Dice san Ireneo de Lyon que Dios lo crea todo con dos manos, que son el Hijo y el Espíritu Santo. Con ellas, no solamente despliega toda la creación, sino que la guía de forma providente. Así, al decir el salmista “abres tú la mano y sacias de favores a todo viviente”, nos ofrece una imagen tan gráfica como acertada de describir nuestra realidad, incluso cuando circunstancias como los incendios que vivimos en nuestro país nos hagan percibir que el mundo se destruye y no recuperará su belleza.
Dios abre su mano, sus manos, para crear, y así las mantiene, en movimiento, como un director de orquesta, para sostener en armonía lo que parece perderla. Y así, lo que contemplamos, lo que vivimos, se convierte en un reto precioso: ¿Dios mantiene sus manos abiertas, activas y creativas, cuando lo que nos parece ver es el fin de la belleza, de la verdad, de la vida? ¿Cómo lo hace, cómo lo podemos afirmar?
Miremos al evangelio de hoy: dice san Jerónimo que “cuando el Señor parte los panes, abundan los alimentos. Si hubieran permanecido enteros, si no hubieran sido cortados en trozos ni divididos en cosecha multiplicada, no hubieran podido alimentar a una multitud tan grande”. El truco está en partir: Dios no cierra la mano, no se aferra a lo creado, como el que no quiere dejar escapar nada aun a riesgo de ahogarlo. Dios abre sus manos, con las que toma los panes, pronuncia la bendición, los parte y los da, y nos enseña que, frente a la tentación vivir seguros por lo que agarramos con nuestras manos, con lo que encerramos en nuestros puños, en una mezcla de inseguridad y de ansia, al abrir las manos, Dios nos sacia, nos reparte su gracia a todos. Lo suyo en el evangelio de hoy no es una acción social, es una acción divina, porque ¡Dios nos comparte lo divino!
Y nos enseña que la vida no consiste en cerrar las manos sino en abrirlas, no va de apretar con fuerza sino de entregar con generosidad; que Dios no se revela en el que confía en lo que se guarda, sino en el que ofrece lo que tiene, aunque pueda ser tan poco como cinco panes y dos peces.
Por eso la propuesta de Isaías en la primera lectura: “escuchadme atentos y comeréis bien”. Quien escucha, come bien. Eso ha sucedido en el evangelio, donde los que han escuchado las palabras del Señor, palabras divinas, han comprendido lo que era comer, un don divino.
De hecho, si hemos escuchado atentos, habremos descubierto la clave de san Mateo: Jesús “tomando los cinco panes y los dos peces, alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos”. Son los mismos verbos que en la última cena, las mismas acciones de Jesús, las mismas que en cada misa recordamos y repetimos. Jesús, al abrir sus manos, nos sacia con la eucaristía y crea entre nosotros una nueva relación. Si hemos escuchado bien, habremos comprendido que, en misa, Dios sostiene con nosotros “una alianza perpetua”, crea un vínculo. Aquellos no sólo escucharon, fueron unidos por la misma comida que Jesús les repartió: un anuncio de lo que nos da en la eucaristía, en misa.
Cuando Dios abre su mano, crea una comunión. Cuenta Joseph Ratzinger de una homilía de san Agustín a unos adultos a los que acababa de dar la primera comunión, y para explicarles qué había realizado en ellos la Eucaristía, cita a san Pablo a los Corintios: “Todos formamos un solo cuerpo, un mismo pan”. Y les dijo: Daos cuenta, esto es todo. Y terminó. Esa fue la homilía.
Comer bien no va sólo de venir en gracia, de decir bien alto “amén”, no va de ponerse de pie o de rodillas, va de percibir que comemos porque uno ha decidido no cerrar las manos, sino abrirlas, y que ese, que así se ha entregado, nos ha unido para que nos podamos entregar también. Ir por libre es hacernos violencia, no ayuda a creer sino a inventar una religión. Comer bien es aceptar una comunión del que se ha entregado con nosotros.
Cuando el mundo parece que se asfixia, cuando alguien cerca de nosotros parece que no tiene fuerzas, nuestra entrega devuelve la belleza de la entrega primigenia, crea comunión y vida, y nos anima a vencer toda codicia y todo egoísmo: ¿cómo están mis manos? ¿con quién comparto hoy la fe? ¿cómo comparto yo hoy lo divino? Una oración, una idea, un perdón…puede parecer poco, como cinco panes y dos peces.
La eucaristía es la entrega máxima, fuerza para que busquemos lo que nos guardamos, y cambiemos, porque, ciertamente, “nada puede separarnos del amor de Dios”, sólo nosotros mismos. Así, Dios crea hoy, mantiene la belleza en su creación cuando imitamos su forma de ser y evitamos aislarnos en lo nuestro.
Que sus dos manos sean también las nuestras: se verá en que entregamos, partimos y nos ofrecemos.

