Virgen del Carmen

16 de julio de 2026

Virgen del Carmen

Virgen del Carmen

Muchos pueblos y aldeas de nuestra geografía comienzan su temporada estival con la fiesta de la Virgen del Carmen, las procesiones por tierra o por mar con la imagen de la Madre de Dios, y la concluyen con la fiesta de la Exaltación de la santa cruz, a mitad de septiembre, como si la misma naturaleza y el ritmo solar nos quisiera recordar cada año lo que hemos escuchado en el evangelio de hoy, que “junto a la cruz de Jesús, estaba su madre”.

El monte Carmelo, al norte de Israel, que da nombre a la advocación mariana que celebramos, une también la tierra y el mar, el desierto hacia el interior y la costa mediterránea, siendo así un lugar de gran belleza. Carmelo significa belleza, y la belleza del Carmelo es la belleza de María, en ella se une el ser Virgen y Madre, la esterilidad del desierto y la fecundidad del agua, del mar y de la lluvia, de la que nos hablaba la primera lectura.

La hermosura del Carmelo, la belleza de María parece algo inadvertido para el mundo, sin interés ni influencia, sería como esa pequeña nubecilla que veía el criado del profeta Elías en el horizonte, sobre el mar, algo innecesario. ¿Qué aporta a nuestra vida? ¿Para qué nos sirve? ¿La necesitamos en alguna medida, aunque sea pequeña?

El papa León XIV decía unos días atrás en Las Palmas de Gran Canaria: “Que Nuestra Señora del Carmen despierte en todos nosotros la valentía de la misericordia”. Como auxilio de los navegantes, de los que viven a la deriva, incapaces de encontrar buen rumbo, ya sea de manera material o espiritual, a la Virgen del Carmen pedía el Papa “la valentía de la misericordia”; ella que ha permanecido al pie de la cruz, dolorosa, valiente, llena de misericordia, puede ofrecernos una caridad de corazón más necesaria… que el agua de la lluvia.

“Ahí tienes a tu madre”, que escucha Juan, es la advertencia del cuidado materno, que hizo que él, “desde aquella hora, la recibió como algo propio”. ¿En qué consiste la protección de María a sus discípulos, que nosotros recibimos desde la cruz “como algo propio”? En la valentía de la misericordia, no perder el amor ante el mal y la injusticia, guardar el amor de Dios en toda circunstancia, junto a la cruz de Jesús.

Todavía los hay que piensan que la cruz, o el escapulario, o la fe misma, es un amuleto, un escudo insuperable, pero esa protección que aprendemos con María consiste en la certeza de no quedar desesperanzados ante el mal, de no reaccionar inmisericordes ni indiferentes ante el sufrimiento o las necesidades del prójimo; es la protección de no acomodarnos cuando otros están mal, sino de estar junto a ellos.

Junto a la cruz, la Iglesia reconoce en María esa protección. Cuando Antonio Gaudí proyecta la Sagrada Familia, tiene la intención de representar hacia fuera lo que se celebra dentro, de que todo lo que sucede en su interior salga visible al exterior. Y cuando decide coronar la torre más alta, la torre de Jesucristo, con una preciosa cruz, que con su luz ilumine a los navegantes -porque la cruz es el faro de nuestra vida- la sitúa en la misma vertical del altar del templo, y encima del altar una cruz.

Porque la ofrenda que los hombres elevamos a Dios sube al Padre por el misterio de la cruz. Dios nos ofrece su protección desde la cruz, dándonos en ella “algo propio” para cargar sobre nuestros hombros. Cuando el cristiano contempla la cruz, contempla el signo de protección divina frente al mal, a la indiferencia, a la injusticia: los que comemos la eucaristía, no podemos olvidar que esta nace de la cruz, y eso nos compromete a estar junto al débil, al que sufre, al que está solo o triste. ¡Cuánto necesitamos contemplar la cruz, perseverar junto a la cruz, como María, frente a la tentación de lo fácil y lo cómodo! Eso no es un castigo, es bello como el Carmelo, la unión de lo fuerte con lo débil, de Dios con nosotros.

A nosotros, a la Iglesia le va mal lejos de la cruz, ya sea el ambiente social o político favorable o adverso, la Iglesia aprende de María y de Juan junto a la cruz, a contemplar en ella nuestra salvación. Por eso, cuando vamos eligiendo -jóvenes o adultos- lejos de la cruz, nos vamos alejando serenamente de Dios, llevados a la deriva, y necesitamos la luz de la cruz para que ilumine lo que no está bien en nosotros, para que no busquemos consuelos que la oculten. La belleza de la Virgen del Carmen está en la paradoja de la Virgen Madre, pero también en la paradoja de que la cruz no afea, sino que embellece nuestra vida. ¿Cómo reacciono ante la injusticia o el mal? ¿Vivo dispuesto al bien? ¿Encuentro en la cruz un tesoro de belleza o algo para dar pena, y por lo tanto que es mejor rehuir?

En la cruz, la Iglesia entra en la comunión de fe y de amor de María y de Juan. Ofrezcamos a nuestro barrio esto mismo, una comunión, que brota de la valentía de la misericordia.