonos siempre para fortalecer nuestra esperanza y comprender que esta es nuestra tarea.
Nos intentamos convencer unos a otros que cada vez más gente va a misa, que cada vez más gente cree en Dios, que hay una ola moderna y religiosa a la vez, como si eso fuera la motivación que nos anima a seguir: la parábola nos advierte que la motivación es que la semilla que sembramos es el Reino de Dios, es Jesucristo, independientemente de lo que recojamos o de lo que dejemos de recoger.
La parábola del sembrador no es un canto al éxito, sino a participar en la misión. Y sitúa la lógica del evangelio por encima de una lógica práctica, como si el evangelio sólo fuera para situaciones favorables o desesperadas. “¿Qué es lo que hoy sembramos?”, preguntaba el Papa. ¿Sembramos la predisposición al bien o al mal? ¿Sembramos la equidistancia entre una y otra? ¿Sembramos el atractivo del evangelio, de la santidad? ¿Sembramos la ilusión por vivir y anunciar el Reino, o porque la misa acabe pronto? ¿Sembramos que hay mucho que hacer o que no es tan importante sembrar?
El sembrador de la parábola, así como los que la escuchaban, que sabían de lo que Jesús hablaba, entendían que Jesús les estaba motivando a vencer el bienestar del mundo para implantar el bienestar de la santidad, mucho más constructivo, más esperanzador y mucho más fortalecedor que el éxito. No es que el resultado, la meta, den igual, es creer que lo nuestro es buscar el Reino de Dios, “lo demás se os dará por añadidura”.
Todo esfuerzo por el evangelio merece la pena, porque refleja lo que Dios se ha esforzado por sembrar en nosotros, en cualquier circunstancia, en cualquier terreno de nuestra vida. ¿Qué terreno tengo que sembrar hoy? ¿Los hijos, los nietos, los amigos? ¿En qué condiciones?
Que Dios ponga en nuestro corazón esa esperanza del sembrador, que no encoge su corazón ante las dificultades o probabilidades, sino que confía en la fuerza de la semilla y se prepara para aportar lo mejor en toda circunstancia, da igual si da fruto “ciento, sesenta o treinta”.

