Domingo VII Pascua A - Ascensión del Señor

17 de mayo de 2026

Domingo VII Pascua A – Ascensión del Señor

Domingo VII Pascua A - Ascensión del Señor

San Lucas comienza su segundo libro anunciando un cambio de época. Su primer libro, el evangelio según san Lucas, trata sobre la vida de Jesús y su anuncio del reino de Dios. Su segundo libro, los Hechos de los apóstoles, comienza explicando que Jesús sube al cielo y la Iglesia inicia una nueva relación con Él en la que será ella misma la que anuncie el reino de Dios por la acción del Espíritu Santo.

Así es más fácil comprender por qué esta fiesta de hoy. En realidad, Jesús no sube al cielo hasta cuarenta días después de haber resucitado. Jesús no está cuarenta días dando vueltas por la tierra, esperando que le abran la puerta del cielo para subir. Jesús sube al cielo cuando resucita. Pasa de estar muerto a vivir para siempre, de descender a los infiernos para rescatar a los justos, a subir al cielo con ellos, sentarse a la derecha del Padre, y reinar.

Entonces, ¿para qué este espectáculo? Sencillamente porque así Jesús hizo ver a los discípulos que había llegado a su término el tiempo de las apariciones. La ascensión es la forma de Jesús de anunciar el fin de un tiempo y el principio de otro: ya nunca más lo iban a volver a ver como lo habían visto, nunca iban a volver a hacer las cosas que habían hecho con Él.

A partir de ahora tenían que tratar con Él con la certeza de la Iglesia. La palabra de Jesús: “sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos”, es un anuncio de una forma de presencia nueva, no en el corazón o en el recuerdo, sino de una presencia eficaz en la Iglesia.

Cuando tratamos de guardar la presencia o el recuerdo de alguien querido en lo profundo del corazón, hablamos de un esfuerzo que va a depender siempre de nosotros, de lo vivo que hagamos por mantenerlo. Si nos esforzamos, si lo refrescamos, seguirá ahí, pero si no, se irá, y se irá perdiendo la presencia de esa persona en nosotros.

Pero Jesús anuncia una presencia que no depende de nosotros, depende de Él, de su palabra y de su Espíritu Santo, que mantiene viva la relación y que la hace eficaz por los sacramentos: así, Jesús sigue actuando en la vida de la Iglesia. La despedida de Jesús era signo de una presencia viva y eficaz, que iba a obrar en nosotros, a cambiarnos, a ayudarnos a creer.

Y, como los discípulos no habían visto resucitar a Jesús, Él les ofrece en su ascensión, de forma muy pedagógica, una escena imborrable, una manifestación del poder de la resurrección, que fuera para ellos certeza de la victoria pascual de Cristo y de su nueva etapa, su nueva misión. De hecho, el número cuarenta significa eso en la tradición bíblica, una época, una generación, un tiempo suficiente y divino.

A partir de ahora, Jesús está “en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros”, que les decía el domingo pasado. Ya no hace igual que nosotros, pero está con nosotros. Por explicarlo de forma gráfica: antes de la ascensión Jesús comía con los discípulos, ahora los acompaña cuando ellos comen pero Él no come; antes Jesús paseaba con los discípulos, ahora ellos pasean y Él va con ellos, está en ellos, pero no pasea; antes Jesús curaba ante los discípulos, ahora los discípulos curan, perdonan, lo que sea, lo hace Jesús pero ya no lo vemos. Vemos su hacer en los sacramentos, lo más que tenemos de Jesús, “fuente y culmen de la vida cristiana”, que dice el Concilio.

Nos toca aprender esta nueva relación con Jesús: los discípulos, que eran los que más difícil lo tenían porque se habían acostumbrado a la otra forma, tuvieron que aprender, por eso necesitaban una visión de despedida de Jesús, su ascensión al cielo para hacer lo que ya llevaba cuarenta días haciendo, pues desde su resurrección no había dejado de estar presente ante el Padre, sentado a su derecha.

Y ¿qué hace allí? ¿Jesús espera sin más? ¿Nos ve cada día, sin remedio, como el que ve la televisión? Allí, ante el Padre, intercede por nosotros, le muestra las heridas de su Pasión por las que nos ha curado para que el Padre envíe la gracia, el don del Espíritu Santo, y así nos cuida y santifica. Cristo “celebra”, ora por nosotros para que los frutos del misterio pascual nos alcancen.

Nuestra misa, entonces, es una ventana que comunica con el cielo: nosotros hacemos presente, pobremente, con nuestros recursos, lo que Jesús hace ante al Padre desde su resurrección, y así Él se hace presente, por eso esto no es una actuación, un teatrillo, una función, se llama misterio. ¿A qué venimos nosotros, a una función o a un misterio? Aquí empezamos a estar en lo que estaremos siempre: en feliz compañía.

Así, ¡qué importante es celebrar la ascensión del Señor, que nos abre la puerta del cielo! ¡qué importante su comunicación y su presencia con nosotros! Cuanto mejor celebramos, más se afianza nuestra esperanza futura y mejor queremos obrar cada día presente. En esta etapa que vivimos, esta es la mejor relación con Dios que podemos tener, ¿la tenemos? ¿la preparamos? ¿la gustamos? Aquí se prueba a participar en el cielo. Ante el cielo, ¿nos interesamos o nos da igual?

Pidamos al Señor que no estemos aquí pasmados, como aquellos galileos, mirando sin ver, sino que, llenos de fe, aprendamos a celebrar la liturgia y a vivir con el Señor cada día, en la Iglesia.