¿Qué puede tener un pobre labrador del siglo XII para ser patrón del Madrid del siglo XXI? ¿Cuáles han sido las virtudes de san Isidro como para ser reconocido santo hace cinco siglos y ser una referencia aún hoy? Esas virtudes están dibujadas en cada una de estas lecturas de hoy.
La primera lectura habla sobre la caridad con la que los cristianos se trataban y con la que compartían lo que tenían, desde la primera comunidad. Si algo aparece constantemente en la vida y milagros de san Isidro era esta facilidad para compartir, la fe que le motivaba a ofrecer a los que tenían menos que él lo poco que tenía él.
Es llamativo porque lo común es vivir asegurando primero lo propio, y si sobra, guardar para asegurar lo propio que ya hemos asegurado. Cuando la Iglesia celebra a un santo que, con caridad, ha compartido lo que tenía, es propio que los cristianos hagamos un pequeño examen de conciencia sobre lo que compartimos y con quién lo compartimos, en la medida de nuestras posibilidades o, como los santos, como Isidro, incluso por encima de ellas.
La segunda lectura nos ofrece una mirada sobre otra virtud de san Isidro, la paciencia: la paciencia es la forma en la que se manifiesta el amor de Dios en nosotros cuando las cosas no son favorables.
Sobre Isidro se cuenta que padeció las críticas y cotilleos de vecinos y compañeros de trabajo por su fe coherente, un mozárabe, un cristiano entre musulmanes, que sufrió la burla y el desprecio de los que no comprendían su forma de obrar, y que llevó día a día confiadamente el trabajo lento e imprevisible del campo.
Así, la paciencia es un signo de la fe en Dios y el amor hacia Él en todo lo que nos sucede, una paciencia que construye y beneficia a otros; está bien que, también nosotros, valoremos nuestra capacidad de vivir en Cristo las dificultades cotidianas.
De hecho, el evangelio nos da la clave para ello: vivir unidos a Cristo, como los sarmientos a la vid. En esta unión se afronta todo en la vida, la enfermedad, la alegría del amor y de la familia, la salud o el dolor, y el trabajo. Seguramente el milagro más conocido de san Isidro, de los seis que se le atribuyen en vida, es el de los bueyes arando las tierras de su patrón.
Lo relata un códice del siglo XIII así: “Su amo, decidido a comprobar los hechos, se puso en camino muy temprano, se escondió en un cerro de poca altura, para espiar al varón de Dios con sus propios ojos. Al verle venir muy tarde, consideró excesiva su negligencia en ponerse a labrar, y se entristeció. Cuando, lleno de cólera, iba preparado para hacer una ruda amonestación, distrajo un momento su mirada a otra parte, y al dirigirla de nuevo hacia su campo, el poder de Dios hizo que viese en él, además de su yunta, otras dos de color blanco que araban con ritmo vigoroso a derecha e izquierda de la de Isidro. Asombrado y muy sorprendido, no encontraba la explicación de lo que había visto, hasta que cayó en la cuenta de que, al no tener el varón de Dios ayuda humana, aquella cooperación debía ser un regalo del cielo. Se acercó, gozoso y admirado, para averiguar aquella novedad. Ya en su finca, sólo vio trabajando al varón de Dios”.
Al patrón de san Isidro, un tal Iván de Vargas, le impresionaban las celestes yuntas, pero el mensaje para el creyente es que el santo no trabaja solo, sino que experimenta la fortaleza y la inspiración divina, porque trabajar tiene que ver con Dios. Por eso el cristiano vive responsablemente y con la medida correcta su trabajo. Nosotros trabajamos con Dios y Dios con nosotros. En estos tiempos en los que se nos presentan como ejemplo de trabajo los que sacan rendimientos saltándose todo tipo de normas y procesos justos, san Isidro se ha santificado trabajando sin abundancia; su primera pretensión era colaborar con Dios.
Porque el trabajo honrado es alabanza a Dios, es un signo de nuestra cooperación con Dios y es memoria del trabajo de la creación que Dios hizo para nosotros. Dice el Concilio Vaticano II: “Porque los hombres y mujeres que, mientras procuran el sustento para sí y su familia, realizan su trabajo de forma que resulte provechoso y en servicio de la sociedad, con razón pueden pensar que con su trabajo desarrollan la obra del Creador, sirven al bien de sus hermanos y contribuyen de modo personal a que se cumplan los designios de Dios en la historia”.
El trabajo tiene una perspectiva preciosa de unión con Dios que Isidro nos enseñó con sus bueyes: nadie trabajó por él, él trabajó con Dios. ¿Buscamos en nuestro trabajo hacer las cosas con el amor de Dios? ¿Somos capaces de permanecer como cristianos en este mundo competitivo y voraz?
Frente a la tentación de la trampa, de aprovecharse de otros, de tantas injusticias, somos llamados a obrar rectamente, con responsabilidad y con caridad. Porque así construimos con Dios lo que Dios creó para nosotros.
No perdamos lo esencial del santo, no descuidemos su enseñanza de hoy, su ejemplo de caridad, paciencia y trabajo unido a Dios.

