Pentecostés - Misa de víspera

23 de mayo de 2026

Pentecostés – Misa de víspera

Pentecostés - Misa de víspera

Desde muy antiguo, cuando los cristianos leían el episodio de la torre de Babel en el libro del Génesis, inmediatamente lo relacionaban con Pentecostés. Para ellos era el contrapunto perfecto. Babel es el espíritu de la dispersión, que es consecuencia de la pretensión del hombre de ser Dios por sus propias fuerzas. Vamos a alcanzar a Dios levantando una torre todo lo alta que sea necesario. “«Vamos a preparar ladrillos y a cocerlos al fuego». Y emplearon ladrillos en vez de piedras”.

Allí en Mesopotamia no había piedras, pero encontraron una herramienta para superar esa dificultad, crearon el ladrillo. Hoy muchos, sin ladrillos ni piedras, levantan su torre con cualquier cosa o habilidad que los privilegie y ensalce sobre los demás.

La confusión le viene al hombre de su pretensión de ser Dios por sí mismo. Y entonces no nos entendemos, ni aunque hablemos el mismo idioma. Cuando el hombre hace lo que quiere sobre lo que debe no se entiende en el mundo, ni en la sociedad, ni en casa, ni en misa. Es una actitud separatista, disgregadora, desesperanzadora. Así no ayudamos ni nos ayudamos.

Dios puede buscar, entonces, la manera de que ese edificio que construimos fracase, para que no nos hagamos daño ni se lo hagamos a los demás; a veces es bueno experimentar que parece que Dios no quiere lo que nosotros queremos, que no nos entendemos, que queremos cosas diferentes y, peor aún, que Dios no trabaja con nosotros, que nos confunde como a los de Babel. La cuestión es si, entonces, pensamos que se equivoca Él o que nos hemos equivocado nosotros.

Decía el salmo: “El Señor deshace los planes de las naciones, pero el plan del Señor subsiste por siempre”. ¿Qué hace Dios? Dios siempre hace nuestro bien. ¿Cuál es ese plan, esa propuesta de Dios? Pentecostés: “el Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos pedir como conviene”, así decía san Pablo en la segunda lectura. El Espíritu llena los corazones de los fieles, busca que no nos empeñemos en salirnos con la nuestra, que eso es querer ser Dios, construir nuestra alta torre, y propone algo mejor a nuestra alma, mucho más necesario: «El que tenga sed, que venga a mí y beba el que cree en mí».

El plan de Dios es que el vínculo con Dios no lo busquemos por nuestro propio camino, sino que sea Él mismo el que nos lo ofrezca, y lo pone en lo profundo de nuestro ser: “Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos”. Pentecostés nos saca de nosotros mismos para que no pongamos nuestra confianza en las cosas mundanas ni en los pensamientos o deseos pasajeros, venciendo el materialismo más indisimulado, el de querer cosas, dinero, personas que me sigan, copien u obedezcan, o el más sutil, el que busca ser reconocidos en nuestro bien, alabados por nuestro camino.

Así, Pentecostés es necesario para nuestra sociedad de hoy, precisamente porque propone ir a lo profundo del hombre, no a cualquier cosa que pasa por delante de nuestros ojos o de nuestro pensamiento, sino a lo que Dios ha puesto en lo profundo de nosotros. Digamos que, más que subir hacia arriba, construir hacia lo alto, la propuesta de Pentecostés es justo hacia abajo, hacia dentro, para poder descubrir ahí a Dios.

Por eso, Pentecostés es unificador, sintético, esperanzador, porque nos dice que Dios está en nosotros y viene en nuestra ayuda cuando tenemos sed si creemos en Dios y no en las cosas. Y ¿por qué es así? Porque Pentecostés es el don del Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que decimos en el Credo; es Dios mismo, la vida eterna. Es nuestra ascensión, pero no se hace empeñados en subir, sino aceptando bajar.

Y esto, estará pensando alguno, es muy difícil para nosotros. Sólo se puede creyendo en Dios: «El que tenga sed, que venga a mí y beba el que cree en mí».  Cuando Jesús da el don del Espíritu a sus discípulos, reunidos en el cenáculo, que es el evangelio de mañana domingo, les da la fuerza divina para elegir lo divino, no lo humano, para acoger a Dios, no para conseguirlo. Tenemos tantas cosas, que la tentación es querer a Dios como uno más entre lo que tengo, y Dios no se da si no aceptamos que sea lo primero en nosotros.

¿Cuáles son mis objetivos en la vida? ¿Qué edificio estoy construyendo yo? ¿Y cuáles son los elementos que estoy empleando? ¿Qué lugar ocupan los demás en esa construcción? ¿Estoy más cerca de Babel o de Pentecostés? ¿Los demás dirían de mí lo mismo?

Acaba la Pascua, es momento de examen de conciencia, dedíquele quince minutos en silencio, en oración, a esta Pascua que acaba. Les doy una pista, para terminar: el Espíritu en Pentecostés funda y unifica la Iglesia, y es en ella donde nos conduce a la santidad, a lo alto de verdad.