Domingo XIV Tiempo Ordinario A

5 de julio de 2026

Domingo XIV del Tiempo Ordinario A

Domingo XIV Tiempo Ordinario A

Seguro que recuerdan el Cántico de las criaturas de san Francisco de Asís, en el que Francisco va recorriendo los elementos de la creación y, a la vez que los va llamando “hermanos”, va alabando –“loado seas mi Señor”- a Dios su creador. En ese cántico, de uno de los elementos dice Francisco que es “humilde”. Humilde, como dice el Señor de sí mismo hoy: “aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. ¿Recuerdan cuál? “Y por la hermana agua, preciosa en su candor, que es útil, casta, humilde: ¡loado, mi Señor!”

¿Cuál es la “humildad” del agua? El agua siempre va buscando su nivel más bajo. Los ríos buscan los lagos, los mares, bajan y bajan; hasta el final de su recorrido todo lo que hacen es bajar.

Esta humildad nos sirve para comprender también la humildad de Jesús, porque, un tipo que se dice Dios, ¿dónde está su humildad? Humilde no consiste en decirse pequeño, que puede hacerse por falsa modestia, ni en sentirse pequeño, que puede ser por un déficit de autoestima, ni tampoco en ser pequeño, pues cada uno es como es. El humilde tiene que hacerse pequeño, tiene que bajar, como el agua humilde: Jesús, que tenía la forma de Dios, se rebajó hasta hacerse esclavo. Así dice la carta a los Filipenses.

La voluntad de poder de Nietzsche lo ha impregnado todo en nuestro mundo, y hasta a los que vivimos en la Iglesia, con el ejemplo del Señor, la tentación de creer que tenemos que ser cada día más fuertes e importantes, que no nos puede faltar la razón en nada y que nosotros ya hacemos lo que debemos y los demás existen para ratificarlo, son el pan nuestro de cada día.

Pero el humus, en latín suelo, del que proceden el homo, es decir, el hombre, y la humilitas, la humildad, nos dice que la verdad de nuestra vida está en saber vivir con los pies en el suelo, en que nuestra vida sea consciente en todo momento de cuál es nuestra realidad, que no se deja ensalzar por alabanzas o piropos, ni se desanima por las críticas u ofensas.

Nuestra condición natural es la humildad, que es, a la vez, la más sana y terapéutica, porque siempre busca con realismo, mira con verdad, y se deja llevar por el servicio al prójimo, ayudar a crecer a los demás, desea construir con buen ánimo y comprensión.

Todo esto, en Jesús es fácil de ver, pero ¿cómo aprenderla nosotros? Viene bien fijarse en cuándo Jesús dirige en el evangelio de hoy estas alabanzas al Padre: Jesús viene de fracasar con su predicación en Corozaín, Betsaida y Cafarnaúm. Y Él, que es Dios, que ha bajado solamente para que escuchen su mensaje y se salven, en lugar de mirarlos con desprecio, baja más, y alaba al Padre porque “así te ha parecido bien”.

Es decir, para practicar y alcanzar la humildad es necesario dejarse aconsejar, dejarse corregir, fracasar, no deprimirse ni enfadarse por ello, sino aceptar esa situación como ocasión de alabar a Dios: “loado seas, mi Señor”, porque “así te ha parecido bien”. Ese realismo es el principio de la humildad y de comunión en la familia, el matrimonio, con los compañeros de trabajo, con quien nos da la espalda o nos ha decepcionado.

Y, aunque en muchas ocasiones Nietzsche nos siga tratando de engañar, la vida no va de quedar por encima de todos, sino de ganar la vida eterna, de acoger la Palabra de Dios, de elegir bien: y de todo eso, saben infinitamente más los humildes que los poderosos, los incorregibles, los que ya no creen tener que aprender. ¿Dónde estoy yo?

Pero, aún nos queda una última pregunta fundamental por hacernos: ¿Y por qué es tan necesaria esa humildad? El mundo parece que vive sin ella, busca el éxito, la influencia, el enchufe… ¿Para qué es tan importante? Pues porque el fruto principal de la humildad es que permite escuchar la revelación de Dios, creer en Dios: “has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños”. Sin humildad no hay vida cristiana, no hay humus, hay “cosas”, costumbres, folklore, no fe.

Y esos “pequeños” no son los niños, ni los tontos, ni los simples, de tal forma que los listos, los adultos, los autosuficientes ya están por encima de estas cosas… el evangelio nunca condena la sabiduría, condena el orgullo. Los pequeños son los que dejan poco sitio al pecado, a la malicia. Los pequeños saben que aún queda mucho por bajar, por aprender.

¿A quién me acerco yo, entonces? Los soberbios y engreídos estropean lo bello, no valoran las virtudes auténticas, se hacen ridículos en su deseo de subir, de ser intocables. Jesús nos ha enseñado a bajar. Los que se afanan en subir, en mirar por encima del hombro, no han entendido que los mejores puestos no se reparten aquí, aquí sólo bajamos. Cuando bajamos, encontramos el descanso y la paz grácil de Jesús.

¡Cuánto tenemos que aprender de estas sabias palabras “loado seas, mi Señor”, “Padre, así te ha parecido bien”! Bajando encontraremos a Jesús, subiendo lo perderemos pronto de vista.