Israel se define a sí mismo como una viña. Decía Isaías: “La viña del Señor del universo es la casa de Israel”. ¿Por qué una viña? Israel vivía en Egipto, era esclavo de los egipcios, un pueblo estéril, preso del faraón, y Dios lo sacó de allí, le ofreció una tierra fértil, libre, como si los trasplantara de un lugar a otro. El salmo contaba ese proceso de su liberación: “sacaste una vid de Egipto, expulsaste a los gentiles y la trasplantaste. Extendió sus sarmientos hasta el mar (hacia el Mediterráneo) y sus brotes hasta el gran río (el Jordán)”. Israel es “la cepa que tu diestra plantó y que tú hiciste vigorosa”.
Desde entonces, vive con la certeza de ser la viña del Señor, reconoce los privilegios que el Señor le ha concedido. Isaías decía: “los hombres de Judá son tu plantel preferido”. En su mentalidad, ellos son “el ojito derecho” de Dios. Con el cariño del viñador, se ha convertido en una nación próspera.
Pero, algo ha salido mal. El lamento de Isaías en la primera lectura viene de que a Israel se le ha olvidado vivir como lo que son, se han creído fuertes por ellos mismos, y en vez de crecer se han debilitado; como el que por verse en ascenso considera que todo lo puede. No han entendido el sentido de esa predilección, para qué son los trabajadores de la viña.
Así que dice Isaías: “Esperaba que diese uvas, pero dio agrazones”. Le he dado lo mejor al pueblo, a la viña, me he esforzado en que tuviera todo lo mejor, y el resultado es una gran decepción: “¿Qué más podía hacer yo por mi viña que no hubiera hecho? ¿Por qué, cuando yo esperaba que diera uvas, dio agrazones?”
¿Cómo ha podido el pueblo olvidar todo lo recibido? ¿Cómo olvidar su misión, su trabajo en la viña? Un pueblo tan creyente, tan cercano a Dios, en el que las ciudades, las personas, todo recordaba a Dios… Es la razón del lamento de la primera lectura. Isaías le recuerda su origen al pueblo porque han dejado de contarlo, de proclamar la razón de su ser y de su libertad.
Tienen permiso para extrapolar este proceso espiritual a tantas cosas, incluso a nuestro catolicismo hoy. Israel ha preferido pensar que todo era obvio, o no contarlo para no violentar a tanta comodidad y bienestar, y entonces se ha perdido. El viñador de la parábola ha cuidado la viña, pero Israel no. Cuando la fe se da por supuesta no salen uvas, salen agrazones. Si la fe se cuida, se riega, se trabaja, la vid da uvas, no agrazones.
Porque decir “todo lo que tenemos es don de Dios” es mucho menos popular que decir “somos grandes”. Decir “esta viña no es nuestra, es del Señor, todo aquí es por pura gracia” es más incómodo que decir “tenemos derecho a todo, podemos alcanzar lo que nos propongamos”. De ahí a los viñadores homicidas del evangelio de hoy ya sólo hay un paso: Dios se ha encarnado para recordarnos que esto es suyo y que el camino para poseerlo no es la fuerza, no es la violencia, es la vuelta a la fe como lo primero.
La comodidad ha dejado paso a la indolencia y a la ignorancia. Israel dejó de saber que lo que tenía no era suyo, era de Dios. Y recordarlo quedó en manos de cuatro profetas: cada vez que decidimos no compartir -de palabra o de obra- la fe, sino darla por supuesta, muchos malinterpretan lo que tienen y ven, todo les parece deseo, sentimiento a satisfacer: “nos quedamos con la viña”. No explicar o no querer crecer en la fe, unir fe y comodidad o conformismo, son formas de querer quedársela, como los viñadores de la parábola, porque al final sólo quedan dos posibilidades, o la viña es Suya o es mía.
No estamos tan lejos de lo que vive nuestra sociedad en la Puerta del Sol, o en Ceuta, o en tantos lugares. El evangelio ilumina esas realidades tan caóticas. Querer apropiarse de lo ajeno no es algo nuevo ni exclusivo de unos pocos identificados. Una ciudad, una plaza, un dinero, una casa, una familia, una religión, una moral, unas personas, un poder, unas joyas.
Hemos llevado a generaciones a misa, a catequesis, hemos regalado sacramentos como caramelos, hemos hecho ayunar en Cuaresma, ayudar al necesitado, aprender oraciones y letanías, pero no saben por qué. A veces hemos mantenido la fe de puro milagro, nunca mejor dicho. Total, cuando han sabido por qué otras cosas, han olvidado el por qué de estas. Dios se ha hecho hombre para salvarnos, para darnos su cuidada viña por puro amor, hasta dejarse matar por nosotros, y por eso hacemos todas estas cosas.
No podemos decidir dejar de formarnos. No podemos dejar de anunciar el evangelio y de crecer en santidad. Porque, ¿por qué cuenta Jesús esta parábola? Porque se ha dado cuenta de que “los publicanos y las prostitutas” les llevan la delantera, han entendido mejor el amor que Dios les ha traído en Jesús. ¿Cuántos esperan con más ilusión el próximo domingo por el puente o el partido del Madrid, que por la misa dominical?
Comencemos por no dejar de explicar la fe, lo que hacemos por la fe, con todas sus renuncias y complicaciones, no seamos indolentes sino explícitos, porque aquí somos trabajadores, y el dueño de la viña nos dará nuestra parte si trabajamos, con la edad que tengamos, en el lugar en el que hemos sido plantados, que es el cielo.

